Julián Hernández

#MAKMALibros
‘Han de caer del todo’, de Julián Hernández
Trama Editorial, 2025

A finales del pasado noviembre, Gijón olía a mar, a lluvia gruesa y a libros usados. Antes de cruzar la puerta de Toma 3, la escena ya era un prólogo: una procesión de fans en la acera, pidiendo fotos y autógrafos, hasta el punto de que casi nos cierran el garito. Y es que pasear con Julián Hernández sin interrupciones es misión imposible.

Dentro, entre estanterías repletas, el runrún de la cafetera y el chsss de las cañas al servirse, cualquier rincón de la barra puede convertirse en un backstage improvisado. Julián Hernández no viene con baquetas o guitarra, sino con un libro bajo el brazo: ‘Han de caer del todo‘, igual de incómodo y brillante que cualquier himno de Siniestro Total.

Lo reconocerías en cualquier bar: mirada lúcida tras sus gafas de pasta; sonrisa invisible; sombrero de ala ancha que hoy, bajo el diluvio, estuvo coronado por una elegante bolsa de supermercado. Actitud de quien eligió la inteligencia y la sátira como forma de resistencia.

Mientras sirven las cañas, alrededor suyo se arremolina un público tan diverso como su currículum: cuarentones y cincuentones con camisetas de “¿Cuándo se come aquí?” que ahora leemos sus libros. Veinteañeros que descubren su prosa ácida. Un nutrido grupo que, cargado de vinilos originales y primeras ediciones de sus libros, demuestran tener un doctorado en Siniestrología Aplicada. No faltan los curiosos que se acercan “a ver al de Siniestro”.

Hoy Julián cambia el escenario por la trinchera silenciosa de las letras, dinamitando el relato oficial con la misma saña con la que sacudió al personal durante cuarenta años. Una barra o una mesa, entre libros, amplis y jarras de cerveza, es el mejor lugar para preguntarle cómo se hace.

Julián Hernández. Han de caerl del todo. Trama Editorial

‘Han de caer del todo’ es, además de una frase muy bien robada, el remate final del ‘Quijote’ a los libros de caballería. ¿Sentiste que era el título perfecto para rematar un relato político, el de la Transición, y jugar un tanto con el género del señor de Cervantes Saavedra?

¿Una intuición? ¿Un golpe de suerte? Pues no sé. No existe un título perfecto, pero este me venía de perlas. Busqué por todas partes y no di con nadie a quien se le hubiera ocurrido perpetrar el robo antes, algo que me sorprendió sobremanera: llevaba cuatro siglos al alcance de la mano del primero que pasara por allí, y ná de ná, oiga. En realidad, Cervantes deja ese obituario de las novelas de caballería en manos de Cide Hamete Benengeli, un personaje maravilloso que convierte las aventuras del ingenioso hidalgo y caballero en metaliteratura y a Alonso Quijano casi en un personaje histórico.

Pero a lo que voy: la intención no era llegar a la Transición como relato político ni como género de caballería crepuscular, que bien podría haberlo sido. La acción de ‘Han de caer del todo’ ocurre en otoño de 1975, antes de que Juanito de Borbón heredase la jefatura del Estado tras el óbito del militar de alta graduación y escasa estatura procedente del noroeste y se montase la gran estafa bautizada como Transición. Muy poca épica y menos caballerosidad o hidalguía había en eso.

En cuanto abrimos ‘Han de caer del todo’, nos encontramos con una advertencia sobre la ficción de tu novela. Es un movimiento legalmente inteligente, pero también suena a guante lanzado. ¿Es la versión literaria de empezar un concierto con “¡Vais a comer de la mano de Satán!”?

[Risas] La advertencia sobre los personajes que pululan por esta ficción y los hechos que acontecen en ella es herencia del cine más que del rock satánico. En un momento dado, Hollywood tuvo que afrontar denuncias por la aparición de personajes reales en sus películas, y creo recordar que fue un juez el que les aconsejó poner un letrerito tal que así para evitar el jaleo legal. En este caso, se manejan una serie de situaciones ciertamente parecidas a hechos históricos, pero lo que hacen es conformar un escenario más esperpéntico que realista.

Yo no creo haber utilizado nunca la frase sobre comer de la mano de Satán al salir al escenario, pero sí, en cambio, una del Maestro Reverendo: “Somos un grupo de rock y tocamos a toda hostia”. Visto por este lado, quizá sea también adaptable a ‘Han de caer del todo’, una novela en la que hay ruido suficiente como para romper los tímpanos de los pobres personajes que sobreviven como pueden en esas páginas. Una amenaza y un reto quizá equivalentes al gesto del guante, sí.

Has pasado de discutir un arreglo con Siniestro a enfrascarte en correcciones con tu editora, primero, y con tu editor, después. ¿Qué calienta más la mecha: una disputa sobre un acorde o sobre una coma?

Eh…, ¿puedo pedir otra caña? Gracias… La verdad es que, en Siniestro Total, antes que sobre acordes, discutíamos sobre conceptos generales a propósito de una grabación, el volumen de la batería en el local de ensayo o el restaurante en el que había que parar a comer. Por el lado de la edición, ni con Belén Bermejo, en Espasa, ni con Manuel Ortuño, en Trama, tuve discusiones sobre comas o puntuaciones varias y ni siquiera sobre contenidos.

En los dos libros publicados por Trama me echó una mano Íñigo García Ureta con sugerencias varias (el título de ‘Folla con él’ fue idea suya), y alguna discusión que no fue a mayores me vino de perlas para ‘Han de caer del todo’, pero no recuerdo nada sobre comas y puntuaciones. ¡Y que conste que las comas son muy difíciles de poner! El truco, me parece a mí, consiste en leer en voz alta lo escrito a ver qué tal quedan las pausas… O no; o yo qué sé.

Julián Hernández
Julián Hernández durante el concierto de Siniestro Total en el Wizink Center de Madrid, en 2022. Foto: David Herranz.

Antes era el mánager quien te presionaba por el single; ahora es el editor quien espera el manuscrito. ¿Con quién se tiene una relación más tensa y fructífera? ¿Quién da mejores razones?

Ya hace mucho tiempo que los singles físicos pasaron a mejor vida en el mercado de masas. Ahora sobreviven en forma de escuchas en formato digital. Nosotros vivimos más los días de los singles extraídos de algún álbum que ya estaba a la venta y eso, en nuestro caso al menos, no estaba sometido a demasiadas presiones por parte de la compañía discográfica. En cambio, llegar a tiempo para tener un libro en la Feria del Ídem de Madrid, por ejemplo, es una presión que hay que asumir. Y yo soy muy mandadito para estas cosas.

Algo que me encanta de ‘Han de caer del todo’ son esos guiños documentales y delirantes: fotos falsas del programa atómico español o mensajes cifrados en los anuncios por palabras de la prensa de la época. ¿Fue ese juego de engañar al presente con los códigos del pasado lo más parecido, a día de hoy, a colar un tema subversivo en una emisora comercial? ¿Dónde te divertiste más: creando las canciones de Siniestro o urdiendo tramas conspiranoicas para el libro?

Supongo que se me quedó grabada a fuego una de las estrategias esenciales de Malcolm McLaren cuando montó los Sex Pistols: la intervención en los medios (situacionismo del bueno); véase, por ejemplo, la entrevista que les hizo Bill Grundy en la televisión de Londres, una barbaridad que les catapultó a la fama (y hundió a Bill Grundy de paso).

Sin llegar, creo, a la grosería extrema de los Sex Pistols, colar goles en las radios, la televisión o la prensa siempre fue muy divertido, entre otras cosas porque tampoco pretendíamos tal cosa. Utilizarlo en la trama de una novela incluso puede serlo más. Al fin y al cabo, puedes controlar la situación de arriba abajo y utilizar cualquier información delirante real o inventada. Aunque, claro, los delirios en las tertulias de hoy en día nos adelantan por el arcén.

Una trama conspiranoica es relativamente fácil de urdir y muy, muy fácil de difundir. Pero tiene sus contrapartidas. Si no fuese porque la imbecilidad es peligrosa, la teoría de la Tierra plana sería un descojone permanente y nos lo pasaríamos en grande tirando piedras al tonto que la defendiese. La difusión masiva, la credulidad de las gentes y la estupidez humana –que es infinita– convierten a las susodichas paranoias en un peligro (incluyo la religión en el pack). De ahí que la burla, el escarnio, el sarcasmo y el insulto puro y duro se hagan necesarios. Al igual que en el ‘Quijote’, ya que estamos en ello.

Tras cuarenta años de vivir la reacción inmediata del público (gritos, cervezas volando), escribir es un acto de soledad y espera. ¿Echas de menos el subidón de adrenalina o este silencio es, en el fondo, más revolucionario?

La purificación por la sangre, ¿no? Bueno, sí, el escenario es un subidón inevitablemente, pero no te creas que escribir lo es menos. Al menos en mi caso, el ruido interno es ensordecedor (no se lo digas a mi psiquiatra, que me interna ipso facto). ‘Han de caer del todo’ no es precisamente una novela bucólica con alegres pastorcillos haciendo manitas, aunque se desarrolle en su mayor parte en el Monte del Pardo.

Supongo que es inevitable que la banda sonora de lo que se está contando, de todos los sonidos que rodean a los personajes, forme parte de la narración interna, de lo que dicta el cerebro a los dedos que teclean. Quizá sea una manera de hacer música concreta inaudible fuera de tu cabeza por muy bien que la describas, mira por dónde.

Elementos imprescindibles para un ‘faceless’ identitario de Julián Hernández. Imagen cortesía del autor.

¿Dónde está la verdadera chispa: en la idea inicial de una canción o de un capítulo, o en el trabajo de taller, puliendo y borrando hasta dejar solo lo esencial?

No lo sé. Las ideas van y vienen de un sitio a otro. No tengo claro dónde está la línea divisoria. En un momento dado, una idea inicial desaparece para reaparecer más tarde. Y al revés: una idea tardía llega para apropiarse de la idea general. No creo que se trate de volcar todo lo que se pueda a toda velocidad y luego volver atrás.

Yo voy volviendo atrás constantemente para ir encajando frases, imágenes o lo que sea, teniendo en cuenta que también puedo volver en otro momento. Lo que sí manejo son infinidad de fichas con anotaciones. Salvando las distancias, algo así como lo que hizo Arno Schmidt en ‘Zettels Traum’, esa cosa monstruosa que se mide en kilos y no en páginas, pero en mi caso sin los ficheros y el orden del jodido alemán.

Me salvó algo del caos el programa ‘Goodnotes’ para la tablet: puedes escribir a mano, borrar, copiar, pegar, reordenar y esas cosas que en papel solo te dan dolor de cabeza. Aún así, sigo teniendo la mesa llena de papelajos, desde el resguardo de la tintorería hasta notas para una trilogía sobre la metafísica del ente abstracto.

En los últimos tiempos has promocionado libros en lugar del disco de turno. Las firmas sustituyen a las fotos, las librerías a los escenarios. ¿Es este tour más surrealista?

Yo soy más del cantar de ciego que de la promoción. Id est: de llegar al pueblo y dar la turra en verso señalando unas viñetas con unos pareados debajo. Bueno, vale, tampoco es exactamente algo así, pero más o menos. En los conciertos conviene tener en cuenta la estrategia de Frank Zappa: si hay más gente en el escenario que público asistente, entonces hay que cambiar los papeles; la gente se sube al escenario y, aunque no tenga ni idea de música, toca lo que le dé la gana, y los músicos jalean desde abajo.

Esto, en el caso de las presentaciones, no es muy factible: entre el presentador, la gente de la librería, en su caso el editor y algún despistado, ya son más individuos que el autor, así que no cabe el intercambio de papeles.

En realidad, la participación del estimado público es mayor en estas presentaciones sencillamente porque el ruido es menor. Un concierto de rock es un estruendo del demonio y una librería es (o suele ser) un remanso de paz. ¿Qué es más o menos surrealista? Ni idea. Yo ya veo surrealismo en todas partes.

Con ‘Folla con él’, publicado por Trama en 2022, diseccionaste las versiones de Siniestro Total, un ejercicio de arqueología musical que era también una peculiar autobiografía. Ahora, con ‘Han de caer del todo’, versionas la historia misma. ¿Encuentras un hilo común en ese impulso por desmontar y reinterpretar lo ajeno, ya sean canciones o relatos oficiales? ¿Y cómo está siendo este viaje con Trama, una editorial que parece compartir tu gusto por los proyectos inclasificables?

Nunca lo había pensado de esa manera. Decía Picasso que, si hay algo que robar, se roba; y estoy de acuerdo. Lo que hay que hacer es robar para hacer tuyo el botín, como los piratas, y no para colar un plagio mondo y lirondo, que sería algo parecido a la manera de robar de la mujer de Franco, por ejemplo. No es que uno sea un ladrón de guante blanco, quizá sea más la idea del collage: utilizar materiales ajenos para construir una idea propia. No creo que la IA haya pillado eso aún.


Por otra parte, el “viaje con Trama”, como dices, es un viaje de recreo y un trabajo bien hecho. Que estemos la editorial y el autor en la casilla de los inencasillables es muy divertido. El profesor Joaquín Rodríguez ya me dijo que sería algo así y aquí estamos; en las catacumbas, si quieres, pero con las mismas ansias de dominar el mundo.

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En el libro, lo sublime (las referencias cultas) y lo ridículo (el esperpento franquista) cohabitan con naturalidad. ¿La alta y la baja cultura follan mejor juntas, como en los mejores temas de Siniestro?

Esto da para mucho. En 1997, publicamos en Virgin el álbum ‘Cultura Popular’ a partir de un espectáculo audiovisual dirigido por Mikel Clemente. El dilema entre alta y baja cultura era, de alguna manera, la columna vertebral de la ideología detrás del artefacto. Una de las pistas para escribir ese guion me la dio unos años antes una novela escrita por Joe Hardy, nuestro productor yanqui.

Durante una grabación en Memphis me endilgó su novela (de cuyo nombre me cuesta acordarme) impresa en folios y me la leí del tirón (solo aparecía por Ardent, el estudio de grabación, para lo que me tocaba grabar a mí y pillar unas birras). Cuando le pregunté a Joe sobre la diferencia entre highbrow y lowbrow culture en su historia (que, lamentablemente, jamás se publicó), me dijo que tal diferencia no existía y me lo apunté.

Por otro lado, en el libro de Ben Watson ‘The Negative Dialectics of Poodle Play’ (que analiza una discografía, digamos asumible, de Frank Zappa) también hay un análisis ¿marxista? sobre alta y baja cultura muy a tener en cuenta. Aquí un servidor lleva en los dos lados de la barricada, si esto tiene algún sentido, desde que era adolescente: Suzi Quatro y Stockhausen, fanzines fotocopiados y Samuel Beckett, el vandalismo grafitero y Francis Bacon… Y ya que sale la palabra follar (bienvenida sea), la pornografía danesa de los 60 me sigue fascinando.

Más tarde, cuando llegó a las pantallas españolas el cine X (nada que ver con Twitter), ‘Detrás de la puerta verde’ nos dejó a todos boquiabiertos al mismo tiempo que ‘Novecento’. No sé cuáles son los mejores temas de Siniestro, pero sí sé que Walter Benjamin en ‘El arte en la época de la reproducción mecánica’ ya dio unas cuantas pistas sobre lo que se nos venía encima.

Ni me importa ni me deja de importar la diferencia entre la cultura de masas y la culturilla finolis, la cultureta pillada por los pelos o la Alta Cultura con mayúsculas. Todo pertenece a la cultura y la civilización occidental, la tecnología y esas cosas que podían haber sido una buena idea, pero se quedaron a medio camino, si es que no fue todo un desastre. A veces, me da la sensación de estar rebuscando en contenedores de basura y dar con un ejemplar del tebeo de ‘Detective Comics’ en el que sale Batman por primera vez y que ahora vale una fortuna.

Una canción tiene dos minutos para enganchar. Una novela, doscientas páginas para seducir. ¿Aplicas el sentido de la economía del rock, directo y sin concesiones, a tu prosa? ¿Buscas ese golpe en cada párrafo?

Bueno, una canción puede durar más de dos minutos y ser muy buena o, si prefieres, muy eficaz. Véase ‘The End’, que dura casi doce minutos, y catapultó a los [The] Doors de nuevo a la gloria tras el estreno de ‘Apocalypse Now’. En el caso de la novela, tampoco creo que haya un patrón. Es cierto que los americanos posmodernos de posguerra –Pynchon, Barth, Gaddis…– se inflaron a escribir y eso fascinó a mucha gente. Y me incluyo en ella: ‘El arco iris de gravedad’ fue todo un descubrimiento; pero conviene ser un poco coherente y saber hasta dónde puedes llegar si además eres un pluriempleado o un advenedizo, como es mi caso.

De hecho, los diez años invertidos en escribir ‘Han de caer del todo’ los gasté en no caer en el formato mamotreto yanqui pretencioso y, al mismo tiempo, ser consciente de que nunca podré escribir cosas como ‘Moby Dick’ ni ‘El jardín de los siete crepúsculos’, de Miquel de Palol, dos de mis novelas favoritas. Tampoco intento buscar ese golpe en cada párrafo que dices. Me basta con entender lo que acabo de escribir. Ya sabes: lo bueno, si breve, pues mejor; y si cuela, cuela, ¿no?

Cuando escribías ‘Han de caer del todo’, remontándote a 1975, ¿sonaba Desmadre 75 en tu cabeza? ¿Sigue siendo la música el paisaje de fondo o ha sido sustituida por el silencio?

¡Con cada pregunta me lo pones más difícil! [risas]. Desmadre 75 fue una más de las casualidades que parecían existir solo para escribir ‘Han de caer del todo’. El otoño de 1975 era el tiempo aproximado del Armagedón profetizado por los Testigos de Jehová en 1966; fue el momento de los últimos fusilamientos del franquismo y, por si fuera poco, Desmadre 75 publicaron su megahit ‘Saca el güisky cheli’ justo cuando empezó la agonía de Franco, lo que la convirtió en una canción-jolgorio sospechosa para el régimen. ¿Alguien da más?

La verdad es que la música no es un paisaje de fondo, sino algo parecido a un elemento narrativo más, como un crimen, una conversación, un coito salvaje o un cuadro. Me viene de perlas en muchos momentos, pero no me obsesiona ni es un telón de fondo permanente. Tampoco lo es el silencio: ¡llevamos toda la entrevista hablando de ruido! Lo que sí es verdad es que me cuesta escribir con música de fondo. No sé por qué, pero me da la sensación de que les resulta más fácil a pintores y dibujantes.

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En una entrevista magnífica que le das a Edu Galán en Zenda, afirmas que “el sistema se está autofagocitando a sí mismo”. Mientras eso sucede, ¿cuál es el deber del artista? ¿Lanzar la última piedra o, como haces en ‘Ha de caer del todo’, documentar el derrumbe con una sonrisa en los labios y una buena dosis de ironía en el tintero?

Claramente, es más divertido lanzar la última piedra que la primera. Recuerda la escena de la lapidación en ‘La vida de Brian’: la última piedra es una roca enorme y te partes el esternón de la risa. Derrumbarlo todo a carcajadas…, ¡qué gran idea! Lo que no sé es cuál es el deber del artista (comillas para la palabra artista), ni siquiera si tiene algún deber más allá de hacer su trabajo y dar de comer al gato. Quizá sea un deber autoimpuesto y que nadie te chiste. Como lo de Aznar y el vino: “¿Quién me dice a mí cuántas copas de vino puedo tomar? ¡Hics!”.

Pero, verás, dándole una vuelta a lo del deber, se me acaba de ocurrir que yo le debía esta novela a mi señor padre, que en gloria esté. Cuando fusilaron a los miembros de ETA y el FRAP el 27 de septiembre de 1975, yo tenía 15 años y mi padre, 45. Los dos vimos la noticia en la sala de TV en blanco y negro de un hotel de Santiago iluminada con neones parpadeantes mientras fuera llovía a cántaros. No recuerdo una escena más tétrica en mi vida. Escribir sobre aquel año de esta manera es lo menos que podía hacer, qué cojones.

Hace veinticinco años publicaste ‘¿Hay vida inteligente en el rock and roll?’, un análisis certero y ácido de aquella industria. Ahora, instalado en el mundo del libro, la pregunta se reformula: ¿hay vida inteligente tras la literatura actual? ¿Crees que la industria literaria ha sucumbido a los mismos vicios –los superventas predecibles, los influencers literarios– que denunciaste en la música, o has encontrado un territorio más digno?

La dignidad en la industria cultural (¡más comillas!) es algo escaso, por lo visto. En un momento dado, cuando empezamos a trabajar juntos, le comenté a Manuel Ortuño, mi jefe en Trama Editorial, algo despectivo (por usar un eufemismo) sobre las multinacionales discográficas en manos de fondos de inversión y blablablá. La respuesta fue que el equivalente en la industria literaria no era mucho mejor. Pero, al margen de los grandes hijos de p…, perdón, de la industria tocha, siempre va a haber alguien que haga algo bueno y, si me apuras, hasta inteligente.

Aparte del trabajo con Trama, ahora mismo estoy en plena labor arqueológica con Munster Records para recuperar grabaciones históricas de Siniestro Total y Os Resentidos que llevo décadas guardando a la espera del advenimiento de la tecnología ad hoc y la gente adecuada para manejarla, un trabajo impensable en un monstruo como Warner, pongamos por caso.

En cuanto a la literatura, también hay otros mundos aparte del Premio Planeta (al que ya es difícil considerar un premio literario) y demás chapuzas. Por poner un ejemplo, véase el último Premio Tigre Juan, que te pilla cerca: ‘El mal de Aira’, del escritor colombiano Andrés Restrepo Gómez, publicado en Editorial Barrett, una editorial sevillana que se la juega hasta el punto de (re)editar una referencia como ‘Los Sorias’, de Alberto Laiseca. Lo que te decía antes: el regreso a las catacumbas, una idea de Miguel Ángel Martín, el excelso dibujante, que remataba con un glorioso “ese sitio del que nunca deberíamos haber salido”.


Coda

La última pregunta se funde con el murmullo de la barra, donde su editor, Manuel Ortuño, nos arropa con la complicidad de quien sabe que los mejores proyectos nacen en los márgenes. Julián firma ejemplares mientras fuera sigue lloviendo a mares. Alguien recuerda en voz alta el estribillo de ‘Menos mal que nos queda Portugal’.

No hay despedida grandilocuente, solo la sensación de haber compartido barra y trinchera. Porque las batallas que merecen la pena se ganan así, con letra menuda y la convicción de que, a veces, el ruido más revolucionario es el que resuena dentro de un libro.