Jorques

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‘Flora bajo el asfalto’, de Adrián Jorques
Galería Vangar 
Pedro III el Grande 22, València
Hasta el 9 de mayo de 2026

Entre las calles de Ruzafa te puedes topar con una gran puerta de cristal. A través de ella se observa un espacio blanco en el que ahora se exponen hormigones y metacrilatos. Un proyecto millonario, un desierto de cemento de 1.300.000 m², la naturaleza abriéndose paso: de esto va ‘Flora bajo el asfalto’, de Adrián Jorques. La nueva exposición de la Galería Vangar, cortesía del artista de Vallada, trae el complejo fallido Valpark a la sala valenciana a través de texturas y técnicas que plasman las huellas de la actividad humana en el terreno. 

Adrián Jorques nació un 1 de febrero de 1995 en Vallada, donde sigue residiendo y la fuente de inspiración de sus trabajos. Sus obras exploran “la idea del paisaje”, centrándose en “aquellas acciones que el ser humano ha dejado en ellos”, siendo “el producto final de las experiencias y vivencias de los lugares que transita, incorporando elementos tanto de paisajes rurales con formas orgánicas como de entornos urbanos”, explica el propio artista.

Vista de la exposición ‘Flora bajo el asfalto’, de Adrián Jorques. Imagen cortesía de Vangar.

Su interés por el arte lleva ahí desde que tiene memoria: “No recuerdo un momento concreto, ya que siempre ha estado ligado a mí. Un punto de inicio podría ser cuando me decanté por cursar el bachillerato artístico”, comentaba en una entrevista para el diario ABC. Por otro lado, no es debutante en esta galería: ya expuso en 2023 con ‘Detrás de cada cosa’. 

En el caso de ‘Flora bajo el asfalto’, ese lugar es el desierto de hormigón que dejó el proyecto Valpark. Ideado a principios de los 2000, el complejo buscaba ser un motor económico para la región. Se trataba de uno de los polígonos industriales más grandes de la Comunitat Valenciana que iba a conectar València con Albacete y Madrid. Ocupaba casi 1.300.000 m² y se proyectó una inversión de 300 millones de euros. 

Vista de la exposición ‘Flora bajo el asfalto’, de Adrián Jorques. Imagen cortesía de Vangar.

Hoy solo queda el cemento y las plantas que lo colonizan. La crisis financiera de 2008 desmanteló el proyecto por completo, dejando a Vallada con una deuda de 25 millones y un terreno que se ha mantenido estancado durante veinte años; unas ruinas de los excesos urbanísticos de inicios de siglo. Un ejemplo de cómo los humanos impactamos y alteramos paisajes naturales y de cómo la naturaleza los recupera. 

Bajo esta premisa, Jorques observa y pasea, ojo avizor, entre los restos apreciando cada grieta, cada hendidura, cada planta y cada tallo crecido o pisado. Con los años, el flujo de curiosos y transeúntes ha formado caminos y dejado su huella. “Las primeras manos del artista son sus ojos. Acarician y acogen, piadosos, los arribas y abajos, las honduras, asperezas y luces, las pieles y las médulas, los acentos”, escribe José Manuel Mora-Fandos en su texto crítico para la exposición.

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Para ello, ha utilizado dos técnicas, principalmente: trabajo sobre cemento y metacrilato. En el primer caso, se trata de bloques sólidos sobre los que ha plasmado la textura del terreno, con un interés especial en cada detalle y cada marca. En el otro, una fijación por la luz y cómo incide sobre las obras, proyectando o reflejando en función de la inclinación. 

Algunas piezas juegan con la proyección de la luz, destacando, entre ellas, la que nos da la bienvenida al adentrarnos en Vangar, cuya exposición se divide en tres partes: el bosque, el esqueleto de hormigón y los caminos que han creado los vecinos.

Como ha señalado el propio Adrián Jorques en más de una ocasión, lo que él busca es “activar la mirada del espectador delante del mundo que le rodea”. Justo de eso va la exposición: de los detalles, de lo que crece en silencio en lugares inesperados, de estar alerta en un mundo saturado y de pausar el ritmo vertiginoso de la vida.