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‘Eloy de la Iglesia, adicto al cine’, de Gaizka Urresti
Guion: Gaizka Urresti, Moisés Garrido y Juan Barrero
Con Eloy de la Iglesia, José Sacristán, Ángel Pardo, Fernando Guillén Cuervo, Gaspar Noé, María Luisa San José y Pedro Olea
95′, España, 2025
“Se me recuerda como adicto a la heroína, pero también soy comunista, maricón y director de cine”. La frase de Eloy de la Iglesia ha quedado en la memoria de compañeros y espectadores como un genial autorretrato en cuatro trazos.
Sin embargo, a poco que se indague en su biografía y en su obra, queda la sensación de que una personalidad tan compleja no puede reducirse a ese titular, por muy llamativo o provocador que se antoje. Y basta asomarse a un trabajo como el recién estrenado documental ‘Eloy de la Iglesia, adicto al cine’, del director Gaizka Urresti, para confirmarlo.
Nacido en Zarauz (Gipuzkoa), en 1944, Eloy de la Iglesia ha pasado a la historia del cine español por sus películas sobre yonquis y delincuentes juveniles, la fotografía de esa cara B de la Transición en las grandes ciudades que aparentemente nadie quería reconocer, pero que muchos hicieron cola y pagaron por ver en la pantalla grande. También es conocida la caída del propio director en la droga, sobre todo a partir de su relación sentimental con su actor fetiche, el carismático José Luis Manzano, y su descalabro profesional durante un larguísimo periodo.

El filme de Urresti se ocupa por supuesto de estos hitos, pero va más allá, y más acá. Se demora en sus precoces pinitos en televisión, el hecho de no poder entrar en la Escuela Oficial de Cinematografía y su posterior formación parisina, aunque no cabe duda de que había nacido para ponerse detrás de una cámara.
También se recuerda su primer encontronazo con la censura nada más aterrizar en la profesión, con ‘Algo amargo en la boca’; y su primer taquillazo, ‘El techo de cristal’, con un elenco encabezado por Carmen Sevilla, Emma Cohen y Patty Shepard.
Pero muy pronto se revelaría su lado más sórdido, con incursiones en el thriller morboso y desafiante a las tijeras del censor como ‘La semana del asesino’, ‘Nadie oyó gritar’, ‘Una gota de sangre para morir amando’, ‘Juego de amor prohibido’, ‘La otra alcoba’ o la escandalosa ‘La criatura’, donde una valiente Ana Belén se enfrenta al tabú de la zoofilia.
La represión sexual de la España tardofranquista, y en especial la dificultad para dar rienda suelta a una homosexualidad libre y desacomplejada, siguió ocupando otros títulos, como ‘Los placeres ocultos’, ‘El sacerdote’ o ‘El diputado’.
Como bien explican los comentaristas invitados en la cinta, este último filme supuso un nuevo desafío a la conciencia política del país y, en concreto, a la familia comunista, a la que se reprochaba sin ambages que jugara a ser moderno y abierto, sacudiéndose los viejos dogmatismos, aunque en el fondo siguiera cerrado a la diversidad sexual.

Tras la muerte de Franco y la aprobación de la Constitución en España, Eloy de la Iglesia siguió mirando hacia los márgenes, y allí encontró problemas de fondo que poco tenían que ver con la fiesta de la democracia. Ahí estaban los excluidos, los olvidados, aquellos a los que nadie había invitado al baile.
Una mezcla explosiva de hormonas juveniles y ganas de salir del agujero en que vivían caracterizaba a aquellos chicos que De la Iglesia convirtió en héroes contemporáneos, colocándose él mismo, acaso sin pretenderlo, a la cabeza de un nuevo género: el cine quinqui, de calidad discutible, pero de innegable tirón comercial.
‘Miedo a salir de noche’, ‘Colegas’, ‘El pico’ o ‘El pico 2’, pero también esa variante tierna, cómica y de fuerte trasfondo social titulada ‘La estanquera de Vallecas’ fueron conformando una filmografía específica que supuso el gran triunfo del cineasta y su ruina personal.
Un homenaje en Donostia en 1996 sirvió para que De la Iglesia se reenganchara a la profesión. Aunque el mundo había girado muy rápido mientras él trepaba por el pozo de la heroína, todavía pudo culminar alguna obra estimable, como la adaptación de la novela ‘Los novios búlgaros’, de Eduardo Mendicutti.
Documental de gran interés, con voces bien seleccionadas y buen ritmo narrativo, nos deja la sensación de que España nunca supo qué hacer con un creador tan inclasificable y libérrimo como Eloy de la Iglesia. Y que deberíamos seguir viéndolo y leyéndolo desde ángulos heterodoxos, por ejemplo, desde esa izquierda que la Transición se tragó.
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