Inma Femenía: sensorial y cognitiva

Inma Femenía: Graded Metal
Área 72
C / Barón de Cárcer, 37. Valencia
Inauguración: viernes 15 de mayo, a las 20.00h
Hasta el 30 de julio, 2015

La coyuntura actual se encuentra marcada, por un lado, por el revisionismo del capitalismo tardío y del impacto de sus poderes en la esfera de lo social; y por otro, por la reconfiguración de los imaginarios y las estructuras de relaciones que instauran la noción de realidad en la llamada sociedad de la información.  Podría decirse que habitamos un intersticio histórico, mecánico, cognitivo, e incluso cosmogónico, en el constructo general de la civilización, plausible también en los lineamientos que determinan el carácter del individuo contemporáneo.

La artista Inma Femenía pertenece a la primera generación de la escisión electrónica, marcada por la fractura con las generaciones anteriores, que no crecieron con la presencia cotidiana de los entornos digitales. Esta ruptura es el punto de partida desde el cual Femenía aborda su práctica, vinculando las instancias analógicas y las digitales, las materiales y las intangibles, en un juego de territorialidad superpuesta donde los tiempos históricos del arte y la sociedad establecen un diálogo a partir de sus síntomas visibles.

Obra de Inma Femenía. Graded Metal. Área 72.

Obra de Inma Femenía. Graded Metal. Área 72.

Centrándose en la luz como leitmotiv, genera transferencias entre las lógicas formales de la percepción, incidiendo en el fenómeno óptico como suceso y como sujeto capaz de devenir objeto. Intentando superar las limitaciones de las leyes físicas que rigen el hecho lumínico, buscando la materialización, la tangibilidad, del instante de luz, en su obra materia, luz, tiempo, espacio y movimiento aparecen encriptados; un ilusionismo más relacionado con cierta crónica del espíritu del tiempo que con la estricta voluntad compositiva de las formas físicas.

Suplantar, restituir, decodificar, resignificar… En sus protocolos de materialización del espectro lumínico Femenía aborda por igual lo sensorial y lo cognitivo, remarcando además las analogías entre los distintos materiales y sus cargas simbólicas. Un espacio de relación crítica, reflexiva, entre los estados mentales y los sustratos físicos del destello incandescente. Una gestión consciente, pero también intuitiva, de la traducción de lenguajes –informáticos, físicos, visuales- que intervienen en la presencia de la luz como territorio de sentido, más allá del estadio perceptivo, en la actualidad.

Procurando desplazamientos constantes que rindan cuenta del condicionamiento y la contaminación que supone el estadio virtual en la esfera de lo real, ha abordado fenómenos como la transparencia, la aleatoriedad, el errorismo, el simulacro, la huella o el reflejo. Una investigación continua que rastrea, a través de la especulación estética, las transferencias dialécticas entre representación y sustantividad que se instauran con la disolución de fronteras entre el espacio físico y el virtual.

Obra de Inma Femenía en la exposición 'Graded Metal'. Cortesía de Área 72.

Obra de Inma Femenía en la exposición ‘Graded Metal’. Cortesía de Área 72.

Tras un recorrido que conjuga imagen fija y en movimiento, materiales rígidos, flexibles, opacos y translúcidos, soportes y fuentes electrónicos y mecánicos, Femenía ha abordado en los últimos meses las posibilidades de la superficie metálica, refractante, como receptáculo físico de sus señalamientos. De allí surge Graded Metal, en la que áreas específicas de la gama de colores degradados de softwares para tratamiento de imágenes son impresas digitalmente sobre láminas de metal que luego son moldeadas de forma artesanal (mejor de “forma manual”). El resultado es una serie de instantáneas cromáticas del cuerpo exterior, más bien la piel, del macroorganismo sistémico de la red (evitaría ésta referencia a la red), donde la combinación binaria de datos funciona como ente consitutivo, homologable a la unidad celular de la materia biológica.

Procurando transferencias entre la abstracción compositiva y las convenciones técnicas de la producción del color –entendida como despliegue cromático del haz luminoso-, en Graded Metal la autora combina con preciosismo el gesto sinuoso y la rigidez estructural. En un juego de pulsión entre la autonomía del material y el control de su conducta, perfila y depura correspondencias entre múltiple y único, fluido y estático, plano y volumétrico. Una estrategia que le permite recuperar también, cual desdoblamiento, espejismo o transmutación, la mineralidad inherente a los dispositivos de gestión de la información en la sociedad de redes.

El resultado es una secuencia de cuadros-escultura-objeto y una intervención específica en el espacio que funcionan como naturalezas muertas de la mise en scène contemporánea. Paisajismos escultóricos a partir de los paisajes virtuales que infundan el imaginario post-Internet que apuestan por trascender, a través de la noción de masa, la cosmética electrográfica.

Un delicado equilibrio que es también un balance semiótico y formal. Hablamos de la suspensión serena, condensada, en medio de la velocidad y lo efímero del dato, de la violencia implícita en las transformaciones sociales provocadas por el carácter expansivo, casi esteroide, de la dualidad analógico-digital; aquella cuya progresiva imbricación en el imaginario instaura los cimientos de un renovado régimen de lo real, en un incipiente e impredecible s. XXI.

Obras de Inma Femenía en 'Graded Metal'. Área 72.

Obras de Inma Femenía. ‘Graded Metal’. Área 72.

Alex Bahim

GammaCity de María Moldes, en Parking Gallery

GammaCity
Exposición de María Moldes
Parking Gallery, Alicante
Inauguración 14 de marzo a las 20 h.

GammaCity es una serie fotográfica en la que la autora trabaja de manera ininterrumpida dentro de una realidad concreta: la ciudad en la que vive. Sobre ella construye una urbe imaginaria, obviando todas las imágenes que reflejen juventud, modernidad u optimismo centrándose principalmente en la población envejecida, remarcando el aislamiento de los individuos en la sociedad contemporánea, los automatismos a los que les lleva la monotonía de su cotidianidad, el ensimismamiento y el consumismo. Los dibuja en una vida carente de emociones deambulando por la ciudad cual autómatas teledirigidos por su rutina.

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En ocasiones la artista rastrea, busca y persigue a sus protagonistas, en otras elige el encuadre y allí es capaz de esperar horas, de volver día tras día hasta que por delante de su escenario pase el actor perfecto para cada instantánea. Para ello ha elegido el teléfono móvil como herramienta fotográfica, buscando explorar nuevos encuadres y puntos de vista, reforzando el carácter surrealista y opresivo que persigue centrando así la acción en un tiempo concreto, en apenas un segundo.

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GammaCity podría ser cualquier ciudad, ciudad y habitantes con los qué podríamos convivir y cruzarnos a diario pero a través de las imágenes de María Moldes, de su óptica, de su sensibilidad todo se vuelve único descubriendo la belleza de lo cotidiano y asumiendo que la vejez es el futuro que a todos nos está esperando a la vuelta de cualquier esquina.

GammaCity de María Moldes, en Parking Gallery.

Oliver Johnson, gota a gota en Área 72

Oliver Johnson
Frequency & Pitch. The Dripping Tap
Área 72
C / Barón de Cárcer, 9. Valencia

Diez años después de su última individual en Valencia y de la mano del nuevo proyecto de la renovación de Galería Punto (Área72), Oliver Johnson vuelve a exponer en la ciudad para mostrar al público sus obras más recientes. Bajo el título ‘Frequency & Pitch. The Dripping Tap’, la exposición reúne los últimos cuadros del pintor inglés afincado en Valencia desde 1995.

Vinculada a la extensión de la pintura de campos de color, al postminimalismo y a la perversión misma de la idea de monocromo, la obra de Oliver Johnson mantiene el pulso de su evolución con la fuerza y la calidad de la mejor pintura contemporánea.

Hace unos meses, Jorge Wagensberg publicaba el siguiente aforismo en El País: «Una ballena de 200 toneladas vive más de ochenta años y una musaraña de 2 gramos apenas dos, pero si no medimos sus vidas en años, ni en días, sino en número de latidos del corazón, igual resulta que viven lo mismo.» Y desde que lo leí, no puedo separar esta comparación de mi opinión y gusto sobre los cuadros de Oliver Johnson (Londres, 1972), que siempre me han parecido ballenas —por su tamaño, por su belleza, por su textura— mientras los contemplo absorto como una musaraña.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Por otro lado, el abismo que supone el recuento de latidos, esa imagen, nos aboca a algo casi imposible pero factible en la mente. Como cuando en la noche insomne ajustamos el ritmo de nuestros latidos y por lo tanto el tiempo, la vida, al gotear perdido de un grifo, allí al fondo, quizás desde la cocina nueva.

Estas son las ideas que situaríamos como notas al margen del trabajo de pintura y que nos permiten explicar si acaso algo de los últimos cuadros de Oliver Johnson. Como una parte de la ciencia contemporánea, se trata de interpretar y no de explicar el fenómeno. Se trata, en su caso, de orquestar una serie de cuadros poniendo en escena ideas y conceptos en los que participan la física de la luz y el color y donde la implicación del espectador delante de las obras es siempre fundamental, su participación activa.

Además, de fondo, se trata en definitiva de una experiencia del fenómeno convertida en pintura, de un juego de tiempos y gotas, de latidos y gotas que nos plantean, sobre la superficie del cuadro, secuencias de equilibrio en una estructura compleja de belleza caótica (Mitchell J. Feigembaum), la del aparente y completo desorden de las partículas de pintura.

Digamos que podemos intuir cómo actuará la pintura en un momento dado pero luego su comportamiento —incluso desde el principio del proceso, al pintar— se nos aparece azaroso, quizás errático o irregular, difícil de conducir por la potencialidad de los efectos ópticos, las variaciones lumínicas según la posición detrás de una armonía general, la indeterminación en los bordes, la casualidad en las transiciones y, así, todo marcado por el principio de incertidumbre.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Pero, como comprobó John von Neumann al estudiar la complejidad del caos en el goteo perdido de un grifo, incluso en el desorden caótico de lo que aparentemente sigue un patrón matemático o pretendidamente circular, existen turbulencias y secuencias de equilibrio. Dicho de otro modo y en relación a estos cuadros de Oliver Johnson, es algo que podríamos formular, como en un juego de palabras de concentración, de esta forma: las variables inciertas de la luz sobre cierto orden compositivo de color y el desorden siempre de las partículas elementales de la pintura, depositada gota a gota.

El título que agrupa esta docena de obras, ‘Frequency & Pitch. The Dripping Tap’, ha sido elegido por la sonoridad de unas palabras (algo así como frecuencia y tono, el grifo goteando) que evidencian una extensión musical en referencia a las composiciones de color en las que viene trabajando Oliver Johnson. De hecho, ‘Colour Composition’ ha sido la forma con la que ha titulado buena parte de su obra hasta hace relativamente poco, cuando comienzan a aparecer palabras o frases seleccionadas por su sonoridad fonética y con alguna vinculación (o no) con lo que se ha pintado. Por otro lado, el título encierra ese vínculo con el pensamiento científico fascinado por la interpretación de determinados fenómenos complejos y, especialmente aquí, con la teoría del caos con la que se intenta explicar el mundo desde hace medio siglo.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obras de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

En esta nueva etapa en la obra de Oliver Johnson destaca su madurez de estilo y una mayor concentración en los efectos ópticos y cromáticos a través de cuadros realizados sobre soportes de aluminio con pinturas industriales destinadas a colorear las carrocerías de los automóviles y aplicadas siguiendo los mismos procedimientos técnicos. De ahí que el resultado sea realmente impactante, por sus mezclas, contrastes y degradados metalizados, tanto en la mirada del espectador mientras se desplaza delante de la pintura como sobre la perfecta superficie pulida de las obras que actúan como espejos.

Así funcionan sus degradados sutiles, tanto en formatos rectangulares a modo casi de monocromos paisajísticos como los circulares, quizás recordando al iris de un ojo, en los que es casi imposible calibrar las transiciones y tomar su medida. También las composiciones a partir de barridos verticales donde las características de la pintura se descubren más camaleónicas todavía, absolutamente cambiantes y mágicas al ojo del espectador. Y en la serie de cuadros en los que recupera el empleo de la trama y la cuadrícula, en este caso como veladuras, para dibujar unas composiciones de puntos —de nuevo la retícula y la ameba de Alfred H. Barr— que podrían recordar las imágenes ampliadas de las secuencias del genoma.

Esta es la manera de proceder de un pintor magnífico que se plantea trabajar en el taller a partir (o a través) de una teoría, de un argumento que, aunque pudiera parecer alejado de la pintura, supone el mejor ejercicio mental desde el cual abordar el proceso de trabajo de estas superficies pulidas y metalizadas que a su manera toman la naturaleza como modelo y, de la naturaleza, su manera de responder tantas veces arbitraria o caótica, con su propio orden interno. Por ejemplo, si acertamos a pensar en esos horizontes imposibles, siempre en transición, o en los juegos de reflejo y virado de los colores, siempre una variable importante en la pintura de Oliver Johnson.

Obra de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Obra de Oliver Johnson. Imagen cortesía de Área 72.

Ricardo Forriols