Antonio Rodríguez Almodóvar

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Antonio Rodríguez Almodóvar
Premio Elio Antonio de Nebrija 2025
Asociación Colegial de Escritores de Andalucía (ACE-A)
Asociación Colegial de Escritores de España

Pocas personalidades pueden presumir de haber hecho tanto por la difusión de la lectura como Antonio Rodríguez Almodóvar (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1941), autor de colecciones de narraciones populares como los ‘Cuentos al amor de la lumbre’ o los ‘Cuentos de la media lunita’. Ana María Matute lo llamó por ello “el tercer hermano Grimm”.

El Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil recayó, en 2005, sobre su pentalogía ‘El bosque de los sueños’, y seis años después recibía el Premio Washington Irving por una trayectoria literaria en favor del cuento. A estos y otros galardones viene a sumarse el Premio Elio Antonio de Nebrija, que la sección andaluza de la Asociación Colegial de Escritores de España le concedió el pasado mes de septiembre.

En el discurso de recepción del premio, el sevillano recordó que “los escritores de mi generación partíamos, a la francesa, del engagement, el compromiso. Una palabra que se ha vuelto necesaria, en este mundo de hoy, no de sueños, sino de pesadillas, con los heraldos negros asomando otra vez por el horizonte. El escritor engagé, comprometido, no podía, ni puede ni debe, ausentarse de los problemas sociales de su tiempo, salvo que quiera enrolarse con los opresores, por acción u omisión. ‘Remar con los galeotes’, proponía Albert Camus, otro escritor de referencia entonces”.

“No os podéis imaginar lo que era escribir contra la dictadura, en plena dictadura. Para los que nacimos después de la guerra, el exilio ya no era una opción, como no fuese en forma de emigración laboral, a Alemania, a Suiza…”, prosiguió.

Antonio Rodríguez Almodóvar
Antonio Rodríguez Almodóvar recibe el Premio Elio Antonio de Nebrija 2025, concedido por la Asociación Colegial de Escritores de Andalucía (ACE-A).

“Poco se ha hablado de ese fenómeno del exilio interior, y no es justo. Porque tuvimos que desarrollar hasta una nueva retórica. El doble sentido, la ironía política, la metáfora para entendidos, el guiño intertextual, la elipsis… Y, en la calle, la protesta fugaz, la hoja de firmas, la medrosa octavilla. Y un pasar de mano en mano los libros prohibidos, desde la Librería de Lorenzo Blanco, de la Cuesta Rosario. Julio Manuel de la Rosa escribió, con su penetrante ironía, cómo a los actos culturales que se celebraban entonces, pocos, y con más miedo que otra cosa, asistían unos inevitables policías disfrazados de honrados ciudadanos”.

“Una vez, al término de una lectura suya, en el Club Gorca de la calle Placentines, se le acercó uno de aquellos. Y cuando Julio ya se temía lo peor, va el tipo y le dice: ‘¿Podría usted hacerme un resumen de su intervención? Es para el Gobierno Civil’. No, muy doctos no eran. Descarados, sí”.

Con todo, en opinión de Rodríguez Almodóvar, “lo más difícil fue congeniar la estética con la ética. Un escritor comprometido, además de poseer una moral insobornable, tenía que encontrar un modo de expresar lo que no se podía decir, de la mejor manera posible, pero arracándole al lenguaje algunas esquirlas de belleza”.

El escritor recuerda que fue entonces cuando dio con una veta de oro en una mina abandonada: los cuentos populares. “La veleidosa Fortuna quiso entonces trazar en el aire un círculo perfecto. Primero nos mandó a aquel profesor ácrata, Agustín García Calvo, que recitaba a Homero y a Virgilio como si fuera literatura de todos los días. (De paso, descubrimos que el latín no era solo aquella monserga beatífica de aquellos curas del colegio)”.

“Pero también, en un segundo asalto, el de Zamora nos habló de un libro misterioso: Juan de Mairena, donde, no por otra no-casualidad, Machado hablaba del folklore, la cultura distinta de los iletrados, con devoción y respeto, como le había enseñado su padre. ‘El pueblo sabe más, y sobre todo mejor, que nosotros’. Y atención: ‘Pensaba Mairena que el folklore es cultura viva y creadora de un pueblo de quien había mucho que aprender para enseñar bien a las clases adineradas’.

“Así, pues, cultura adinerada versus cultura pobre. Resultaba que eran las criadas las que llevaban las nanas al hogar de Federico, y los cuentos maravillosos, como ‘La niña que riega la albahaca’, burla descacharrante de los llamados ‘cuentos de hadas’, en el secreto de la tertulia campesina”.

Con un emocionado recuerdo para su primera informante –era 1977 y en Carmona, Sevilla– llamada Ángeles Salgado, concluyó Rodríguez Almodóvar. “Entre otras historias, me contó Juan el Oso, un cuento maravilloso del que hay versiones en todo el mundo heredero de la antiquísima cultura indoeuropea. No se asunten de lo que les voy a decir, ni piensen que exagero, como buen andaluz que quiero ser, o que la edad me hace disparatar: gracias a una reciente metodología filogenética, emparentada con la prospección del ADN, ese cuento puede tener entre cuatro y cinco mil años de antigüedad”.

“¿Cómo llegó a la memoria de Ángeles Salgado? Misterio. Misterio de la oralidad, la otra cultura, que sirvió mucho tiempo para el entendimiento entre los pueblos, al margen de las culturas oficiales. Angeles Salgado no lo había leído en ningún sitio, entre otras razones porque no sabía leer”.