«¡Mamá, yo a Montanejos ya no voy!»

’50 aniversari. València, seda i foc’, de Francis Montesinos
MuVIM
Quevedo 10, València
Desde el 30 de julio a diciembre de 2020
Viernes 31 de julio de 2020

“El país era marrón o negro, mientras que Ibiza era un mundo de color”. Mundo colorista que a Francis Montesinos le impactó: “Ibiza me marcó mucho por ese otro mundo mágico de libertad que me encontré”. A partir de ahí ya nada sería igual. “¡Mamá, yo a Montanejos ya no voy!”, dice que le espetó a su madre, dando por finalizadas sus estancias en el pueblo castellonense y abiertas las puertas de ese otro universo libertario recién descubierto. La pasión por el diseño y la moda, que su madre precisamente le inculcó simplemente dejándole hacer en su tienda Batallón, donde el entonces chaval se entretenía con bolitas, corchos, papeles y la más diversa pasamanería, ya no dejaría de correr al galope por sus venas.

Detalle de la fotografía de Francis Montesinos, obra de Colita, recogida en la exposición del MuVIM.

Y así, al galope, es como el MuVIM acoge alrededor de 300 piezas de sus 50 años de intensa creatividad al servicio de la moda: “Ha sido el motor de mi vida profesional y personal”, aseguró Montesinos con respecto a esa moda que, repleta de vivos colores y estampados, llena la Sala Alfons Roig del MuVIM. José Vicente Plaza, comisario de la exposición ’50 aniversari. València, seda i foc’, habló de “eclecticismo” en la obra del diseñador valenciano, que vendría a debatirse “entre el punk y la Virgen de los Desamparados”.

Esa mezcla de vanguardia y tradición, que desde sus inicios provocó sorpresa en el mundo de la moda, es lo que ha hecho de Francis Montesinos “un icono, uno de los valencianos que ha creado marca”, apuntó Carmen Ninet, subdirectora del MuVIM, quien se refirió a la tiranía de la moda contra la que el diseñador luchó mediante su “alegría de vestir”. Alegría que chisporrotea en la muestra con grandes hileras de sus más afamados vestidos, que aparece en el MuVIM como antídoto contra el tiempo gris del coronavirus que obligó a aplazar la inauguración de la muestra. “Es un regreso a la normalidad, que esperemos no se trueque”, precisó Ninet.

Vista de la exposición ’50 aniversari. València, seda i foc’, de Francis Montesinos en el MuVIM.

“El nuevo mundo comienza con esta exposición de Francis Montesinos”, ironizó Amador Griñó, jefe de Exposiciones del museo valenciano, espacio que abre así sus puertas a la moda con este recorrido por la insigne trayectoria del diseñador. Una moda que, a juicio de Griñó, guardaba todo su poder “en su caducidad”, porque simplemente con su valor de uso “no podría funcionar”. Montesinos, a rebufo de la máxima de Ralph Lauren (“yo no diseño ropa, diseño sueños”), supo sacarle partido al deseo que anidaba en él, para que mucha gente lo compartiera, hasta el punto, como dijo Plaza, que hay personas que han guardado su ropa “como un fetiche de sus propias vidas”.

El poeta Paco Brines se refiere a la obra del diseñador con estas palabras reproducidas en la nota de prensa: “El festín de los colores, las tentaciones del tacto, el deslumbramiento de la belleza. Una mirada niña, entre pagana y religiosa, se ha transmutado ahora en realización sorprendente y exaltada de la belleza del cuerpo humano”. De nuevo el colorido, a modo de gran “castillo” de fuegos artificiales, el tacto, que invita a restregar entre los dedos las telas de sus vestidos, y la belleza desencadenante, que Christian Dior ligaba al entusiasmo (“no existe belleza sin entusiasmo”), caracterizan la desbordante producción de Montesinos.

Dos piezas de la exposición ’50 aniversari. València, seda i foc’, de Francis Montesinos en el MuVIM.

Brines insiste en ese entusiasmo desde otra óptica más lírica: “Hagamos más hermosos al hombre y a la mujer, detengamos la vida en el filo emocionante de la trastornada juventud”, precisamente la que Montesinos descubrió en Ibiza. “Y advertimos”, concluye Brines, “que, gracias a Francis Montesinos, hemos aprendido a amar más y mejor la vida, porque nos la ha sabido entregar con aquello que la hace más valiosa: su mágica intensidad”. Fotografías, objetos relacionados con el trabajo de la moda, revistas, telas y vestidos muestran esa entrega del apasionado modisto en busca de una belleza que, en su caso, transita por el acto libertario de los primeros hippys y su secuela posterior más castiza que caracterizó a la movida.

Movida en la que se detuvo Montesinos para precisar que, si exceptuamos al manchego Pedro Almodóvar, todos los que la protagonizaron en Madrid fueron en su mayoría valencianos. “Fuimos la bandera de la Modernidad; decir que eras de Valencia te abría las puertas”, explicó quien resumió su actividad con esta frase: “Hablar de moda es hablar de libertad”. De ahí que Ibiza saliera en diversas ocasiones a relucir: “Ibiza ha sido el motor más importante de mi creatividad”.

Vista de la exposición ’50 aniversari. València, seda i foc’, de Francis Montesinos, en el MuVIM.

’50 aniversari: València, seda i foc’ reúne cientos de piezas, de las 800 que fueron almacenadas en Llíria para irla construyendo en la mente antes de su traslado al MuVIM, que a modo de “travelling” perfilan la trayectoria vital y profesional del diseñador. “No es barroca, sino acumulación de la memoria”, subrayó Griñó, para agregar a continuación: “Cada pieza es un trozo de Montesinos”. Trozos de un puzzle cuyo paisaje estaría integrado por su Valencia natal, la Barcelona industrial que después vivió, el Londres hippy, el Madrid de la Movida e incluso el París igualmente transgresor habitado por artistas que, como él, respiraban una libertad que no les cabía en el pecho.

Francis Montesinos aludió al salto que pensaba dar con esta muestra: “Del tour de las colecciones que empiece ahora un tour por los museos”. El punto de partida lo ha establecido el MuVIM: “Este es un trampolín de lujo para el tour de los futuros museos”, destacó Plaza, entre los que están el del Museo del Traje de Madrid o el de la Indumentaria de Barcelona, sin descartar otros con los que ya están en conversaciones. La complejidad de esta primera muestra “específica sobre moda que acoge un museo de estas características en los últimos años”, resaltó Griñó, da pie a esa apuesta por su itinerancia, a falta de la precisión relacionada con los supuestos derechos derivados de esta exposición de salida.

Dos piezas de la exposición ’50 aniversari. València, seda i foc’, de Francis Montesinos, en el MuVIM.

“La obra de Montesinos es un arte que nace y muere entre seda y fuego, tal y como lo hace su tierra, València”, explica el comisario de un artista cuyo discurso aparece enlazado por “la transgresión, la ironía y el folclore”, subrayando “la alegría, la libertad y el Mediterráneo” como constitutivos de su pasión. Pasión que tiene ecos de lo manifestado por el también diseñador Alexander McQueen, quien liga la moda a una forma de escapismo, más que a cierta privación de libertad. Nada de tiranía de la moda, como dejó dicho Ninet, sino de alegre manera de entender la vida a través de las prendas que nos alejan de la desnudez, sin por ello ocultar la naturaleza que, en el caso de Montesinos, emerge exultante mediante sus coloristas estampados.

Francis Montesinos, en su exposición. Fotografía de Raquel Abulaila por cortesía del MuVIM.

Salva Torres

MuVIM, tipografía con M de Museo y M de Modernidad

‘Tipografia’m’
Sala de la Torre del MuVIM
Quevedo 10, València
Hasta finales de septiembre de 2020
Jueves 30 de julio de 2020

El MuVIM exhibe en la Sala de la Torre la exposición ‘Tipografia’m’, centrada en el carácter eme, la decimotercera letra del abecedario valenciano y castellano. Partiendo de esta letra, los diseñadores participantes han buscado experimentar gráfica y conceptualmente con la tipografía, utilizando diversidad de técnicas para reivindicar el papel formal de la letra en el diseño y el arte.

En palabras de la diputada Glòria Tello, “aprovechamos la inclusión de la letra M en el acrónimo del MuVIM. M, de Museo, y M de Modernidad, que nos sirven de excusa para iniciar un análisis de formas y conceptos muy interesante. La tipografía es la base de la imprenta y del lenguaje impreso. Un síntoma de modernidad que siempre ha reclamado el esfuerzo y la psicología intuitiva de los mejores comunicadores. Con esta exposición avanzamos el trabajo que hay detrás de cada diseño tipográfico”.

Vista de la exposición ‘Tipografia’m’. Imagen cortesía del MuVIM.

Aislando este carácter eme de su contexto habitual, la palabra, la línea, el párrafo, la página, se pretende alejarlo del dominio de la lingüística y aproximarlo al terreno de lo visual, para intervenir en él como objeto puramente formal. Como afirman las comisarías de la exposición, Begoña Jordá y Nereida Tarazona, todo ello otorgará mayor visibilidad a la labor de tantos diseñadores de tipos que, con su esfuerzo y talento, han proporcionado una idiosincrasia especial y única a cada letra diseñada.

Esta exposición, que reúne un total de 35 obras, está organizada por el Máster en Artes Gráficas de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería del Diseño de la Universitat Politécnica de València. Junto a los diseñadores de este máster participan en ella figuras clave del diseño gráfico valenciano, nacional e internacional como Boke Bazán, Laura Meseguer, Gimeno Gràfic, SUC Estudio, Enrique Casp, Sebastián García Garrido y Diego Vainesman.

El catálogo de la exposición cuenta con un prólogo del experto en comunicación y diseño Joan Costa, autor de casi 50 libros considerados un referente fundamental en el ámbito académico y profesional. Una frase de su texto ha servido de punto de arranque creativo a la diseñadora Begoña Jordá para la configuración del cartel promocional de la muestra. A través de la técnica de transfer se ha construido una imagen tipográfica cuya protagonista es la letra eme, elemento referente de la exposición, y que combina a la perfección con la máxima de Joan Costa: “El homenaje a una sola letra es un homenaje a toda la cultura”.

Desde el año 2016 el Master en Artes Gráficas organiza junto con el MuVIM una exposición anual en torno a la experimentación tipográfica (‘Caixa alta, caixa baja’, 2016; ‘Letramoforsis’, 2017; ‘Retalls tipogràfics’, 2018; ‘Perdiendo el tipo’, 2019). ‘Tipografia’m’ continúa la estela de todas ellas y presenta una vez más diferentes ejemplos de cómo, al igual que en las primeras vanguardias artísticas, a través del diseño y el arte se puede profundizar en el binomio palabra e imagen que constituyen el carácter tipográfico.

Una joven observa una de las obras de la exposición ‘Tipografia’m’. Imagen cortesía del MuVIM.

“Los artistas vivimos siempre confinados”

‘La alegría de pintar’, de Olga Sinclair
Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat (MuVIM)
C / Quevedo, 10. Valencia
Del 23 de julio al 27 de diciembre de 2020
Viernes 24 de julio de 2020

“Soy hija de un gran maestro”. Olga Sinclair se refiere, claro está, a su padre Alfredo Sinclair, de quien mamó su pasión por la pintura en el caribeño Panamá. Se dice que fue el primer panameño en explorar el expresionismo abstracto, algo que transmitió a su hija, no sin antes recordarle que para llegar a la abstracción primero tenía que hartarse de pintar bodegones. “El artista que no domina el bodegón, no domina la gran pintura”, dice Olga Sinclair que le insistía su padre. Y ella, que ya tenía en vena la sangre pictórica de su progenitor, no ha parado desde entonces de seguir otra de las máximas de su padre: la transformación constante de su pintura. “La vida me pide cambios, nunca reposo”, subraya.

Retrato de Olga Sinclair, junto a una de sus obras, en su exposición ‘La alegría de pintar’ en el MuVIM.

El MuVIM le dedica una exposición en la Sala Parpalló bajo el elocuente título de ‘La alegría de pintar, con obras en su mayoría de gran formato, realizadas en tres meses fruto de su confinamiento en Madrid. “Mi vida ha sido pintar, incluso con alegría dentro del confinamiento”, señala quien, además de mostrar esa alegría trufada de densos claroscuros, asume el legado de su padre en un apartado que contiene algunas de sus obras, al tiempo que exhibe una serie de “piezas domésticas”, a las que aludió Amador Griñó, Jefe de Exposiciones del MuVIM. “Las hice con restos de té de manzanilla, betadine o lavavajillas sobre papel fabriano”, apunta la artista, con respecto a esa serie de obras pequeñas que contrastan con el resto de la producción presentada.

Su pasión por la pintura queda ahí delatada, en los más diminutos detalles, luego ampliada en sus trabajos más contundentes, todos ellos caracterizados por esa alegría colorista, la gestualidad del trazo y una rotunda expresividad. Tan rotunda que, por seguir el halo de otro ilustre caribeño como Bob Marley, diríase que uno se da cuenta de la fuerza de su pintura, porque parece la única opción. Olga Sinclair, continuando los pasos de su padre y tras recalar en Madrid a los 18 años y empaparse de los grandes pintores que descubrió en el Museo del Prado, atesora esa fuerza que traslada a su pintura, porque parece que no le queda otra.

‘Arlequín con mascarilla’, de Olga Sinclair. Imagen cortesía del MuVIM.

Y al igual que Marley dijo que cuando la música llega ya no sientes el dolor, con la obra de Olga Sinclair pasa otro tanto: marcada por la luminosidad caribeña que baña de alegría su producción, el dolor también forma parte subterránea de su obra, que late bajo capas de pintura colorista, siendo el pálpito de ese ritmo apasionado el que contiene la desazón transformándola en un carnaval de rojos, naranjas, lilas, azules y sobre todo amarillos. “Soy puro Caribe, necesito luz”, resalta la artista, quien ante el tríptico ‘Umbras’ dice que empezó “confundida” y luego se fue “aliviando” hasta dar con ese amarillo a modo de luz al final del túnel.

Su confinamiento en Madrid, sin duda productivo, porque de ahí ha salido la obra que ahora expone en el MuVIM, “ha sido como un renacer”, destacando esa espiritualidad profana que atraviesa su trabajo, y que le lleva a señalar: “Me gusta saber que no estamos solos en el universo”. Soledad que también le da pie a manifestaciones como las incluidas en la muestra: “Los momentos de soledad son seductores y temibles convirtiendo el escenario en una parodia sin sentido ni memoria”. Olga Sinclair pinta, conmovida por esos estados de ánimo contradictorios, para aplacar el dolor que subterráneamente recorre igualmente su pintura, con el fin de alcanzar la catarsis que transforma las sombras en una luz resplandeciente.

Obras de Olga Sinclair en ‘La alegría de pintar’ en el MuVIM.

“Pinto porque los espíritus me susurran locamente dentro de mi cabeza, decía El Greco, y creo yo que no son espíritus los que susurran, son las neuronas cansadas de tanto mirar, sin intervenir en el aburrido escenario de lo contemplado, condenado a existir invariablemente, sin un toque placentero de explorar lo intocable, de manejar lo invariable”, apunta en otra cita recogida en la exposición. Su admiración por Francis Bacon, cuya carnalidad abrupta y desgarrada diríase en las antípodas de su pintura festiva, tiene su razón de ser si atendemos a la ejecución plástica que los emparenta: “La energía y la fuerza de Bacon ha dejado huella en mi obra”, reconoce.

Al haber vivido en seis países, Olga Sinclair piensa que cada cultura ha dejado igualmente huella en su trabajo: “Mi pintura es caribeña, con mucho color, pero con una densidad latente europea”. Por eso ‘El prisma de Orión’ (“punto de fuga de la exposición”, precisa Griñó), la única obra pintada con anterioridad al confinamiento, atesora el intenso amarillo del Caribe, salpicado de grises y negros que parecen restos tormentosos en pugna con la luminosidad de un Panamá igualmente contradictorio: tan bello como convulso.

Obras de Alfredo Sinclair, en un apartado de la exposición ‘La alegría de pintar’, de Olga Sinclair en el MuVIM.

Alfredo Sinclair (1914-2014) nació cuando se puso en pie el Canal de Panamá y, justo cuando se celebraba el centenario de ambos, del pintor y del Canal, el artista falleció. Su hija tuvo el honor, por encomienda de la Autoridad del Canal, de conmemorarlo pintando una obra colectiva por obra de la Fundación que lleva su nombre, en la que más de 5.000 niños batieron el récord de realizar una pieza con el mayor número de artistas posible. De nuevo la pasión por la pintura y el arte como motor de cambio, trazando el perfil de una Olga Sinclair que ya piensa en nuevos retos. “Me voy a tender hacia la verticalidad”, dice, señalando el ‘Priapo herido’ que sobresale del conjunto, precisamente por ser la única obra en formato vertical de toda la exposición. “El ser humano tiene que vivir todas las situaciones posibles”, resalta. ‘La alegría de pintar’ es una de ellas, y estará en el MuVIM hasta el 27 de diciembre.

Olga Sinclair en su exposición ‘La alegría de pintar’. Imagen cortesía del MuVIM.

Salva Torres

MuVIM: un museo diferente

MAKMA ISSUE #01
Opinión | Marc Borràs (jefe de investigación y gestión cultural del MuVIM)
MAKMA, Revista de Artes Visuales y Cultura Contemporánea, 2018

El MuVIM es un museo que se avanzó a su tiempo. Una declaración tan pomposa puede resultar presuntuosa, sin duda, pero en este caso es rigurosamente cierta. Porque el Museu Valencià de la Il·lustració i de la Modernitat se definió, desde su inauguración en 2001, como un museo de ideas (consagrado, por tanto, a preservar, proteger y transmitir un bien intangible) y, sin embargo, no fue hasta 2007 —seis años después— que el ICOM modificó su definición de museo para amparar bajo ese concepto a aquellas instituciones que se ocupaban exclusivamente de conservar patrimonio inmaterial.

Es evidente que la particular naturaleza incorpórea del objeto museográfico del MuVIM le obligaba a modificar las estrategias discursivas empleadas hasta entonces en los museos cuyo cometido era almacenar, catalogar y exponer objetos materiales: un retrato, un resto arqueológico, una herramienta de labranza tradicional. Eso explica que la exposición permanente del MuVIM prescinda de objetos y textos explicativos y se vehicule a través de la palabra y las nuevas tecnologías de comunicación.

Página inicial del artículo publicado en MAKMA ISSUE #01.

Contra la univocidad del objeto museográfico

Los museos son entidades expertas en tratar con objetos. Pero no sólo eso. En el museo tradicional la relación entre el museo y el objeto es tan estrecha que la naturaleza del segundo determina el carácter del primero. Parece obligado pensar que un retrato al óleo solo puede ser expuesto en un museo de arte, el resto arqueológico en un museo de Prehistoria o la herramienta tradicional de labranza en un museo etnológico. Porque según parece, cada objeto solo puede ser interpretado de una —y solo una— manera.

A finales del siglo XIX, el matemático y filósofo alemán Gottlob Frege —fundador de la moderna filosofía del lenguaje— estableció una diferencia entre referencia (bedeutung) y sentido (sinn) que puede resultarnos especialmente útil ahora. Un mismo referente — Cervantes, por ejemplo— puede ser aludido a través de diferentes expresiones o descripciones definidas —“el manco de Lepanto”, “el autor de El Quijote”— que, a pesar de tener un mismo significado, tienen distinto sentido, porque nos aportan distinta información: puede ser que yo supiera que Cervantes escribió ‘El Quijote’, pero desconociera que quedó manco como desafortunada consecuencia de una batalla.

Esa —sutil— distinción fregeana permite combatir la tradicional univocidad del objeto museográfico, porque un mismo objeto —o referente— puede servirnos para distintos propósitos expositivos, es decir, que puede ser interpretado de distintas maneras que aportan también distinta información sobre él: nada impide que una obra de arte pueda ser utilizada para reflejar una idea o representar una época, ni que podamos valorar un resto arqueológico o cualquier objeto etnográfico tan solo por sus cualidades estéticas. El MuVIM apuesta, precisamente, por romper esa disciplina del sentido único proponiendo, en cambio, una lectura transversal: los objetos que aparecen en sus exposiciones no sólo se exhiben por sus (supuestas) características intrínsecas, sino porque sirven como acicate y excusa para reflexionar sobre un tema de más amplio calado intelectual o interés sociológico. Distintos retratos regios permiten explicitar cómo ha cambiado la imagen del poder. Fotografías de personajes mediáticos ilustran hasta qué punto se ha modificado el ideal de belleza.

Portada de MAKMA ISSUE #01, a partir de una de las obras del proyecto ‘Caminos del deseo’, del artista y miembro de MAKMA Ismael Teira.

La herida siempre abierta de la modernidad

Sin embargo, alguien podría pensar que hablamos de preservar ideas muertas, que han perdido la utilidad que un día tuvieron —como el bifaz de sílex o el molino manual de piedra— y que, precisamente por eso, se conservan en un museo: como residuos históricos que ya no tienen función social. Nada más lejos de la realidad. La Ilustración fue, en efecto, un movimiento intelectual que quiso reorganizar la (vida en) sociedad a partir de premisas racionales con un claro propósito emancipador: el de liberar al individuo de las numerosas trabas que impedían su pleno desarrollo. La liberación es —como dice Alain Finkielkraut— el gesto moderno por excelencia: libertad de conciencia y de pensamiento, libertad de expresión, libertad de reunión e incluso libertad para elegir quién y cómo nos gobierna.

La Ilustración propició una auténtica revolución de la mente que sentó las bases intelectuales y políticas de nuestro mundo, es cierto. Pero no fue la única partera de la modernidad: la industrialización, la expansión —también colonial— del capitalismo y, en general, la progresiva implantación de una racionalidad eminentemente instrumental han desembocado en una situación paradójica. Por una parte, la veta ilustrada ha permitido que el individuo atesore ahora una serie de derechos y libertades políticas inalienables. Pero, por otro lado, la racionalidad tecnocientífica ha reducido a ese mismo individuo a la impotencia: puede ejercer democráticamente sus derechos políticos pero difícilmente podrá cambiar el statu quo económico, por ejemplo, dado que la economía se presenta como una ciencia contra cuyas leyes poco o nada se puede hacer.

Esa ambivalente situación estructural genera conflictos, tensiones y disfunciones que se expresan social y, sobre todo, culturalmente. Y son precisamente esas manifestaciones culturales —en sus múltiples variantes expresivas (pensamiento, palabra, acción, perfomance, artes plásticas, audiovisuales, etc.)— la materia prima con la que trabaja un museo como el MuVIM, dado que son exteriorizaciones de ese permanente hiato entre promesa de plenitud e impotencia efectiva que caracteriza la vida del individuo moderno. En el siglo XVIII tanto como en el XXI.

Eso quiere decir que aquel ideal emancipador sigue vigente y no deja de desplegar nuevas estrategias discursivas ni de actualizar aquel caudal de ideas primigenio, con la esperanza de cerrar definitivamente la herida siempre abierta de la modernidad, aspirando, así, a completar la tarea inacabada de la Ilustración. Una Ilustración que no es tanto un corpus doctrinal como una actitud siempre crítica hacia el presente que nos ha tocado vivir, como dijo en su día Foucault. Y por todo eso —tanto por la particular naturaleza como por la permanente actualidad del objeto que custodia— el MuVIM es un museo diferente que no quiere dejar indiferente a nadie.

Imagen del hall del MuVIM. Fotografía de Jesús Granada cortesía del museo.

Marc Borràs

Gran Carlos Pérez

Carlos Pérez falleció anoche.

Me duele que el tiempo no le haya permitido compartir con nosotros ese día cercano, en el que un ciclón humano desaloje de los órganos de poder a la inmundicia que hace ya tiempo se instaló en ellos.

Carlos Pérez (Valencia, 1947-2013) fue un erudito, uno de esos escasos ejemplares que pasó inadvertido para la mayoría. Conservador en el IVAM en los tiempos en los que ese centro fue digno de mención y en el Museo Reina Sofía. En su última etapa, como responsable del programa expositivo del Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM) logró poner en órbita un museo que hasta entonces carecía de rumbo y que, tras su marcha por jubilación, ha retornado a un estado que transita entre la intrascendencia y el sonrojo.

Recibió numerosas distinciones, entre ellas la de Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia, en 2012. Pero por encima de todos sus méritos profesionales y su riqueza cultural, ha sido una persona extraordinaria, inteligente, lúcido y con un fino sentido del humor.

En esta Valencia, «capital de la Tierra de la modernidad imposible», como él la denominó en sus últimos artículos publicados en El Paísno olvidaremos su ejemplo de integridad y su disposición a la travesura intelectual.

Su vitalidad y su combatividad resultaban estimulantes en un lugar y en un tiempo en el que los perfiles apesebrados y monodimensionales abundaban y abundan entre los trabajadores públicos de la cultura y los museos valencianos. Para algunos de nosotros -críticos de arte, comisarios de exposiciones, artistas, diseñadores y otros mediadores culturales independientes- ha sido una referencia inigualable en esta tierra valenciana, de modernidad imposible e ingratitud infinita. Nuestra generación ha podido disfrutar del ejemplo de pocos de sus mayores, envueltos como se han encontrado en una escalada sin fin de silencios y pleitesías al político de turno, por lo que Carlos era nuestro único norte posible.

No podemos decirte adiós, Carlos, porque formas parte de nosotros, de nuestras luchas y nuestros anhelos para hacer de la realidad un lugar mejor para todos y para todas. Un lugar donde políticos iletrados no determinen las pautas educativas de la población, ni crean que las instituciones culturales son propiedad del partido que gobierna. Un lugar donde la democracia tenga un sentido completo y la libertad sea en la práctica mucho más que las letras impresas de una vulnerada Constitución.

Queremos personas que vivan de pié, erguidas ante el despotismo y el abuso de esos que nos quieren de rodillas. Son siempre los mismos, pero nos encontrarán permanentemente en pié, pues nuestro deseo de justicia y equidad se encuentra insatisfecho.

Me duele tu marcha, Carlos, pero me reconforta tu ejemplo y tu enseñanza. Que tu siembra se propague y nos haga mejores.
Gracias, Carlos.

José Luis Pérez Pont

Cine de mujer, ¿un nuevo género?

¿Por qué lo llaman cine de mujeres cuando quieren decir cine?

Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM)

C / Quevedo, 10. Valencia

Hasta el 16 de abril

Nietzsche definió al hombre libre (y ya puestos, a la mujer) como “aquel que piensa de otro modo de lo que podría esperarse en razón de su origen, de su medio, de su estado y de su función o de las opiniones reinantes de su tiempo”. La libertad no entiende de identidades excluyentes, discursos autoafirmativos y mapas territoriales de indudable homogeneidad étnica. La libertad es otra cosa, sin duda peligrosa por cuanto viene a cuestionar la cerrazón corporal y mental que la inseguridad ha promovido a lo largo de los tiempos. Cerrazón provocada por el miedo a ese otro rabiosamente distinto que se halla en el origen de todo.

Hacer ciclos, exposiciones o festivales dedicados a la mujer pueden servir para reivindicar cierta igualdad, pero acarrea también caer en la “trampa” sugerida por la propia Áurea Ortiz, directora del sugerente ¿Por qué lo llaman cine de mujeres cuando quieren decir cine? “Por un lado, pretende decir que el cine que hacen las personas del sexo femenino es cine y no ‘cine de mujeres’, esa etiqueta reduccionista, pero por otra, el único vínculo de unión de las películas que lo conforman es el hecho de estar dirigidas por mujeres”.

Las mujeres directoras de las películas que conforman el ciclo del Museo Valenciano de la Ilustración y la Modernidad (MuVIM), atrapadas en esa red lanzada por Áurea Ortiz, discreparían igualmente. Ninguna pondría objeción, lógicamente, a la visibilidad de su cine en aras de la igualdad, pero en tanto creadoras libres (y Agnès Varda es un sobresaliente ejemplo) les traería al pairo su condición femenina: el cuerpo que habitan no dice nada a favor o en contra de su talento. Es más: Varda, a punto de cumplir los 85 años, lleva casi 60 rompiendo moldes artísticos, empujada por su espíritu libertario más que por su corporalidad femenina.

Pensar a contracorriente de “su origen” y de las “opiniones reinantes de su tiempo” es lo que hace a esas mujeres libres. Y encorsetarlas en este nuevo género de “cine de mujeres”, tan del gusto de la corrección política, es hacer un flaco favor a su espíritu, digamos, indomable. “La comedia romántica ¿es cosa de mujeres?”, como se pregunta Nacho Moreno, en la conferencia que acompaña a la proyección de El amigo de mi hermana (Lynn Shelton). “El cine bélico, ¿es cosa de hombres?”, como se cuestiona Carlos Losilla, para la presentación de En tierra hostil (Kathryn Bigelow). Y vuelta a empezar: ¿cosas de hombres? ¿cosas de mujeres? ¿Y…? La libertad escapa a esos encapsulados, y la libertad es el riesgo que han de correr unos y otras para tratar de articular sus rabiosas diferencias, entre sí y para sí.

Que es lo que hacen, por otra parte, Agnès Varda, Lucía Puenzo, Lynn Shelton, Kathryn Bigelow y Greta Schiller en las películas del, ahora sí, estupendo ciclo: Las playas de Agnès, XXY, El amigo de mi hermana, En tierra hostil y París era una mujer, respectivamente. Películas que entre el 10 y el 16 de abril se proyectarán en el MuVIM, acompañadas de conferencias: las ya citadas de Nacho Moreno y Carlos Losilla, junto a las de la propia Áurea Ortiz, Santi Barrachina y Luci Romero.  Películas todas ellas que, de una u otra manera, cuestionan precisamente los compartimentos estancos a los que pretenden reducirnos tanta corrección política. ¿Cine de mujeres? No, por favor. Simplemente cine y del bueno. 

Salva Torres