Museu de la Mar

#MAKMAArte
Museu de la Mar
Poblats Marítims
Eugènia Viñes 173, València
Martes 15 de septiembre de 2026

Lo que son las cosas. El Casal dels Bous, ahora reconvertido como sede del Museu de la Mar, que el Ayuntamiento de València ha inaugurado subrayando que se trata del “primer nuevo museo municipal en las dos últimas décadas”, estuvo a finales de los 90 y principios de 2000 contemplado en el Plan Especial de Protección y Reforma Interior (PEPRI) para su demolición.

Fueron los años en que se proyectaba la prolongación de la Avenida Blasco Ibáñez, con el fin de abrir una gran artería que alcanzara el mar. Una intervención urbanística que dividía el barrio de El Cabanyal, previo derribo de decenas de viviendas y edificios, entre los que encontraba el Casal dels Bous, espacio donde se guardaban los bueyes que permitían el arrastre de las embarcaciones de pesca.

La intensa lucha vecinal, con Salvem el Cabanyal a la cabeza, y las resoluciones ministeriales y judiciales, paralizaron aquel derribo masivo, propiciando, paradójicamente, que ahora exista el Museu de la Mar, en el que han participado, precisamente, muchos de los vecinos que fueron testigos de aquella lucha, al igual que muchos de los que han contribuido con sus testimonios a configurar la memoria marinera evocada en el recién inaugurado museo.

Llaüt, embarcación con vela latina, en la planta baja del Museu de la Mar.

Y, lo que son las cosas: si por las arterias de los Poblats Marítims, entonces transitaban hombres y mujeres dedicados a la pesca como esforzada fuente de vida, acarreando aparejos y embarcaciones tiradas por bueyes, ahora son turistas los que se dejan ver camino de la playa con sus trajes de baño, sombrillas y flotadores.

Podría decirse, en este sentido, que, como apuntara el escritor Manuel Vicent, a propósito de la exposición ‘En el mar de Sorolla’, “contra toda apariencia bajo los colores azules, amarillos y violetas golosos casi comestibles cuyo fulgor obliga a entornar los ojos, su pintura esconde una realidad social muy aperreada”.

De manera que el nuevo Museu de la Mar contiene, tirando de este mismo hilo, el fulgor asociado a toda inauguración, vinculado a su vez con su flamante contenido –fotografías, documentos, testimonios y piezas etnológicas ligadas a la memoria marina evocada–, y la vida aperreada que suscita esa misma actividad pesquera, ahora reflejada en sus paredes y objeto de una mirada nostálgica.

Reproducciones de Joaquín Sorolla y Vicente Blasco Ibáñez, en la planta baja del Museu de la Mar.

La alcaldesa de València, María José Catalá, aludió a Sorolla y a Blasco Ibáñez, cuyas figuras presiden el inicio del recorrido expositivo, de la siguiente forma: “Sorolla convirtió aquella València en luz y color. Blasco Ibáñez la convirtió en palabras. La gente de la mar la transformó en vida. Y, desde hoy, nosotros asumimos la responsabilidad de conservarla, de divulgarla y de ponerla en valor”.

Una puesta en valor que pasa por el recuerdo, en forma de patrimonio a custodiar, de quienes lo han donado y de quienes, contra el viento de aquel PEPRI abortado y la marea de quienes conformaron aquella sufrida y, sin duda, también gozosa vida marinera, han dado forma al proyecto recién materializado. Un proyecto museológico redactado por Rubén Pacheco y llevado, en su parte museográfica, por el equipo Matra, representado en su puesta de largo por Diego Saiz, siendo el diseño de la marca obra de Ricardo Cañizares.

Como señala Blasco Ibáñez en ‘Flor de mayo’, aludido a lo largo de la presentación del nuevo Museu de la Mar, “navegué en las barcas del Cabañal, haciendo la vida ruda de sus tripulantes, interviniendo en las operaciones de la pesca de altar mar”.

Y, a continuación, el escritor se refiere a Sorolla, igualmente evocado por quienes dieron cuenta del museo marítimo recién inaugurado: “Muchas veces, al vagar por la playa preparando mentalmente mi novela, encontré a un pintor joven que laboraba a pleno sol, reproduciendo mágicamente sobre sus lienzos el oro de la luz, el color invisible del aire, el azul palpitante del Mediterráneo, la blancura transparente y sólida al mismo tiempo de las velas, la mole rubia y carnal de los grandes bueyes cortando la ola majestuosamente al tirar de las barcas”.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida por Ajuntament de València (@ajuntamentvlc)

Todo lo poéticamente descrito por Blasco Ibáñez se encuentra en el interior del Museu de la Mar, a veces de forma explícita y otras de manera velada, tal y como corresponde a la memoria marina de los Poblats Marítims que se pretende reflejar en el nuevo espacio, igualmente sometido a la tensión de lo bello –a modo de nostalgia de un pasado que se quiere custodiar– y de lo siniestro –en forma de la vida aperreada apuntada por Vicent­–.

El Museu de la Mar, además de la exposición permanente de su planta baja, que contiene fotografías, planos, documentos, diversas piezas, utensilios de pesca y reproducciones a escala real de dos bueyes, junto a las de Sorolla y Blasco Ibáñez, cuenta en su primera planta con un espacio para muestras temporales.

En esta primera ocasión, se trata de la muestra ‘Nits de tinta: un art de pesca singular’, que reúne fotografías del artista británico Jake Abbott, comisariada por Felipe Escolano y Josep Buigues ‘Sopa’. Un proyecto expositivo que viene, de nuevo, a rememorar el duro trabajo de quienes se jugaban en muchas ocasiones la vida en la mar.

Ver esta publicación en Instagram

Una publicación compartida por Ajuntament de València (@ajuntamentvlc)

“Nadie les llamaba pescadores, sino enceseros [encesers]. El precio a pagar por transformarse algunas noches de labradores a enceseros fue para algunos la muerte”, se recoge en el texto expositivo, evocando a aquellos que, mediante encendedores (encesers), se jugaban la vida iluminando los duros acantilados adonde iban a pescar a oscuras.

El Museu Valencià d’Etnologia (l’ETNO), dependiente de la Diputación de València, que ha cedido una buena parte de sus fondos, o el Museo de Santa Pola, son algunas de las entidades colaboradoras, siendo la primera igualmente encargada de las muestras temporales de la primera planta.

El Museu de la Mar ha tardado, como recordaron algunos de los intervinientes, 64 años en poder materializarse. Así lo destacó Rubén Pacheco: “Desde las primeras iniciativas para el impulsar el museo del mar en València hasta hoy han transcurrido más de 60 años, entre la segunda mitad del siglo pasado y el primer cuarto de éste”.

“Un periodo -continuó diciendo– en el que la actividad ligada a la pesca y a la cultura marinera ha ido desapareciendo hasta su práctica extinción. Por este motivo, era tan importante sacar adelante este proyecto, a fin de mantener vivo dicho legado”. El PEPRI, por suerte, no salió adelante y ahora es ya solo un borrón diluido en la memoria de la Casa dels Bous.

“Sorolla”, señaló Vicent en aquella citada exposición, “aceptó pintar la contradicción de la luz como un desafío”. El mismo desafío contenido en un Museu de la Mar que ha podido llevarse a cabo gracias, precisamente, a la contradicción que encierra el alumbramiento de un espacio amenazado en su día por el derribo.