Doña Letizia y las damas del pop (Art)

Otra historia, de Javier Granados
Galería Alba Cabrera
C / Félix Pizcueta, 20. Valencia
Hasta finales de mayo

La historia de su reconocimiento pasa por ciertos trabajos en plastilina. Como el que realizó para Don Felipe y Doña Letizia como regalo de boda, a petición de Ana Togores, madrastra de la entonces princesa y ahora reina. O como el que le hizo al peluquero suizo que peinaba a la diva del rock Tina Turner. O a Alejandro Sanz. Por ello, a Javier Granados se le conoció al principio como el chico de la plastilina. Cuando lo recuerda, no puede dejar de esbozar una sonrisa de complicidad que le lleva a mostrar algunos de aquellos trabajos, ahora agazapados entre la producción con la que se presenta en Valencia.

Chupa Chupo, en alusión a Mariana de Neoburgo, de Javier Granados, en 'Otra historia'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Chupa Chupo, en alusión a Mariana de Neoburgo, de Javier Granados, en ‘Otra historia’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Toda esa historia inicial ha dejado paso a esta ‘Otra historia’ que muestra en la galería Alba Cabrera. Una historia del arte que Granados interpreta a su manera, retomando obras de Hopper, Vermeer, Schiele, Munch o Velázquez para darles una vuelta en tono irónico, sarcástico, mordaz. Una vuelta protagonizada por mujeres, todas ellas ocupando la posición que en muchos de los cuadros comparados era exclusividad del hombre. Como, por ejemplo, en el retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares, sustituido en la versión de Granados por una mujer rodillo en mano.

'Correos pero rápido', de Javier Granados, aludiendo a 'Desnudo femenino reclinado' de Ego Schiele, en la exposición 'Otra historia'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

‘Correos pero rápido’, de Javier Granados, aludiendo a ‘Desnudo femenino reclinado’ de Ego Schiele, en la exposición ‘Otra historia’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

-¿Por qué?

- Porque me interesaba devolverle a la mujer el protagonismo que le han robado.

Y Javier Granados llena la galería Alba Cabrera de cuadros y esculturas con desbordante colorido y no menos desbordantes mujeres. Algunas, de alta alcurnia; la mayoría, mujeres de andar por casa. Todas mostrando ese “poder en la sombra” que Granados les otorga utilizando una iconografía pop y cierto lenguaje publicitario pasados por la batidora del humor manchego. “Me gusta Almodóvar”, reconoce.

'Maria Antonieta revolucionada', de Javier Granados, aludiendo a la María Antonieta de Vigee Lebrun. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

‘Maria Antonieta revolucionada’, de Javier Granados, aludiendo a la María Antonieta de Vigee Lebrun. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Y al igual que le sucede al cineasta, también Granados transforma la angustia existencial de todas esas mujeres al borde de un ataque de nervios, en damas del pop (art) llevando la voz cantante. De manera que ‘El grito’ de Edvard Munch pierde su carácter siniestro para convertirse en un ‘No me grites’. Al igual que el ‘Desnudo femenino reclinado’ de Egon Schiele deja de parecer un cuerpo obsceno, para clamar como figura de sello ‘Correos pero rápido’.

'No me grites', de Javier Granados, en referencia a 'El grito' de Edvard Munch, en la exposición 'Otra historia'. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

‘No me grites’, de Javier Granados, en referencia a ‘El grito’ de Edvard Munch, en la exposición ‘Otra historia’. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

La crudeza y claroscuros de las obras originales dejan paso en la comparativa de Granados a la luminosidad y el aire jocoso. “Me gustan los juegos de palabras y el humor negro con el fin de desmitificar la historia del arte”. Y lo hace bajo una apariencia frívola que el artista achaca a la “factura pop, que es muy visual”. Apariencia que a su juicio esconde “segundas lecturas, guiños irónicos y cierta crítica”. De ahí esa ‘Otra historia’ que da título al conjunto expositivo.

'Un timbrazo a tu corazón', de Javier Granados, en alusión al Retrato de Gabrielle d'Estrées y su hermana la duquesa de Villars, de Pomarède. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

‘Un timbrazo a tu corazón’, de Javier Granados, en alusión al Retrato de Gabrielle d’Estrées y su hermana la duquesa de Villars, de Pomarède. Imagen cortesía de Alba Cabrera.

Frente a la Historia del Arte con letras grandes, Granados ofrece esa otra historia del arte con minúsculas, paradójicamente poblada de mujeres mayúsculas. Mujeres redondas, afables, cachazudas, transmutando el universo hondo del referente artístico en otro más chispeante, más de superficie, aliado con la publicidad. “Para mí es una catarsis en positivo”. Ninguna bajada a los infiernos creativos. “Hago cuadros que me gustan y eso me ayuda”. Le ayuda a Javier Granados a interpretar el arte como lo protagonizan sus mujeres: de forma descarada y lúdico festiva.

'Condesa de mis olivares', de Javier Granados, en referencia al Conde Duque de Olivares de Diego Velázquez. Cortesía de Alba Cabrera.

‘Condesa de mis olivares’, de Javier Granados, en referencia al Retrato ecuestre del Conde Duque de Olivares de Diego Velázquez. Cortesía de Alba Cabrera.

'Ya es primavera', de Javier Granados, en referencia a Edward Hopper. Imagen cortesía de la galería Alba Cabrera.

‘Ya es primavera’, de Javier Granados, en referencia a Morning Sun de Edward Hopper. Imagen cortesía de la galería Alba Cabrera.

 

Salva Torres

Ernesto Casero y sus taxonomías

Taxonomías, de Ernesto Casero
Gris. Magatzem d’Art
Literato Azorín, 14. Valencia

La naturaleza imita al arte, escribió Óscar Wilde, en uno de sus habituales tours de force. Y, en efecto, a veces da la sensación que la naturaleza es resultado de un proceso creativo, y que tanta belleza y biodiversidad tan sólo pueden tener una explicación artística. El mundo se divierte pergueñando formas, combinando colores, integrando coreografías, combinándolo todo con composiciones musicales y dotando de nexos inverosímiles a los seres vivos.

Obra de Ernesto Casero. 'Taxonomías', en Gris Magatzem d'Art.

Obra de Ernesto Casero. ‘Taxonomías’, en Gris Magatzem d’Art.

Ernesto Casero juega con estos estímulos y desarrolla su amplio y sorprendente catálogo de formas biológicas. Tras ellas hay un dibujo excepcional, una mirada sabia de fisiólogo y de artista. Aquellos seres que Casero dibuja no sólo han de resultar admirables, sino funcionalmente posibles, o al menos que así lo parezcan. Sus láminas nos remiten al universo de la Historia Natural, a los fantásticos dibujos de los libros de Haeckel, o incluso a los catálogos especializados de malacólogos y entomólogos.

Obra de Ernesto Casero. 'Taxonomías', en Gris Magatzem d'Art.

Obra de Ernesto Casero. ‘Taxonomías’, en Gris Magatzem d’Art.

Sus modelaciones de plastilina son un paso más: aquella vitrina museística de corales, equinodermos, poríferos, radiolarios, poliquetos, diatomeas, pólipos,…tiene un encanto especial. Hace unos años se descubrió en Canadá un yacimiento de fósiles del BurgessShale, de mediados del Cámbrico, que permitió el hallazgo de todo un universo de seres absolutamente extravagantes, entre ellos una especie que los biólogos llamaron Hallucigenia, por su prodigiosa anatomía. Viendo la obra de Casero he recordado aquel yacimiento, de formas biológicas tan bellas e inauditas. La naturaleza imita al arte, sin duda, y en Ernesto Casero tiene un buen maestro.

Obra de Ernesto Casero. 'Taxonomías', en Gris Magatzem d'Art.

Obra de Ernesto Casero. ‘Taxonomías’, en Gris Magatzem d’Art.

Martí Domínguez

Ferran Adrià and the art of food

El Bulli: Ferran Adrià and the art of food
Somerset House
Strand London WC2R, 1 LA, Reino Unido
Hasta el 29 de septiembre

Hace casi un mes, concretamente el 5 de Julio, se inauguró en el Somerset House de Londres la exposición ”El Bulli: Ferran Adrià and the art of food” que formará parte de las propuestas de esta institución hasta el 29 de septiembre de este año, siguiendo la estela y ampliando la muestra que se llevó a cabo en el Palau Robert de Barcelona a finales del año pasado. Parece una intentona de retrospectiva emocional y pastelera, valiéndome del contexto que se trata, del restaurante El Bulli convertida en un exagerado ensalzamiento de la figura de Ferran Adriá y de su inminente proyecto, ávidos de soporte institucional y económico, más que apariencia moral y que a modo de gira promocional, después de Londres recorrerá otras ciudades del planeta.

El comisario Sebastià Serrano nos propone un recorrido lleno de imágenes, excéntricos recuerdos y anécdotas, en las que se ve el desarrollo de este pequeño local que en su día se convirtió en el mejor restaurante del mundo y que tiene ante sí un reto impresionante.

Entrada a la exposición. Fotografía: Anna Gottardo

Entrada a la exposición. Fotografía: Anna Gottardo

Desde un punto de vista que gira en torno a una casa-museo o un museo de ciencias naturales, en las dos plantas que componen la muestra se presenta la idea central: la cocina como laboratorio de sensaciones y el comer como verdadera experiencia de los sentidos. Es esto, precisamente, lo que acerca el paladar al arte y da sentido al trabajo entre fogones de estos maestros gastronómicos. En las propuestas que ofrece este venerado cocinero catalán, más allá de la deconstrucción de la comida, de los utensilios que inventa, del cuidado enfermizo en la presentación de los alimentos y su elaboración, se intenta descontextualizar, provocar y, sobre todo, aportar conceptos a través de una recerca técnico conceptual que ayuda a crear, crear, crear…

A nivel funcional, la exposición empieza con un flash back en el que se proyecta un vídeo que representa, como en un último vals, el último postre y los últimos aplausos del famoso restaurante y finaliza en una sala con la impresionante maqueta de lo que será la fundación que están proyectando desde que el local cerró sus puertas hace dos años.

Entre estos dos momentos se sigue una línea temporal que recorre todo el discurso expositivo. Fotografías-recuerdo y cronología de hechos, archivos, documentos cuentan, como repasando el antiguo álbum de la abuela, todos los pasos que se fueron dando desde la compra del terreno, hasta convertirse en el lugar donde mejor se comía del mundo. Subiendo las escaleras se deja atrás la parte emocional y se hace partícipe al visitante del frenesí de tres horas en la cocina de El Bulli en cinco minutos presentado en tres pantallas simultáneas, que dan paso a la parte más científica, práctica y de impacto visual de la muestra. Hay puntos que suscitan la curiosidad como la mesa virtual de comensales donde los visitantes se sienten protagonistas del menú propuesto por la voz real de uno de los camareros que explica minuciosamente cada uno de los platos servidos. En otros momentos el comisario juega con el paralelismo entre el arte culinario y el mundo artístico convencional; en una  entrevista, el artista Richard Hamilton define a Ferran Adrià como inventor y lo compara con figuras como Duchamp o Shakespeare al ser todos intérpretes de un lenguaje nuevo, mientras la melodía de Bruno Mantovani “El libro de las ilusiones”, compuesta para Ferran Adrià por el músico francés, traduce en sonido las emociones del menú degustación de 35 platos.

Entre estas curiosidades encontramos extraños utensilios, platos, cubiertos, comidas de plastilina y fotografías de platos que nos envuelven en la idiosincrasia de un concepto de comida diferente, inusual para la vista. Es lo que pretende El Bulli en su menú, engañar a los sentidos para mantenerlos alerta, como sucede con el arte contemporáneo; el espectador se tiene que despojar de todas sus preconcepciones y prejuicios y recibir desnudo de conceptos el mensaje, en este caso el alimento.

Modelado para los platos. Fotografía: Anna Gottardo

Modelado para los platos. Fotografía: Anna Gottardo

A partir de ahí fechas, datos, fotografías, menús, uniformes, recuerdos tienden a desviar la atención del sujeto expositivo, y pueden resultar más curiosidades y relleno que información complementaria al mensaje que se pretende sugerir: el punto de inflexión y paso adelante para adaptar un elemento tan característico como la cocina a las nuevas tecnologías, de las que se sirve para encontrar caminos diferentes y vislumbrar unas nuevas expresiones, no siempre aceptadas por los defensores de la gastronomía tradicional, que ven la innovación excesiva como un desarraigo y a los que deberá todavía conquistar.

 

Ferran Adrià y Bart Simpson. Fotografía: Miguel Mallol

Ferran Adrià y Bart Simpson. Fotografía: Miguel Mallol

Miguel Mallol

 

 

Stop Motion: el MuVIM se anima

Stop Motion, Don’t Stop. Pablo Llorens, Sam, Javier Tostado

Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM)

C / Quevedo, 10 – Guillem de Castro, 8. Valencia

Hasta el 26 de mayo

No sabemos lo que tenemos. ¿O no sabíamos? El Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM) ha querido salir al paso de la pregunta con un homenaje a tres de los grandes creadores de la animación valenciana: Pablo Llorens, Sam Ortí y Javier Tostado. A ellos y a sus productoras: Conflictivos Productions, Potens Plastianimation y Clay Animation. Y lo hace llenando el museo con cerca de un millar de las figuras de plastilina que han convertido sus películas de animación en ilustres obras, algunas de ellas premiadas con Goyas, nominaciones al Oscar o siendo producciones de referencia en Estados Unidos.

Pablo Llorens, Sam y Javier Tostado difunden el nombre de Valencia por el mundo a lomos de su creatividad. Y, como suele suceder en estos casos, su creatividad es mucho mejor pagada fuera que en casa. Bien está el homenaje. Ahora sólo falta que alguien se anime, por seguir el hilo conductor de la muestra, a dos cosas: una la dejó caer el propio Llorens (“es necesario que haya un museo permanente, porque estas cosas ocupan mucho sitio en casa”), y la otra se deriva de su talento, merecedor de una industria nacional a la altura de las circunstancias.

Stop motion. Imagen cortesía del MuVIM

El MuVIM ya se ha animado poniendo la primera piedra: Stop Motion, Don’t Stop, la primera exposición que se realiza en España con un volumen tan amplio de figuras de plastilina, escenas y decorados de las grandes películas de animación realizadas por Llorens, Sam y Tostado. Como recordaron ellos mismos, tan profusa como detallada creatividad sigue en cierto modo el rastro de los grandes artesanos mediterráneos. Y, dentro del mundo del cine, siguiendo la huella dejada por Viaje a la luna (1902) de Georges Méliès, el King-Kong (1933) animado por Willis O’Brien y por el que fuera su alumno Ray Harrihausen, con Jasón y los Argonautas (1963).

Y volvemos al principio. ¿Y qué hay de la huella dejada por Segundo de Chomón? El aragonés estuvo, en cuestión de animación, a la altura de Méliès y del humorista gráfico norteamericano James Stuart Blackton, realizador de La casa encantada (1907). El Eclipse de sol (1905) de Chomón, anterior a su famoso El hotel eléctrico (1908), figura entre las películas pioneras del género. Y, sin embargo, no ha sido hasta tiempos recientes que su nombre ha ido ganando enteros.

Stop Motion, Don't Stop. Imagen cortesía del MuVIM.

Stop Motion, Don’t Stop. Imagen cortesía del MuVIM.

Stop Motion, Don´t Stop, comisariada por MacDiego, recoge lo mejor de ese espíritu abnegado, detallista, concienzudo, paciente y enormemente imaginativo, ahora en manos de esta hornada de creadores valencianos que ya han triunfado con producciones como Caracol, col, col y El enigma del chico croqueta (Llorens), The Werepig y Vicenta (Sam) o la serie Clay Kids (Tostado). El MuVIM se llena hasta el 26 de mayo con figuras y grandes decorados, pero también con objetos de tamaño minúsculo, para que nos hagamos una idea de lo que cuesta hacer una película de animación. MacDiego lo subrayó: “Cinco segundos de película suponen toda una jornada de trabajo”. Trabajo que puede seguirse mediante el set de rodaje instalado por la productora Clay Animation. Los visitantes pueden ver en directo cómo se anima, fotograma a fotograma, una película con figuras de plastilina. Animación que recorre el MuVIM, como un oasis en tiempos de desánimo por la crisis. A ver si aprendemos.

Salva Torres