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‘Pequeña Miss Sunshine’, de Jonathan Dayton y Valerie Faris
Reparto: Abigail Breslin, Steve Carell, Toni Collette, Greg Kinnear, Alan Arkin, Paul Dano
Guion: Michael Arndt
Música: Mychael Danna, Devotchka
Fotografía: Tim Suhrstedt
101′, Estados Unidos, 2006
‘Pequeña Miss Sunshine’ ha cumplido veinte años y el pasado enero lo celebró reuniendo a gran parte del elenco en el Festival de Cine de Sundance. Una servidora se siente nostálgica en este tipo de aniversarios; sin embargo, al mismo tiempo, me alegra saber que el largometraje de 2006 me sigue inspirando la misma ternura y simpatía que la primera vez que lo vi.
Los directores Valerie Faris y Jonathan Dayton, que, hasta ese momento, solo habían dirigido vídeos musicales, retrataron de un modo sincero, cercano, crudo, absurdo, deprimente y entrañable a una familia que, más que superar obstáculos, los rompen a cabezazos.
El desencadenante de la historia es tan simple como irreal: una niña totalmente fuera del canon de belleza estipulado logra ganar un certamen de belleza local que le asegura su participación en el gran evento ‘Pequeña Miss Sunshine’. Para que la pequeña Olive (Abigail Breslin) pueda participar, sus padres, su tío, su hermanastro y su abuelo viajan con ella en una destartalada Volkswagen amarilla hacia la costa Oeste.
Las primeras escenas nos guían con sutileza hacia el comienzo de un viaje, literal y metafórico: Olive Hoover, imitando los gestos de la ganadora de Miss América; Richard Hoover (Greg Kinnear) vende, en una clase semivacía, el camino de un éxito que no consigue; el adolescente (Paul Dano) inmerso en una disciplina estricta y que abraza el silencio voluntario; la madre superada por las circunstancias (Toni Collette) que va al hospital a buscar a su hermano, que ha intentado suicidarse (Steve Carell).

Una presentación de apenas cuatro minutos que nos advierte una sola cosa: en esta película no hay ganadores. Como contrapunto, el abuelo Hoover, que entrena a su nieta para el concurso de belleza –papel que hizo ganar a Alan Arkin el Óscar a mejor actor de reparto–, se nos presenta como el personaje irreverente, malhablado, sincero, sin filtros y cocainómano que arranca sonrisas y provoca rubores.
A medida que pasan los minutos, nos acercamos a la convivencia entre unos personajes que, hasta ese momento, vivían su vida de forma independiente, rompiendo la imagen de la familia como un todo. Y, de un modo inesperado, esos caminos que antes rodaban paralelos desembocan en uno solo, destino a Miss Sunshine. Un camino que parece empeñado en confirmar la ley universal de que, si algo puede salir mal, saldrá mal.
Esta suma de individuos, con forma de familia, muestra la dualidad del ser humano en su máxima expresión: el intelectual que intenta suicidarse por una serie de decisiones irracionales, la niña rara que quiere ser una pequeña miss, el adolescente daltónico que quiere pilotar aviones, el padre que vende el éxito sin haberlo conocido, el abuelo libre enganchado a la cocaína.
El guionista Michael Arndt utiliza a estos personajes desamparados y contradictorios para exponer otra verdad de la que se habla poco: el éxito no siempre llega. El trabajo duro no es sinónimo de éxito. El esfuerzo continuado no recibe recompensa. La productividad machacona no garantiza la victoria. Lo único que nos garantiza el esfuerzo y la constancia –y solo si somos espabilados– es aprender del camino recorrido.

“¿Sabes qué es un perdedor?”, le pregunta el abuelo Hoover a su nieta el día antes del concurso: “Un perdedor es aquel que tiene tanto miedo a no ganar que ni siquiera lo intenta”.
El espectador verá con incomodidad que lo que tiene delante no es más que un grupo de fracasados que se parecen a él. Sin embargo, no hay derrotismo ni victimismo en su comportamiento –¿podemos decir nosotros lo mismo?–. Los protagonistas bucean entre la mierda hasta encontrar aguas más claras; sin florituras ni frases motivacionales, solo hacen lo único que pueden hacer: seguir empujando su furgoneta Volkswagen.
Ya en el final de la cinta, cuando los Hoover llegan al hotel donde se celebra el certamen, explota la gran hipocresía: adultos que aceptan y juzgan a niñas con pestañas postizas, peinados de señora, posturas inadecuadas, maquillaje pesado y, sin embargo, se escandalizan por el baile adulto e inadecuado que Olive ejecuta con la ingenuidad que le caracteriza. Un baile al que se suman los demás miembros de la familia como escudo protector contra las miradas juiciosas hacia la pequeña, y, por primera vez, se unen, se liberan, sonríen.
Es extremadamente fácil querer a los protagonistas. Son gente normal, que viste normal, viviendo en una casa normal, con problemas normales llevados al absurdo. Son gente como tú y como yo, que no tienen la más remota idea de qué hacer con su vida; gente que camina sin guía y dando tumbos.
‘Pequeña Miss Sunshine’, con todas sus extravagancias, nos presenta la realidad sin bótox, sin ácido hialurónico ni filtros que maquillen las ojeras. Somos nosotros nada más levantarnos de la cama, somos nosotros al acostarnos.
Para concluir, la Volkswagen amarilla se aleja por la carretera infinita. Sin magia, sin aplausos ni ovaciones, los Hoover regresan a casa. Así termina la película, pero no su historia. No hay un punto final marcado; ni siquiera podría decirse que hay una conclusión clara. No hay cierre porque, como dice Dwayne, la vida es un concurso de belleza y, por tanto, el show debe continuar.
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