KanDINSKY

#MAKMALibrosYMúsica
‘Aktyrka’ y ‘Fuga’, de Wassily Kandinsky
‘La marcha Radetzky’, de Joseph Roth
En el 160 aniversario del nacimiento del pintor ruso
Hibridaciones entre música y literatura

Wassily Kandinsky (1866-1944) pintó en 1901 ‘Aktyrka’, si bien un cuadro cuyas pinceladas comienzan a ser absorbidas por la corriente del abstractismo, también un cuadro alejado de lo que sería la tendencia que llevaría al pintor ruso a su ‘Fuga’ de 1914.

Entre ambas obras se materializan, junto a unas cuantas visiones sinestésicas, una serie de pensamientos por los cuales el artista llegó a concebir la música como el arte más abstracto de todos y, fruto de su alejamiento de la semiótica y la figuración, el más adecuado para acercarse a los sentimientos y emociones humanas. Así, parte de la obra de Kandinsky resultaría ser la consecuencia del intento de representar pictóricamente lo musicalmente escuchado.

Para conmemorar el centésimo sexagésimo aniversario del nacimiento del pintor, a lo largo de esta reseña exploraremos cómo la idea que lleva a Kandinsky a convertir música en pincelada hace eco en la ‘La marcha Radetzky’, de Joseph Roth (1894-1939); novela que abraza y repele la melancolía, una de las emociones más complejas experimentadas por el ser humano, a través de la hibridación de dos artes: la literatura y la música.

Europa y Trotta. Ascenso y caída

Durante el periodo de entreguerras y el mismo año en que el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán se alzara como la máxima fuerza de representación en el Reichstag (1932), Joseph Roth, uno de los novelistas centroeuropeos más importantes de la primera mitad del siglo XX, publicó su obra más significativa bajo el título de ‘La marcha Radetzky’.

En ella se narra el ascenso y la caída del apellido Trotta, familia cuya sombra perseguimos durante tres generaciones hasta que, durante una de las primeras batallas de la Gran Guerra, un proyectil atraviese el cráneo del protagonista: Carl Joseph Trotta, hijo del jefe del distrito W, nieto del Héroe de Solferino y, más importante, bisnieto de un campesino esloveno.

Siguiendo la estela de otros autores centroeuropeos y coetáneos al autor, como Stefan Zweig o Hermann Hesse, Joseph Roth retrata en su obra magna el descenso político, social, moral y, en esencia, humano, sufrido en Europa durante las primeras décadas del siglo XX.

Descenso que no finalizaría, como sí la novela, en 1914, con la Primera Guerra Mundial, ni en 1932, cuando Roth la publicara, sino que, mientras el autor estaba diseccionando mentalmente cómo se hundiría el apellido Trotta, Europa comenzaba a deslizarse por la más precitada de las colinas que atravesaría en su historia.

A través de la masculina genealogía Trotta, Roth realiza una mirada retrospectiva hacia las raíces perdidas de aquel campesino eslavo cuya estirpe acabaría perdiéndose en el campo de batalla. Una mirada cargada de melancolía y una melancolía metaforizada sonido.

Un sonido bélico es el título de la novela y la pérdida producida por lo bélico es la esencia de la melancolía. Una melancolía que evoca la figura de la madre, pero una madre ausente, pues en ninguna de las líneas aparecen las madres Trotta; y una madre destruida: la madre tierra, la madre patria.

Sonido escrito o escritura de lo oído: melancolía, madre, patria

Realicemos una lectura de las líneas que acompañan los pensamientos de Carl Joseph Trotta cuando llega a su primer cuartel militar:

“La inmensa melancolía de estas armónicas se derramaba por las ventanas cerradas hasta el rectángulo negro que era el patio e inundaba la oscuridad con una ligera intuición de lo que son el hogar y la mujer y el hijo y la granja”.

Música, melancolía, madre y patria se reúnen en esta frase para volverse motivos recurrentes a lo largo de la novela:

“Burdlaki, la tierra natal Onufrij; tierra que era patria de los campesinos ucranianos, de sus melancólicas armónicas y sus inolvidables canciones: una patria afín, la hermana nórdica de Eslovenia”.

Motivos de los que el protagonista no podrá escapar ni yaciendo con sus amantes:

“El teniente [Carl Joseph Trotta] iba recostado sobre su pecho como un niño. Ella sentía un dolor que le hacía bien gozoso, maternal. Un amor materno le brotaba en los brazos y les daba renovadas fuerzas”.

La pérdida es latente y explícita en tanto ausente: la figura materna. Una figura materna a la que Carl Joseph se intentará acercar a través de sus amantes, y una figura materna que se convierte en una metáfora suficientemente gigantesca como para que su sombra eclipse todo un continente o, peor aún, toda una vida, la de nuestro protagonista.

Así, Carl Joseph no es otra cosa que un sujeto quemado por el sol negro que orbita alrededor de la teoría de la melancolía y la depresión de Julia Kristeva (1941-). Este sol ilumina, pero ciega; calienta, pero quema; da vida, como la quita. El viaje de Carl Joseph es guiado por el astro de astros igual que un marinero observa de noche la constelación de Capricornio.

Pero el sol que ensombrece no muere con la muerte. Muere el protagonista y el sol sigue iluminando. Muere la novela y el sol sigue iluminando. Muere el autor y el sol sigue iluminando. Joseph Roth conocía su poder, sabía que el astro apuntaba los rayos sobre Europa, como el rifle apuntaba a la frente de su protagonista.

Sabía que los negros rayos seguirían incandescentes una vez sus líneas se esfumaran y es por ello que en las últimas palabras de la novela se encuentra una de las más embelesadoras metáforas melancólicamente sonoras de toda ella:

“Y jugó una partida consigo mismo, sonriendo, mirando de cuando en cuando hacia el sillón vacío de enfrente; en sus oídos, el fino redoble de la lluvia de otoño, que seguía sonando incansablemente en los cristales”.