La mujer invisible. Pecados victorianos

Una diminuta silueta negra se desplaza diligente por la playa mientras el viento y el rugido enérgico de las olas ensordece sus oídos. Se presiente una tormenta interior aún por concluir. Si la insignificancia humana frente a la naturaleza fue una de las premisas románticas de William Turner, Nelly Ternan (Felicity Jones) podría revelarse como personaje de uno de sus cuadros, alma minúscula subyugada por la naturaleza de un pasado condicionado por la constrictiva moral victoriana y la soledad y el secretismo que se exige a la amante. La mujer invisible no presenta una hagiografía de Charles Dickens (Ralph Fiennes) –como desgraciadamente suele ser habitual cuando se tratan personalidades históricas−, sino el sufrimiento de la amada reducida a sombra y, en menor medida, de todos aquellos sometidos a unos convencionalismos sociales arbitrarios. Si bien Dickens es coprotagonista más que personaje principal, resulta inevitable su retrato a grandes pinceladas: la competencia con William Makepeace Thackeray, su profunda amistad con William Wilkie Collins, su interés por el hipnotismo, su filantropía y sus lecturas. Sobre estas últimas, cabría destacar la recitación de David Copperfield por parte de Fiennes, quien consigue un ritmo y sonoridad en su interpretación tan reseñable como la del resto de actores, que lejos de permanecer a la zaga, consiguen la intensidad dramática que la narración pretende. Una intensidad construida de modo creciente, que acompañada por la música lacerante de un violín y el romper violento de las olas, sugiere esa tormenta que ha de llegar y de la que se ansia su fin para alcanzar la calma.

Basada en la novela de Claire Tomalin sobre la relación de Ternan y Dickens, La mujer invisible supone la segunda película de Fiennes como director tras Coriolanus (2011), que avalado por la BBC y el British Film Institute obtiene una cinta de acentuada vocación pictórica. Los reencuadres sirviéndose de puertas, la composición simétrica de ciertos planos y la esmerada escenografía recrean con brillantez la atmósfera de las pinturas realizadas durante el periodo victoriano, tanto las obras de pequeño formato sobre interiores domésticos como aquellas representaciones de tradiciones británicas al aire libre: Many Happy Returns of the Day (1856) de William Powell Firth, pero especialmente The Derby Day (1856-8) podrían ser, entre otros muchos, dos modelos de inspiración.

«You men, you live your lives while it is we who have to wait», espeta Nelly Ternan a William Wilkie Collins (Tom Hollander) remarcando el yugo patriarcal existente pese a que Wollstonecraft hubiera escrito su vindicación unas décadas antes y que el jefe de estado fuese una mujer, la reina Victoria. Además de crítica a la nula visibilidad femenina durante todas las épocas, a la invisibilidad de la esposa y de la amante, el texto de Tomalin y la película de Fiennes  parten del gran secreto de Dickens para componer «a tale of woe, a tale of sorrow», un relato introspectivo sobre la lucha contra la propia conciencia y el hallazgo, como el de aquel personaje creado por Caspar David Friedrich, de la paz del ánimo junto a un mar ya sereno.

Un momento de "La mujer invisible" (Ralph Fiennes, 2013).

Un momento de «La mujer invisible» (Ralph Fiennes, 2013).

El gran hotel Budapest, entre dos Europas

El gran hotel Budapest, de Wes Anderson
Gran Premio del Jurado del Festival de Berlín 2014

La película “El gran hotel Budapest”, además de la hermosa historia de amistad y amor que se narra, es un homenaje a un acto esencial y diferenciador de la especie humana: el hecho de contar y de escuchar historias como experiencia trascendental del ser humano. Esta es la esencia de la película de Anderson, basada en un cuento de Stefan Zweig, cuya obra de ficción o biográfica, de este autor, es ante todo una reflexión sobre la importancia de ese acto, de contar y de escuchar historias, como vehículo para comprender la esencia del sujeto.

La historia de ‘El gran hotel Budapest’, reciente Premio del Jurado en el Festival de Berlín, empieza como todas las historias: con una interrogación existencial provocada por cierta sorpresa que viene a quebrar el orden de la anodina realidad cotidiana. En la película de Anderson todo se inicia cuando un joven escritor, interpretado por Jude Law, huésped del decrépito Hotel Budapest, se queda fascinado por la presencia de otro huésped: ¿Quién es ese hombre mayor, de mirada melancólica, sentado en el hall?, pregunta al botones.

Fotograma de 'El gran hotel Budapest', de Wes Anderson.

Fotograma de ‘El gran hotel Budapest’, de Wes Anderson.

Ese hombre (Mr. Moustafa / Murray Abraham) es el actual dueño del hotel, cuya historia dará a conocer el pasado tanto del propio hotel como del singular director que lo precedió. Será la figura de éste, Gustave (Ralph Fiennes), el centro de una narración que desvelará cierto acto heroico fundador del relato moderno. Esto es, el relato de valores tales como la racionalidad y el impulso artístico, base de la civilización europea, que tendrá su correlato siniestro en forma de totalitarismo.

Gustave representa la figura del hombre que, en medio de la barbarie, logrará con sus actos preservar la vida del emigrante Moustafa, botones del hotel, posibilitando que éste continúe su digna labor al frente del Gran Hotel Budapest junto a su esposa Agatha (Saoirse Ronan). He ahí la importancia del relato, en tanto espacio de transmisión de experiencias que merecen la pena ser vividas.

Fotograma de 'El gran hotel Budapest', de Wes Anderson.

Fotograma de ‘El gran hotel Budapest’, de Wes Anderson.

Contada en tono de comedia esperpéntica, muy del gusto de Anderson, tal y como ya demostrara en ‘El viaje a Darjeeling’, ‘El gran hotel Budapest’ sigue las peripecias de Gustave y su botones Moustafa, en medio de la guerra europea, para reflejar lo que cuesta mantener la dignidad humana cuando se desata la pasión bélica. Gracias al coraje, tan ingenuo como genuino, de Gustave, el emigrante Moustafa logrará salvar la vida.

Y como corresponde a la cadena de tareas que envuelve al relato, Moustafa corresponderá a tamaña actitud heroica de su jefe, continuando su labor al frente del Hotel Budapest, por el que dará la fortuna heredada con el fin de mantener en pie un hotel amenazado por la voracidad destructora del comunismo radical. La amistad, una vez más, privilegiando el recuerdo del amigo muerto y de la mujer amada, por encima de consideraciones crematísticas hoy tan en boga. La Europa ilustrada, entonces, como ahora, amenazada por intereses espurios: del totalitarismo bélico al económico. Siempre nos quedarán los relatos como antídoto frente a la devastación.

Fotograma de 'El gran hotel Budapest', de Wes Anderson.

Fotograma de ‘El gran hotel Budapest’, de Wes Anderson.

Begoña Siles

EL GRAN HOTEL BUDAPEST

Los cuentos de Anderson

El viajero que visita determinados enclaves de Centroeuropa o se dirige hacia el este, con frecuencia considera ese paisaje como escenario de un cuento. Las calles empedradas, las cúpulas bulbosas o la arquitectura Art Nouveau confieren cierta magia a esta clase de lugares. Wes Anderson no resulta ajeno a esa idea: recurrir a la ciudad sajona de Görlitz como localización principal en su última película, incentiva el halo de relato infantil que circunda esta historia de aventuras extremadamente vitalista y dinámica. No en vano, el narrador es un escritor que, a modo de cuentacuentos, refiere la etapa más gloriosa del prestigioso Gran Hotel Budapest de la República de Zubrowka, un ficticio país en la zona alpina. Con el espíritu del escritor austriaco Stefan Zweig sobrevolando la película, el argumento se centra en las tribulaciones del refinado Gustave (Ralph Fiennes), conserje del hotel, y Zero (Tony Revolori), su botones de confianza. Cuando la rica anciana Madame D. (Tilda Swinton) fallece, el conserje resulta el heredero de una importante pintura familiar que desata unas trágicas consecuencias en el contexto del advenimiento nazi.

Poseedora de una excelente dirección artística −las obras de los austriacos Schiele y Klimt son sólo una parte del detallismo extremo y obsesivo en interiores y exteriores−, El Gran Hotel Budapest demuestra, una vez más, la poderosa inventiva de Anderson, creador de una divertida coreografía de luces, colores, música, encuadres y diferentes formatos fílmicos. Los constantes cambios espaciotemporales, la velocidad de las acciones y diálogos, el enjambre de personajes y el abuso cromático dirigido hacia el barroquismo rosa –destaca la escena de la invasión nazi− acrecientan el artificio mucho más allá de lo visto en Los Tenenbaums, una familia de genios (The Royal Tenenbaums, 2001) y en Moonrise Kingdom (2012). La teatralidad de la postrera obra de Anderson resulta, precisamente, su mayor virtud: la variación lumínica en un mismo plano o la utilización de maquetas son ejemplos que confieren a la película un aire de irrealidad y fantasía que, de nuevo, persisten en el concepto de cuento. Pese al carácter risueño de toda la película, el Gran Budapest, con sus suntuosos pasillos, sus posteriores baños en ruina y sus huéspedes distinguidos pero ya extintos, alberga un romanticismo melancólico que recuerda, en algunos momentos y salvando las distancias, la obra capital de Thomas Mann, a la par que despierta en el espectador el deseo del viaje en el pretérito Orient Express y el descanso en aquel hotel decimonónico de Estambul a la espera del encuentro casual con algún hospedado insigne henchido de recuerdos.

Tere Cabello

Budapest1. Una de tantas maquetas para El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)

Budapest1. Una de tantas maquetas para El Gran Hotel Budapest (Wes Anderson, 2014)