“Nosotros somos traductores de una idea”

IVAM 30 aniversario
Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM)
Guillem de Castro 118, València

Durante unos meses antes del verano de 2018, con el proyecto ‘Hasta cota de afección’ Patricia Gómez y María Jesús González (ambas 1978, València) estuvieron desconchando y hurgando en las paredes de la galería 6 del IVAM, y paralelamente a esto, hicieron un rastreo en los archivos de la institución con el fin de dejar al descubierto una parte de la memoria de esta. Sus trabajos anteriores evidenciaban sobrada destreza sacando información de muros y tabiques en ruinas, como se pudo ver en ‘Proyecto de la Antigua prisión de Palma’ o ‘Proyecto para cárcel abandonada (València)’, por citar algunos, en los que dejaban progresivamente al descubierto capas de pintura y restos de diferentes texturas que sacaban a la luz todas y cada una de las intervenciones que sobre ellos se habían realizado desde su origen.

Durante el proceso del proyecto ‘Hasta cota de afección’, de Patricia Gómez y María Jesús González. Fotografía cortesía del IVAM.

En este caso los tabiques no estaban ruinosos ni mucho menos, estaban, eso sí, a unos meses de cumplir 30 años de los que daban buena parte –al decapar–, orificios, tacos de sujeción rellenos de masilla, colores varios, restos de antiguas intervenciones y cualquier material empleado para, una vez desmontada cada exposición, dejarlo todo a punto para la siguiente. Tapar, alisar y pintar son las consignas básicas para empezar a dejar la sala preparada. Así, los restos superpuestos se volvieron visibles dando testimonio de 69 muestras anteriormente albergadas allí desde su apertura en 1989.

Imagen del proyecto ‘Hasta cota de afección’, de Patricia Gómez y María Jesús González. Fotografía cortesía del IVAM.

Complementando la información sacada de esas texturas, cientos de copias de documentos clasificados del propio IVAM, fruto del rastreo, fueron expuestos siguiendo el modelo del arqueólogo británico Edward C. Harris (Islas Bermudas, 1946,), –sistema llamado ‘Método Harris’–, dejando a la luz una amplia información de las gestiones del IVAM con nombres y apellidos de quienes las realizaron y permitiendo al público visitante la posibilidad de analizar esa información y sacar conclusiones. Las propias artistas las sacaron, concediendo y quitando flores a quienes han gestionado con mayor o menor entusiasmo, minuciosidad o talento, cada tarea realizada desde su puesto de responsabilidad, al margen de otros elementos que 30 años después también están sujetos a reflexión sobre la historia, circunstancias políticas, económicas, culturales y sociales de un museo, que en junio de 2018 ocupaba el puesto 36 de entre las 100 mejores instituciones culturales del mundo, según publicaba artfacts.net.

Documentos internos del IVAM sobre la idea de la ‘Matriz de Harris en el proyecto ‘Cota de afección’ de Patricia Gómez y María Jesús González. Fotografía cortesía del IVAM.

El desnudo del IVAM es un ejercicio de transparencia sobre los secretos de su entidad, de su vulnerabilidad y a la vez de su grandeza, del modelo avanzado que representa desde su génesis, que logró generar ilusión y despertar la admiración de numerosos museos a nivel internacional, y cuyo objeto de constitución dice que se crea “para el desarrollo de la política cultural de la Generalitat Valenciana en cuanto concierne al conocimiento, tutela, fomento y difusión del arte moderno» (BOE-A-1987-2492).

También este desnudo del IVAM fue una acción pionera con la que se anticipaba la celebración de su 30 cumpleaños, como también lo fue en su día la apuesta por crear la colección de fotografía, que ahora vemos como algo habitual y que aportó una realidad no tratada hasta el momento en el resto de museos de España, disciplina artística ligada a la evolución del Arte en el s. XX y que el IVAM situó al mismo nivel que el dibujo, la pintura o la escultura. Sobre esta última, también hay que recordar que fue motivo de pestañeo por admiración –y lo sigue siendo–la colección Julio González, que facilitaba un relato argumental tan interesante como lo es el resultado de ensamblaje y construcción por vacíos, líneas o planos, en contraposición a la idea de Gargallo o Brancusi, que tiran del modelado y de dar forma a partir de una masa; contrastes conceptuales que tantas posibilidades de hacer didáctica ha desarrollado el IVAM en estos 30 años para favorecer los citados objetivos de su constitución.

Todas estas iniciativas en relación con sus colecciones, acompañadas de acertadas exposiciones históricas, vinieron avaladas por el mencionado reconocimiento internacional atento y sorprendido por una programación que, en su génesis, acertaba también en la apuesta por artistas que aparentemente eran de menor notoriedad, pero lograban después un merecido reconocimiento, lo que convirtió al IVAM en una especie de cantera exportadora de talentos visionarios que deseaban otros museos, con Vicente Todolí (director artístico de 1989 a 1996) o Carlos Pérez (Comunicación y Didáctica y conservador, de 1989 a 2000) como claros ejemplos de ello, vista la evolución de sus trayectorias.

Detalle de algunos de los catálogos publicados por el IVAM en los anaqueles de la biblioteca. Fotografía: Merche Medina.

Cada una de estas aportaciones humanas y expositivas han ido sumando, quedando registradas una a una en los catálogos, estos espacios con soporte de papel que guardan la memoria y mantienen viva la relación del individuo con el arte y la institución que lo ofrece, y en este plano, es de justicia reconocer la labor desarrollada por Manel Granell, responsable del servicio de publicaciones desde los primeros momentos. Su actuación implica la selección de imágenes, diseño, tipo de papel, encuadernación, color, guardas, portada, tipografía y muchos elementos más que el curador editorial conoce y sabe cuándo y cómo proceder con ellos.

Detalle de una de las páginas del catálogo de Joan Brossa publicado por el IVAM. ‘Poesía visual’ (1988). Fotografía: Vicente Chambó.

Es, probablemente, el último gran testigo en activo desde la apertura de puertas del IVAM, y sin duda, una parte importante de su historia viva. En un repaso por la primera idea que conlleva la creación del museo, dice: “Salen los nombres de Carmen Alborch y Tomás Llorens, Andreu Alfaro, José Francisco Ivars, y Joan Cardells, aunque había más gente aportando ilusión e ideas” –indica Granell–. “Y como impulsor, apoyando en materia económica institucional, sale el nombre de Ciprià Ciscar, con mucho peso político como conseller de Cultura y clave para decidir sobre la financiación de la idea en aquellos tiempos”, añade Granell, que acompañado por Julia Ramón, subdirectora de actividades, confiesa que “Para saber lo que se hace, hay que conocer los inicios”

Y así procedemos a hacer un repaso. Granell ha visto pasar como directores –por orden cronológico– a Carmen Alborch, “una persona excepcional, que hizo un gran esfuerzo, supo hacer equipo y aportó una enorme dedicación y raudales de ilusión por la existencia del IVAM. Luego tuvo que abandonar tras ser nombrada ministra de Cultura, dejando como sucesor en su cargo a José Francisco Ivars, que conocía el engranaje interno, preparado y de inteligente sentido del humor. Entre el equipo del IVAM recuerdo a Vicente Todolí, que siendo todavía muy joven aportaba siempre sabiduría y ojo, mucho ojo para las cosas; con él se aprendía, siempre estaba al tanto de lo que ocurría a nivel internacional”, confiesa.

“Cuando llegó Juan Manuel Bonet hizo equipo y cuando se fue se llevó a Carlos Pérez al Reina Sofía (MNCARS), que era un hombre sabio y humilde al que no se valoró suficientemente, ambos de un nivel cultural extraordinario y conscientes del justo valor del libro y del documento impreso en soporte papel”.

Julia Ramón, subdirectora de actividades, y Manuel Granell, responsable del servicio de publicaciones del IVAM, durante un instante de la entrevista. Fotografía: Merche Medina.

De la etapa de Kosme de Barañano como director dice poco, entre otras cosas “porque a pesar de disponer del equipo al completo del servicio de publicaciones interno del IVAM, optó por contratar la realización de catálogos a externos. Él sabrá”, afirma.

Con humildad, Granell relata que en el inicio había que tomar decisiones, y así es como las publicaciones del IVAM se definieron con un perfil de volúmenes independientes, sin formar parte de una colección uniforme, cada artista y cada proyecto requieren del análisis de su singularidad. Debían ser ejemplares que ayudarían a poner en valor la obra de cada artista y de cada exposición, sin encorsetarse en un formato único. Todolí era también partidario de ese concepto.

“Nosotros somos traductores de una idea”, afirma. Y así, detrás de cada edición hay una historia, y en común muchos comentarios que reconfortan, relata Granell, como ejemplos: Valerio Adami, al que le encantó la propuesta de maqueta que se le presentó en el primer momento, así como a Joan Cardells, que, con fama de hombre difícil, dijo al ver la maqueta del catálogo de su exposición: “Me gusta, no tengo nada que decir”; o Juan Muñoz, con el que Granell compartió horas en su estudio de Roma, además de mesa y mantel para absorber su esencia y plasmarla en el volumen que acompañó su exposición. Nos sigue contando que cuando Joan Brossa vio la maqueta de su catálogo le dijo: “Usted ya es mayor, espero que no cambie”, y acto seguido le cogió la corbata a Juan Díaz, de la imprenta Pentagraff y, haciendo un gesto de reverencia, le besó la corbata. Y así, podría contar infinidad de anécdotas.

Detalle de una de las páginas del catálogo de Joan Brossa publicado por el IVAM. ‘Poesía visual’ (1988). Fotografía: Vicente Chambó.

Todo tiene su sentido en cada volumen, el tacto, el sonido y tipo del papel, los márgenes, la tipografía, el dibujo, la imagen de portada, algún troquelado o gofrado, el formato rectangular, apaisado o cuadrado y el tipo de encuadernación con el lomo entelado o de cartón. Cualquier elemento puede formar parte para la feliz conclusión de cada libro, eso sí, siempre teniendo como consignas conocer al artista, profundizar y ponerse al servicio del lenguaje creativo de cada sujeto a publicar, de cada proyecto a abordar.

Vicente Chambó y Manuel Granell observando detalles técnicos y estilísticos de algunos de los catálogos del museo. Fotografía: Merche Medina.

De la época de Consuelo Ciscar afirma que cualquier propuesta de catálogo que le presentaba le parecía bien, no ponía problemas.

Nada que ver con los ‘Cuadernos del IVAM’ de aquella época, que de los veinte que se editaron, diecinueve los realizó Unidad Editorial, empresa editora de El Mundo, que se embolsó 2,3 millones de euros. La contratación injustificada, los pagos dobles y su aprobación, pese a los informes desfavorables, fueron irregularidades que rodearon estas publicaciones, según la información que publicó eldiariocv.es en un artículo de Moisés Pérez.

“Afortunadamente, con José Miguel García Cortés se ha conseguido volver al camino”, comenta respecto al actual director. Granell recuerda que en los inicios todo se maquetaba y esbozaba a mano, destacando que el primer catálogo lo realizó con Paco Bascuñán. “Nos considerábamos traductores de una idea, cuando cuidas la edición de un ejemplar que custodia a las viejas vanguardias nunca debes intentar superar a esos genios, no destaca el diseño; el mejor trabajo en estos casos es el que nunca ha sido diseñado”, confiesa.

Al preguntarle por preferencias busca en los estantes de la Biblioteca y pone sobre la mesa varios ejemplos que despiertan deseo de posesión, en realidad su selección se basa en una especie de búsqueda de alhajas entre un tesoro de papel: ‘Infancia y arte moderno’ (1998-99); ‘Sueños’, de Grete Stern (2016); August Strinberg (1993); Alex Katz (1997); Alfaro (1991); ‘El Ultraísmo y las artes plásticas’ (1996); ‘Lajos Kassák y la vanguardia húngara’ (1999); Aladín Toys, ‘Los juguetes de Torres –García’ (1997); Anzo (2017); Ángel Mateo Charris (1999) ; Pierre Molinier (1999) o Alfred Kubin, ‘Sueños de un vidente’ (1998).

Páginas interiores del catálogo ‘Sueños’, de Grete Stern. Fotografía: Merche Medina.

Por una u otra cuestión, seduce cualquiera de los citados ejemplares, pero también muchos que asoman el lomo en los estantes de la biblioteca, entre los que cabe hacer mención especial: “A la manière del siglo XVIII” (2007), por lo que representa la profesionalidad con que se definió el catálogo de la exposición del peluquero Tono Sanmartin, a todas luces improcedente en un espacio como el IVAM, al que más que sumar un logro a su rico palmarés, se le metió en un lio (más grande, si cabe, que a los artistas que expusieron en la etapa Consuelo Ciscar), pero que en cualquier caso, -como se deduce de la actitud de Granell- debía de atender como a una más de las exposiciones y publicar el catálogo, por cierto, de espléndida vistosidad.

Ejemplar por ejemplar, podría decirse que alcanzan la difícil misión de dignificar al árbol del que proceden sus hojas, de cualidades varias y acertadas en el uso del papel, y del que llaman la atención las verjuras en vertical de uno de ellos, que comparte el denominador común de atraer al tacto. Pero la verdadera alegría visual la ofrece la consonancia de sus imágenes y la armonía progresiva que va ofreciendo el hecho de pasar páginas, la interpretación, composición y estructura neutra. Un deseo por saber más de estos detalles empuja a buscar datos sobre el gramaje del papel, las guardas, o la tipografía empleados en cada cual, no aparecen estos datos. No hay colofón que identifique estos detalles, se echa de menos.

Granell confiesa que le gustaría, antes de jubilarse (en el presente 2019), ver cumplido un último deseo: hacer un catálogo de los fondos de material impreso, carteles, libros de artista, fotografías y catálogos que, en gran medida, propusieron Carlos Pérez, José Vicente Monzó y Juan Manuel Bonet.

En cualquier caso, además de los dispuestos sobre la mesa de la biblioteca, cabría una mención especial para los seiscientos a setecientos catálogos publicados que asoman su lomo en las baldas de las estanterías, cada cual con algún relato que Manel Granell puede contar en primera persona; cada uno de ellos testigo parcial de una pequeña historia más que atesora el IVAM. Si Granell tiene ese deseo de catalogar los referidos fondos, no sería mala idea reunir en un volumen las anécdotas y procesos vividos con los protagonistas de cada uno de los ejemplares en los que ha trabajado. Se antoja una forma especial de cuadrar el círculo. Ahí queda la sugerencia.

Los volúmenes publicados hasta la fecha pueden encontrarse en un nuevo servicio online que el IVAM ha puesto en marcha en su treinta aniversario (Botiga IVAM).

Llegado el momento de recuerdos y agradecimientos, Granell destaca el buen hacer de su equipo en el Servicio de Publicaciones, formado por María Casanova, Vicky Menor y Lola Chiner; de imprentas como Bernetta, La Imprenta Comunicación Gráfica, Pentagraf, o Ripoll, y, en general, se refiere a la industria de artes gráficas valencianas que “han sabido resolver técnicamente los retos de cada publicación por complicados que estos hayan sido”.

“Mientras andaban, Guy Montag fue escrutando un rostro tras otro.
-No juzgue un libro por su sobrecubierta- dijo alguien.
Y todos rieron silenciosamente, mientras se movían rio abajo”
. [1]

Manuel Granell, responsable del servicio de publicaciones del IVAM, durante un instante de la entrevista. Fotografía: Merche Medina.

Vicente Chambó

[1](Bradbury, Ray. Farenheit 451. Esplugues de Llobregat, Paza y Janés 1967, 3ª edición 1986 pág, 173. Traducción Alfredo Crespo)