Carlos Ruiz Zafón

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‘La Sombra del Viento’, de Carlos Ruiz Zafón
25 aniversario

La Sombra del Viento‘, de Carlos Ruiz Zafón, cumple 25 años. Y lo hace demostrando que el único jurado infalible es aquel que compra, subraya, olisquea y hasta deja cercos de café y restos de chocolate en los libros.

Veinticinco años atrás, en el silencio editorial de una España más pendiente de sus nuevos premios que de sus próximos clásicos, un libro llegó a las librerías. Vestía la discreta etiqueta de ‘Finalista del Fernando Lara’. No era el ganador. No era la obra laureada.

Hoy, ese mismo libro celebra su cuarto de siglo. No lo hace con una medalla oficial, sino con el único galardón que no prescribe ni se negocia. Con uno que no se imprime en suplementos culturales ni se empaña en discursos: el aplauso de 15 millones de lectores.

Nacer sin el permiso de la crítica

Corría el año 2001. El Premio Fernando Lara de Novela se lo había llevado ‘Un largo silencio’, de Ángeles Caso. Un folletín gótico ambientado en una Barcelona de niebla y posguerra era su acompañante. El casi lo firmaba Carlos Ruiz Zafón, un publicista metido a escritor que había hecho sus pinitos con la literatura juvenil.

'La Sombra del Viento', de Carlos Ruiz Zafón

Zafón no se paseaba por festivales literarios ni ferias nacionales. No participaba en las tertulias. Había cruzado el charco y comenzado una carrera como guionista en Los Ángeles. Fue allí, en el lado de allá, donde Zafón escribió esa carta de amor a Barcelona. La carta que nos invitó a entrar en ‘El Cementerio de los Libros Olvidados’.

Ese año, en un gesto que hoy suena a revelación divina, Planeta decidió publicar al finalista del Fernando Lara. Al casi. El parto fue silencioso, como el aleteo de un ángel. Uno de los ángeles de piedra que flanquean hoy las portadas de los libros de Zafón. La crítica patria pasó de largo. No hubo reseñas entusiastas ni suplementos culturales iluminados. Solo un rumor; subterráneo. Primero tenue y luego atronador. Un rumor que pasaba de boca en boca. Un libro que pasó de mano en mano.

¿Qué sabíamos esos primeros lectores que los guardianes del canon no vieron? Sabíamos lo que sabemos quienes obviamos las etiquetas, ignoramos géneros y usamos las fajas para calzar mesas. Sabíamos que estábamos ante una máquina de emociones perfecta. Una novela que era thriller, historia de amor, novela histórica y fábula sobre el poder de la literatura, todo a la vez. Un híbrido que hoy algún algoritmo clasificaría como “gothic mystery con elementos de bildungsroman y metaficción histórica”. Y la habría descatalogado por incómoda.

Pero el ejército silencioso, el nuestro, comenzó su marcha. Y su veredicto fue tan masivo que acabó por forzar a las instituciones a mirar hacia donde ya todo el mundo estaba mirando.

La paradoja del laurel: premiar lo ya premiado

Los reconocimientos oficiales llegaron, sí. Pero llegaron para celebrar el triunfo, no para predecirlo. Fue la paradoja perfecta: el sistema literario coronaba lo que ya había sido coronado en las cajas registradoras de las librerías. Pero, más importante, en las mesillas de noche.

En 2002,se le otorgó el Premio de la Fundación José Manuel Lara al libro más vendido. Así, sin rodeos. Un galardón que en su honestidad mercantil era más sincero que mil premios de calidad literaria. Reconocía el impacto. Reconocía el fenómeno.

Premio de los Lectores de La Vanguardia. La confirmación de que aquello no era un accidente comercial, sino un amor colectivo. Fue entonces, y solo entonces, cuando la novela dejó de ser un “éxito de ventas” para ser un “clásico contemporáneo”. Porque así de soberano es el lector. ¡Así de poderosos somos!

Los premios, en este caso, no fueron el trampolín; fueron la placa conmemorativa que se coloca cuando el edificio ya está habitado por millones.

Cuando el mundo nos dio lecciones de olfato

Mientras aquí aún había quien fruncía el ceño, el mundo empezó a enviar mensajes de admiración. La traducción de ‘La Sombra del Viento’ fue un ejercicio de justicia poética internacional.

Y hubo premios, claro…

En 2004, Franciale concedió el Prix du Meilleur Livre Étranger, uno de los galardones más prestigiosos para lo foráneo. Los franceses, que saben de amores literarios intensos, vieron en ‘La sombra del viento’ una grande histoire.

Reino Unido y Estados Unidos la recibieron con una lluvia de premios (Waterstone’s Book of the Year, Barry Award…) que celebraban su narrativa poderosa y su capacidad de hechizo.

En Alemania, el canciller Gerhard Schröder la recomendó públicamente. El boca a oreja se hizo global. España, por una vez, recibió la noticia de que tenía un genio en casa a través de eso que ahora llaman feedback internacional.

El mundo entero supo descifrar antes que muchos de sus paisanos ilustrados aquella carta de amor que Zafón escribió desde Los Ángeles.

Zafón, arquitecto de nuestro Cementerio

Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964-2020) desbordaba cualquier clasificación. Empezó en la literatura juvenil con la ‘Trilogía de la Niebla’, donde ya se respiraba su atmósfera densa y su pulso narrativo. Luego vino ‘Marina’ (1999), un preludio gótico y personal de lo que estaba por llegar.

Con ‘La Sombra del Viento’ encontró su reino y construyó el nuestro: ‘El Cementerio de los Libros Olvidados’. No es un escenario; es la metáfora más bella y perdurable jamás escrita sobre el acto de leer. Un lugar donde los libros, como las almas, esperan a ser rescatados del olvido.

Zafón construyó una Barcelona que no es la de las postales, sino la de las piedras que recuerdan. Su Barcelona es un personaje barroco y fantasmagórico que le debe más a la penumbra de Dickens que a la oficina de turismo.

A través de su tetralogía –’La Sombra del Viento’ (2001), ‘El Juego del Ángel’ (2008), ‘El Prisionero del Cielo’ (2011) y ‘El Laberinto de los Espíritus’ (2016)–, Zafón conversa con sus lectores en un idioma secreto, hecho de susurros, intrigas y pasión por las historias.

Epílogo: la llave que nos dejó

Zafón se fue en 2020, pero nos dejó una llave. La llave de ese cementerio mágico que es la promesa de que la literatura nunca muere mientras haya alguien dispuesto a rescatarla.

Veinticinco años después, su aniversario no se mide en actos institucionales, sino en un ritual íntimo que se repite cada día en alguna parte del mundo: alguien entra en una librería o en una biblioteca, coge por primera vez ‘La sombra del viento’ y, sin saberlo, se dispone a votar en el único premio que de verdad importa.

El Nobel de Zafón, su Pulitzer, su Cervantes, se lo otorgamos día a día, línea a línea, 15 millones de soberanos. Un premio que, como los buenos libros, no se gana en un gran salón. Se gana en la soledad de una habitación, a la luz de una lámpara. Con el espíritu dispuesto a ser secuestrado para siempre.