Vidal Corella

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‘Luis Vidal Corella. Crónica fotográfica de la posguerra en València’
Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat (MuVIM)
Quevedo 10, València
Del 17 de diciembre de 2025 al 29 de marzo de 2026

El filósofo José Antonio Marina, en su libro ‘La vacuna contra la insensatez’, sostiene que la fascinación por el poder “es una tendencia humana que retoña periódicamente”, apuntando los nombres de Mussolini, Hitler, Stalin, Mao Zedong, Putin, Erdogan, Chávez o Trump ­–lista en la que cabe añadir al propio Franco–, como ilustres detentadores de ese poder tan inquietante como, sin duda, objeto de paradójica fascinación.

“¿Qué extraño fallo de nuestra inteligencia nos hace admirar a quien puede esclavizarnos?”, se pregunta el autor del citado ensayo. Y, a modo de respuesta, encadenada a otro buen puñado de explicaciones, señala la hybris del poder, esa suerte de arrogancia extrema y omnipotencia que da lugar a la impresión de invulnerabilidad por parte de figuras dictatoriales, cuando no más ampliamente totalitarias.

Dice El Roto en una de sus lúcidas viñetas –recogida en el mencionado libro– que, “cuando los hombres se hacen masa, los demagogos los hornean”. Esa mezcla de poder desmesurado y de fascinación por parte de tantos seres humanos que, perdida su individualidad, se hacen masa para seguir las consignas de quienes detentan tamaño poder, es lo que vertebra la exposición ‘Luis Vidal Corella. Crónica fotográfica de la posguerra en València’, que el MuVIM acoge hasta finales de marzo.

Una de las imágenes de la exposición ‘Luis Vidal Corella. Crónica fotográfica de la posguerra en València’, en el MuVIM.

“Los actos de propaganda y legitimación del régimen alcanzaban su máxima expresión durante las visitas de Franco y su familia, en las que toda la ciudad debía rendirles pleitesía. Recibimientos, homenajes y ceremonias se organizaban para escenificar un supuesto apoyo popular”, se dice en uno de los vinilos de la muestra que viene a resumir la hybris del poder franquista y de la que da excepcional cuenta el fotógrafo Luis Vidal Corella, auténtico cronista gráfico de la época.

Pueden llegar a sorprender las imágenes que reflejan el fervor popular que buena parte de la población mostraba hacia el régimen franquista; sorpresa que se atenúa si ponemos precisamente el acento en esa tendencia humana a sentir fascinación por el poder. De manera que las fotografías de Vidal Corella vienen a ser testimonio de tal fascinación, abriéndonos los ojos ante el hecho nuclear –más allá de la superioridad moral con la que podemos encarar el visionado de la exposición– de lo fácil que puede llegar a ser “hornear” nuestras mentes.

Para entrar de lleno en la exposición, conviene dejar detrás lo que algunos han dado en llamar “antifranquismo póstumo”, la sensación de que había más luchadores contra el régimen de los que verdaderamente había. Solo así podemos cuestionarnos, como lo hacen las fotografías de Vidal Corella, el gregarismo –producto del miedo y del deseo de seguridad que promueve la tribu– reflejo de la asimilación de determinadas consignas lanzadas desde el poder.

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Como se recoge en uno de los apartados de la muestra, Luis Vidal Corella “representó la ética, la constancia y el compromiso de una generación que entendió la fotografía como memoria y testimonio”. Memoria y testimonio de una época en la que no faltan figuras del toreo, como Dominguín, o ilustres literatos, como Ernest Hemingway, retratados por el fotógrafo valenciano, al tiempo que recogía el juego de los niños en las calles, los más variados deportes –“para exaltar las virtudes del régimen”–, así como la propagación de saludos, banderas y símbolos con los que el franquismo hacía ostentación de su poder.

Hay fotografías elocuentes de ese poder, que Vidal Corella recoge conteniendo en la imagen el studium y el punctum del que hablara Roland Barthes: el carácter documental de la fotografía y el impacto visual que sobrecoge. Ahí están, por ejemplo, las manos alzadas de un conjunto de ciclistas, antes de dar comienzo una carrera; la muchedumbre avanzando por una arteria principal de Valencia, encabezada por una pancarta que recoge el nada “supuesto apoyo popular”, sino cierto, sintetizado en ¡Viva Franco! y ¡Arriba España!, o ese coche a su paso por una calle donde cuelgan banderas y un cartel triplicando el nombre de Franco.

“El saludo y las banderas con emblemas fascistas, junto a la omnipresencia militar en los actos multitudinarios, no dejaban margen de duda sobre la lealtad que exigía el nuevo orden en un país donde la represión, la censura y la miseria se extendían a todos los ámbitos de la vida”, según se explica en otro de los vinilos de sala.

Una de las imágenes de la exposición ‘Luis Vidal Corella. Crónica fotográfica de la posguerra en València’, en el MuVIM.

¿Cómo es posible que, en ese contexto de represión, censura y miseria, hubiera una multitud entregada a semejante poder, fascinado con él? “Si nuestro cerebro –apunta Marina– hubiera estado perfectamente diseñado, la voluntad sería dócil al conocimiento, haríamos automáticamente lo que la razón nos mostrara que es mejor. Pero no sucede así”.

Luego, el filósofo amplía esa reflexión para explicar la división antaña entre nosotros y ellos –fascistas y rojos–, con ecos y reverberaciones que alcanzan nuestro presente: “Mentir para beneficiar al propio grupo se considera moral, aunque perjudique a otros. [Adam] Waytz [psicólogo social] y colaboradores denominaron “asimetría en la atribución de motivos» al hecho de atribuir las agresiones de nuestro grupo al amor y las del grupo contrario al odio”.

Ese amor de Luis Vidal Corella por la fotografía atraviesa el conjunto expositivo, dando lugar a imágenes que concitan igualmente el amor o fervor popular de determinadas muchedumbres por el régimen franquista, revelando, por contraste, el odio que, como la capa oculta de un iceberg, destilan esas mismas imágenes a poco que las enfrentemos con el sentimiento de quienes sufrían la hybris del poder al enfrentarse a él.

Una de las imágenes de la exposición ‘Luis Vidal Corella. Crónica fotográfica de la posguerra en València’, en el MuVIM.

“Luis Vidal Corella no solo fue un gran reportero gráfico, sino un fotógrafo que supo impregnar cada imagen de una profunda sensibilidad y una mirada humana excepcional. En sus fotografías, incluso las escenas más cotidianas alcanzan la fuerza de un auténtico ‘momento decisivo’”. Momentos decisivos que permiten vislumbrar esa doble faz de lo testimonial y de lo íntimo: de la cruda realidad y de la más impactante, tras pasar por el cedazo de una sensibilidad que nada sabe de compartimentos estancos.

Vidal Corella lo que muestra en sus fotografías es la verdad que anida en el poder cuando resulta excesivo: tan fascinante como inquietante. Por eso las imágenes proyectan el amor que el fotógrafo manifestó por su oficio y el miedo que al mismo tiempo generan, quizás por lo que dejó escrito Maquiavelo: “A los súbditos se los mueve por el amor o por el miedo. Es mejor el amor, pero es más fácil el miedo”.