Tres visiones

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‘Tres visiones de España’
Joaquín Sorolla, Julio Romero de Torres y José Gutiérrez Solana
Sala de Exposiciones de la Pasión
Pasión s/n, Valladolid
Hasta el 28 de junio de 2026

Tres miradas, tres visiones artísticas, tres formas de enfocar a la sociedad. Es difícil ser tan distintos como Joaquín Sorolla, Julio Romero de Torres y José Gutiérrez Solana, tres de los grandes referentes de la pintura española de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Tres artistas internacionales y populares, cada uno a su modo y manera. Las similitudes y, sobre todo, las diferencias de sus perspectivas pueden apreciarse en la exposición ‘Tres visiones de España’ que puede verse en la Sala de la Pasión de Valladolid gratuitamente hasta el 28 de junio.

“Ningún pintor ha captado la luz de nuestro país como Joaquín Sorolla; Julio Romero de Torres es el mejor representante de la Andalucía cristiana y pagana, y José Gutiérrez Solana se adentró en la España negra para inmortalizarla”, resume la comisaria María Toral en el catálogo de la exposición vallisoletana, que sólo ha podido verse con anterioridad en la salmantina Casa Lys.

La exposición está compuesta por una selección de 50 obras, procedentes de colecciones públicas y privadas, entre las que destacan las mujeres de Julio Romero de Torres, desafiantes, mirando al espectador de frente la mayor parte de las veces, moviéndose entre el mito, el rito y la cultura popular.

Dos jóvenes observan una de las obras de la exposición ‘Tres visiones de España’, en la Sala de la Pasión de Valladolid.

Si Sorolla es el pintor de la burguesía acomodada y pudiente –aunque también fuera capaz de retratar a personajes humildes en sus cuadros– y Gutiérrez Solana el de las clases marginales y desfavorecidas, Romero es el retratista de lo popular: su mirada muestra a menudo a personas de clases humildes, trabajadoras, pero pasadas por el filtro de una cierta idealización. Y cuando retrata a grandes damas lo hace acercándolas a esa perspectiva.

Una de las diferencias más marcadas entre los tres pintores es la que se refiere a su forma de concebir la pintura. Para Sorolla todo gira en torno a la luz, es el artista del luminismo. Es una luz precisa, captada con una mirada naturalista y perfectamente reconocible, pero que trasciende el mero realismo. La luz de Sorolla permite que las cosas cobren vida, y es también una metáfora de una visión optimista y esperanzada de la existencia.

Las obras de pequeño formato fueron importantes para el artista valenciano. “Fue su aliado perfecto para conseguir aquello que siempre quiso: ser tan rápido como el tiempo y la luz, capturar el instante e inmortalizarlo con sus pinceles”, explica Toral. Y ‘Tres visiones de España’ ofrece una significativa muestra de este tipo de obras. “Me sería imposible pintar despacio al aire libre, aunque quisiera”, explicó Sorolla (1863-1923). “No hay nada inmóvil en lo que nos rodea. (…) Hay que pintar deprisa porque ¡cuánto se pierde, fugaz, que no vuelve a encontrarse!”.

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A su amigo Miguel de Unamuno le hizo partícipe de su rechazo ante la negatividad que veía en otros pintores. “En una de mis recientes conversaciones con Sorolla, que es, sin duda, el pintor español que más gusta en España y también el que gana más dinero con su arte, se me quejaba de esa predilección que parecen tener otros pintores por buscar lo trágico y lo triste de nuestra patria”, reconocía el rector eterno de Salamanca.

Esa oscuridad es, sin embargo, la seña de identidad de José Gutiérrez Solana (1886-1945) el más joven de los tres artistas representados en la exposición de la Sala de la Pasión. Como Goya, “Solana tiene la capacidad de erigirse en un testigo fiel del tiempo que le toca vivir. Lo describe sin miedo, sin tapujos”, asegura Toral.

Su pintura entra de lleno en la crudeza, con una paleta de colores oscura, sombría y sórdida. Encuentra en el pueblo sus modelos, pero el pueblo que retrata es el pueblo golpeado, maltratado, triste, sin esperanza. Por esta vía, próxima al expresionismo, logró también fama fuera de nuestro país.

El novelista Camilo José Cela, tan próximo en cierto modo a su estética, elogió el arte de Solana en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua. “Lo bello, como lo cómodo, fueron dos posturas ante la vida que Solana, más preocupado por lo cierto –aunque lo cierto fuera, como de hecho suele venir a ser, doloroso e inhóspito– rechazó. (…) Solana no admite las idealizaciones y piensa que los ojos sirven para ver y no para adornar la imagen que se mira”, aseguró el escritor y académico.

El juicio de Cela insiste en una idea extendida, aunque no por ello menos parcial o discutible: la que afirma que la verdad se encuentra más en la oscuridad que en la luz, en la tragedia más que en la esperanza, como si todos estos ingredientes no formaran parte consustancial de la existencia de igual modo.

Frente a esta dicotomía, irrumpe la figura de Julio Romero de Torres, al que Javier Rubio Nomblot presenta como una especie de tercera vía entre la España luminosa de Sorolla y la España ‘negra’ de Solana.

Vista general de la muestra ‘Tres visiones de España’, en la Sala de la Pasión de Valladolid.

Su mirada “resulta ser la más moderna y europea, es decir la que certifica que el trauma no es tal: no existe la España blanca –el virtuosismo mismo de Sorolla es sobrehumano, tan exagerado como la espectacularidad y el dinamismo de sus composiciones– ni la España negra –una deformación grotesca de los vicios, las malformaciones y los Desastres–, sino una España crepuscular que, y esto es lo realmente importante, se oculta en unos ojos negros y tristes”.

España crepuscular es la del cordobés Romero de Torres que parece oponerse al dinamismo de Sorolla en el estatismo de sus composiciones, y que busca un punto intermedio de color entre la pura luz del valenciano y la total oscuridad del madrileño.

Pero, además, sus pinturas ofrecen una alternativa a las dos versiones del naturalismo que Solana y Sorolla representan. Sus mujeres son la perfecta encarnación del misterio, y con ellas, y con sus ojos y sus gestos, se abre paso lo inaprensible de la existencia. Por eso tiene sentido la afirmación de Ortega y Gasset de que para Romero de Torres la mujer “era un enigma sagrado”.

El cordobés ofrece también una tercera vía en la medida en la que sus cuadros parecen buscar la España eterna, la que va más allá de las circunstancias y los contextos, mientras que sus otros dos compañeros de exposición estaban más volcados con lo que podríamos definir como la ‘actualidad’, si bien mirada con ojos radicalmente diferentes. Tres visiones, tres estilos, tres grandes maestros que ahora pueden disfrutarse juntos en Valladolid.