Gran Carlos Pérez

Carlos Pérez falleció anoche.

Me duele que el tiempo no le haya permitido compartir con nosotros ese día cercano, en el que un ciclón humano desaloje de los órganos de poder a la inmundicia que hace ya tiempo se instaló en ellos.

Carlos Pérez (Valencia, 1947-2013) fue un erudito, uno de esos escasos ejemplares que pasó inadvertido para la mayoría. Conservador en el IVAM en los tiempos en los que ese centro fue digno de mención y en el Museo Reina Sofía. En su última etapa, como responsable del programa expositivo del Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM) logró poner en órbita un museo que hasta entonces carecía de rumbo y que, tras su marcha por jubilación, ha retornado a un estado que transita entre la intrascendencia y el sonrojo.

Recibió numerosas distinciones, entre ellas la de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, en 2012. Pero por encima de todos sus méritos profesionales y su riqueza cultural, ha sido una persona extraordinaria, inteligente, lúcido y con un fino sentido del humor.

En esta Valencia, «capital de la Tierra de la modernidad imposible», como él la denominó en sus últimos artículos publicados en El Paísno olvidaremos su ejemplo de integridad y su disposición a la travesura intelectual.

Su vitalidad y su combatividad resultaban estimulantes en un lugar y en un tiempo en el que los perfiles apesebrados y monodimensionales abundaban y abundan entre los trabajadores públicos de la cultura y los museos valencianos. Para algunos de nosotros -críticos de arte, comisarios de exposiciones, artistas, diseñadores y otros mediadores culturales independientes- ha sido una referencia inigualable en esta tierra valenciana, de modernidad imposible e ingratitud infinita. Nuestra generación ha podido disfrutar del ejemplo de pocos de sus mayores, envueltos como se han encontrado en una escalada sin fin de silencios y pleitesías al político de turno, por lo que Carlos era nuestro único norte posible.

No podemos decirte adiós, Carlos, porque formas parte de nosotros, de nuestras luchas y nuestros anhelos para hacer de la realidad un lugar mejor para todos y para todas. Un lugar donde políticos iletrados no determinen las pautas educativas de la población, ni crean que las instituciones culturales son propiedad del partido que gobierna. Un lugar donde la democracia tenga un sentido completo y la libertad sea en la práctica mucho más que las letras impresas de una vulnerada Constitución.

Queremos personas que vivan de pié, erguidas ante el despotismo y el abuso de esos que nos quieren de rodillas. Son siempre los mismos, pero nos encontrarán permanentemente en pié, pues nuestro deseo de justicia y equidad se encuentra insatisfecho.

Me duele tu marcha, Carlos, pero me reconforta tu ejemplo y tu enseñanza. Que tu siembra se propague y nos haga mejores.
Gracias, Carlos.

José Luis Pérez Pont

Cine de mujer, ¿un nuevo género?

¿Por qué lo llaman cine de mujeres cuando quieren decir cine?

Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM)

C / Quevedo, 10. Valencia

Hasta el 16 de abril

Nietzsche definió al hombre libre (y ya puestos, a la mujer) como “aquel que piensa de otro modo de lo que podría esperarse en razón de su origen, de su medio, de su estado y de su función o de las opiniones reinantes de su tiempo”. La libertad no entiende de identidades excluyentes, discursos autoafirmativos y mapas territoriales de indudable homogeneidad étnica. La libertad es otra cosa, sin duda peligrosa por cuanto viene a cuestionar la cerrazón corporal y mental que la inseguridad ha promovido a lo largo de los tiempos. Cerrazón provocada por el miedo a ese otro rabiosamente distinto que se halla en el origen de todo.

Hacer ciclos, exposiciones o festivales dedicados a la mujer pueden servir para reivindicar cierta igualdad, pero acarrea también caer en la “trampa” sugerida por la propia Áurea Ortiz, directora del sugerente ¿Por qué lo llaman cine de mujeres cuando quieren decir cine? “Por un lado, pretende decir que el cine que hacen las personas del sexo femenino es cine y no ‘cine de mujeres’, esa etiqueta reduccionista, pero por otra, el único vínculo de unión de las películas que lo conforman es el hecho de estar dirigidas por mujeres”.

Las mujeres directoras de las películas que conforman el ciclo del Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM), atrapadas en esa red lanzada por Áurea Ortiz, discreparían igualmente. Ninguna pondría objeción, lógicamente, a la visibilidad de su cine en aras de la igualdad, pero en tanto creadoras libres (y Agnès Varda es un sobresaliente ejemplo) les traería al pairo su condición femenina: el cuerpo que habitan no dice nada a favor o en contra de su talento. Es más: Varda, a punto de cumplir los 85 años, lleva casi 60 rompiendo moldes artísticos, empujada por su espíritu libertario más que por su corporalidad femenina.

Pensar a contracorriente de “su origen” y de las “opiniones reinantes de su tiempo” es lo que hace a esas mujeres libres. Y encorsetarlas en este nuevo género de “cine de mujeres”, tan del gusto de la corrección política, es hacer un flaco favor a su espíritu, digamos, indomable. “La comedia romántica ¿es cosa de mujeres?”, como se pregunta Nacho Moreno, en la conferencia que acompaña a la proyección de El amigo de mi hermana (Lynn Shelton). “El cine bélico, ¿es cosa de hombres?”, como se cuestiona Carlos Losilla, para la presentación de En tierra hostil (Kathryn Bigelow). Y vuelta a empezar: ¿cosas de hombres? ¿cosas de mujeres? ¿Y…? La libertad escapa a esos encapsulados, y la libertad es el riesgo que han de correr unos y otras para tratar de articular sus rabiosas diferencias, entre sí y para sí.

Que es lo que hacen, por otra parte, Agnès Varda, Lucía Puenzo, Lynn Shelton, Kathryn Bigelow y Greta Schiller en las películas del, ahora sí, estupendo ciclo: Las playas de Agnès, XXY, El amigo de mi hermana, En tierra hostil y París era una mujer, respectivamente. Películas que entre el 10 y el 16 de abril se proyectarán en el MuVIM, acompañadas de conferencias: las ya citadas de Nacho Moreno y Carlos Losilla, junto a las de la propia Áurea Ortiz, Santi Barrachina y Luci Romero.  Películas todas ellas que, de una u otra manera, cuestionan precisamente los compartimentos estancos a los que pretenden reducirnos tanta corrección política. ¿Cine de mujeres? No, por favor. Simplemente cine y del bueno. 

Salva Torres