Carlos Mondriá, la realidad de la fábula

Carlos Mondriá. “Aesopi phrygis fabulae
El Caballero de la Blanca Luna, Hotel del Carmen
Blanquerías, 10. Valencia
Hasta el 28 de febrero

Los dibujos sobre las fábulas de Esopo, recreadas por Carlos Mondriá (Alzira-Valencia, 1984), son más reales que la existencia del propio Esopo: es el veredicto de las miradas críticas.

Vista parcial de la exposición de Carlos Mondriá. Imagen cortesía Hotel del Carmen

Vista parcial de la exposición de Carlos Mondriá. Imagen cortesía Hotel del Carmen

En ocasiones, el veredicto se pronuncia sin juicio previo si el pecado está probado. Es el caso de un desatino de la exposición comisariada por Javier Portús y presentada en El Museo del Prado bajo el título Fábulas de Velázquez, (24 de noviembre de 2007 a 24 de febrero de 2008, sala 62B, La filosofía y la historia) en la que algo ajeno a la obra pictórica pasaba inadvertido. En la ficha técnica correspondiente al retrato de Esopo figuraba el dato: Esopo, escritor.

No hay constancia de que alguien considerase el error, que por otro lado, no pasaba de un detalle que podría considerarse anecdótico en aquella exposición del Museo del Prado, y máxime al pie de una pieza tan fascinante como el retrato de Esopo de Velázquez, pero lo cierto es que Esopo nunca dejó testimonio escrito de sus fábulas (así lo describe Bergua, Juan B. en Fábulas Completas -Madrid, Ediciones Ibéricas). De hecho, ni siquiera hay referencias biográficas concluyentes sobre su verdadera existencia.

Los indicios nos señalan que, de existir, es muy probable que naciera en Frigia (Esopo es un río frigio) entre los años 612-527 a.C. Fedro así lo considera en sus Fábulas esópicas, pero no tenemos pruebas palpables. Hay más contradicciones sobre su existencia que de su aspecto físico, pues, de existir -era espantosamente feo y deforme-, el citado retrato también da muestra de ello. Del personaje real o del mito, todo indica que fue esclavo y supo hacerse liberar por el último de sus dueños, el filósofo Xanthos, quien quedó prendado de los infinitos recursos de su oratoria.

Siempre hablando según la leyenda, Esopo recorrió casi todo Egipto, Babilonia y una gran parte de Oriente con Xanthos, y como hombre libre fue admirado por su talento para componer fábulas y apólogos hasta el punto que su capacidad llegó a oídos de Creso, rey de Lidia, quien le dio la oportunidad de trabajar para él en algunas misiones diplomáticas. Uno de estos compromisos, consistía en ir a Delfos a consultar el oráculo haciendo unas ofrendas al dios Apolo en su nombre, para después repartir oro entre los sacerdotes locales. Esopo hizo las ofrendas al dios Apolo como le había encomendado Creso, pero no hizo el reparto de oro a los sacerdotes al comprobar la hipocresía, falsedad y codicia de éstos, de manera que el oro que debía repartir entre ellos lo devolvió a Creso intacto.

Detalle de "El caballo y el soldado",  de Carlos Mondriá. 30x40 cm. grafíto sobre papel. Imágen cortesía del autor.

Detalle de «El caballo y el soldado», de Carlos Mondriá. Grafito sobre papel. 30 x 40 cm. Imagen cortesía del autor.

Los sacerdotes, en venganza, le tendieron una trampa ocultando una copa de oro consagrada y destinada a Apolo entre su equipaje, y seguidamente, le acusaron de sacrilegio para que los jueces de Delfos le condenaran.

Considerada por los griegos como el punto central de la tierra, la ciudad de Delfos acumulaba demasiado poder en sus jueces y sacerdotes, y Esopo fue condenado a ser arrojado desde lo más alto del Hyampeo.

Esopo -antes de morir-  les anunció que su muerte tendría la respuesta en Cronos, el verdadero juez de los tiempos, quien haría desaparecer Delfos debido al acto de crueldad e injusticia que cometían con él. Y así sucedió, un tiempo más tarde, la ciudad consagrada a Apolo fue destruida y saqueada. Lo cual hizo crecer con fuerza el mito de Esopo.

Detalle de "El caballo y el soldado",  de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafíto sobre papel. Imágen cortesía del autor.

Detalle de «El caballo y el soldado», de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

En cualquier caso, está considerado como el primer fabulista de la tradición  literaria europea, y su propia existencia es como el apólogo que precede a la moraleja de su fábula “La mula”.

“Enseña esta fábula que incluso cuando las circunstancias destacan a un hombre, no debe olvidar su origen, pues nuestra existencia es sólo incertidumbre.”

Las fábulas a él atribuidas fueron reunidas por Demetrio de Falero muchos años después, (h. el año 300 d. C.)  y el gran Fedro le da vida en dos de sus fábulas: “Esopo jugando a las nueces con los niños en Atenas” y “Esopo aconsejando paciencia a los atenienses cansados del tirano Pisístrato”. Pero también, Herodoto, Heraclio de Ponto, Aristófanes, Plutarco y una larga lista de nombres se refieren a Esopo reforzando el mito.

Parece que el escultor Lisippo (Sición, Peloponeso h. 370 a.C. – h. 318  a.C.)  realizó una estatua elevada en su honor que se ubicó en Atenas, pero tampoco ha llegado hasta nuestros días para poder verificar su existencia.

Detalle de "El caballo y el soldado" de Carlos Mondriá.

Detalle de «El caballo y el soldado» de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

Ya entrado el s. XIV, en la “Vida de Esopo” atribuida al monje benedictino Planudes Maximuses se describe lo poco agraciado que fue, citando textualmente:”Era el más disforme de sus contemporáneos…”, y precisamente sobre éstas referencias se centra el mencionado retrato realizado por Velázquez (y también el de Goya).

Detalle de "El gallo, el perro y el zorro". de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafíto sobre papel. Imagen cortesía del autor.

Detalle de «El gallo, el perro y el zorro», de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

Si el mito de Esopo ha inspirado a los citados Goya y Velázquez, las fábulas a él atribuidas con sus animales y personajes astutos, pacientes, generosos o inteligentes renacen una vez más para recuperar protagonismo. La mano virtuosa de Mondriá hace que recobren la vida a través del preciosismo de sus grafitos.

“En 2012 me quedé sin trabajo, y por supuesto, no había coleccionistas que compraran mis cuadros”  –confiesa Mondriá- que pudo mantenerse unos meses con los ahorros. “Hasta que los fundí”. –añade-.

Al no poder hacerse cargo de los respectivos alquileres de estudio y vivienda, no le quedó otra alternativa que vaciar y marcharse, -es de los decentes que no dejan colgados a los acreedores-.

Detalle de "El gallo, el perro y el zorro", de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

Detalle de «El gallo, el perro y el zorro», de Carlos Mondriá. 30 x 40 cm. grafito sobre papel. Imagen cortesía del autor.

“Abandoné la mayoría de mis cuadros por no tener donde guardarlos ni recursos para transportarlos” –confiesa-. “Volví a la casa de mis padres después de más de 10 años de vida independiente”.

La limitación del espacio familiar le permitía pocas alegrías, y tuvo que mantener los enseres personales apilados en cajas, y esta misma limitación de espacio hizo que centrara su trabajo en pequeños formatos y principalmente en dibujos sobre papel. Tiempo después, por azar, parte de aquella obra pictórica un día abandonada, fue descubierta en un rastrillo por unos coleccionistas, que ante la calidad de lo que veían, investigaron la procedencia de su firma, lo buscaron en la red y le localizaron para hacerle encargos.

Cartel de la exposición de Carlos Mondriá.

Cartel de la exposición de Carlos Mondriá.

Ahora, el hotel del Carmen muestra el preciosismo salido de su templado pulso, y sugiere visitar la muestra durante el día con luz natural, puesto que la iluminación de sus paredes no responde a la de una sala de exposiciones institucional. El espacio, en cambio, es muy respetuoso con el Centro Histórico y concede un valor añadido a visitantes y huéspedes. Entre las piezas expuestas, dos obras de pintura de medio formato (óleo sobre lienzo y tabla), trece excelentes dibujos de pequeño formato (grafito sobre papel), interpretan varias de las citadas fábulas, como lo son: El caballo y el soldado; El cuervo y Hermes; El cabrero y las cabras montesas; El perro, el zorro y el gallo; El cuervo enfermo; o El León y el Toro. En ocasiones, los dibujos se centran en pequeños detalles, partes del cuerpo u objetos que protagonizan cada historia, como el casco del soldado, la punta de su lanza, la mirada del caballo, el olfato del zorro, o el gesto del perro. En resumen, y casi a modo de moraleja, Mondriá rescata la leyenda de Esopo exhibiendo virtud y meticulosidad.

Detalle de la exposición de Carlos Mondriá.

Detalle de la exposición de Carlos Mondriá. Imagen cortesía del Hotel del Carmen.

La muestra, concluye con una instalación inspirada en el espíritu crítico y de autoexigencia del artista, en ella, una papelera suspendida en el aire contiene restos de varios de los bocetos descartados por el autor, y forma parte del proyecto Fabularte, primer acto conmemorativo del X aniversario de El Caballero de la Blanca Luna en el centro histórico de Valencia.

Vicente Chambó

Lukas Ulmi. Laberintos visuales

Lukas Ulmi. Laberintos visuales
Set Espai d’Art
Plaza Miracle del Mocadoret, 4, Valencia
Hasta el 16 de noviembre de 2013

 Hay que guardarse de decirles que a veces ciudades diferentes se suceden sobre el mismo suelo y bajo el mismo nombre, que nacen y mueren sin haberse conocido, incomunicables entre sí.

 Italo Calvino, Las ciudades invisibles

 

Romper con el antiguo entendimiento de la escultura como una forma de expresión encerrada en sí misma, concibiendo la necesidad de circunscribir su potencial expresivo a unas pocas y axiomáticas categorías formales, en una búsqueda o retorno a la estructura primaria, describe el itinerario iniciático con que nos acerca Lukas Ulmi a su nueva obra. Sin embargo, al escultor le contemplan años de creación que interpretan los interrogantes del universo, dibujando el espacio mediante hermosas levedades espaciales de objetos encontrados. Restos de vida engarzados en sutiles móviles con los que nos mostraba una particular arqueología del lenguaje; ramas, piedras, esqueletos de la naturaleza que ya la pensadora malagueña, María Zambrano, en su personalísima poética concebía como las semillas del conocimiento, de la razón, y de los que ahora, el artista, en cierto modo se desprende.

Su capacidad para dialogar con el vacío trazando formas geométricas e infinitas en universos hipotéticos se define muy bien en esta nueva serie de “Laberintos visuales”, que nos presenta. Arquitecturas móviles que despliegan espacios infinitos en su interior a través de coetáneos cubos, engarzados con imanes. Una suerte de construcciones cercanas al Minimal Art con las que concebir los sencillos determinantes espaciales, como señalaba el escultor minimalista Robert Morris: simplicidad de formas no quiere decir necesariamente simplicidad de vivencia artística. Las formas unitarias no reducen las relaciones, sino que las ordenan. Cuando la hierática naturaleza dominante de las formas unitarias actúa como constante, no se neutralizan las relaciones singularizantes de dimensión, proporción, etc, sino que, por el contrario, se asocian más sólida e inesperadamente.  En este sentido, Ulmi da una vuelta de tuerca a la modernidad, circundando aquel arte cinético de mediados de siglo xx dentro de un particularísimo postminimalismo volátil.

Sus obras albergan un insólito y misterioso movimiento, intrínsecas al concepto kantiano de belleza que resume los elementos en formas simples, lidiando con el aire. Sorprendentes esculturas que debaten ilusiones ópticas mediante delicadas dobleces y estructuras simples, conforman el trabajo. Trazos de alambre asumidos como una cosmogonía, símbolo de los universos temporales, tan presentes a lo largo de su trayectoria. Amante del movimiento y la simplicidad estética, Ulmi domina la escultura como un auténtico fabulador que quiere acercarse a los misterios de la creación, sin dogmas ni aspavientos. Lugares paradójicos, fija simbólicamente un movimiento del exterior hacia el interior, de la forma a la contemplación, de la multiplicidad a la unidad, del espacio a la ausencia de espacio, del tiempo a la ausencia del tiempo. Representa también el movimiento contrario: de dentro hacia afuera, sugiriendo una progresión simbólica hacia el infinito en todo los aspectos del proceso artístico.

Representación escultórica en que el todo se nos muestra pero nunca se nos da.

Observamos como las construcciones pueden montarse de maneras distintas, según la característica del lugar donde se efectúe la instalación, prevaleciendo la coexistencia dialéctica de las formas. Esta lógica estructural que presentan permite observar cómo Ulmi otorga un valor idéntico en la ubicación de todos los elementos. Es decir, en su obra no se percibe ningún valor jerárquico entre lleno y vacío, abierto y cerrado, delante y detrás. Paradigma insoluble de una misma realidad, donde el artista ordena el sigiloso laberinto de la mirada, mediante geometrías y juegos visuales de nuestro espacio imperecedero. Y es, en esta particular falta de jerarquía donde se haya el enigma de cualquier laberinto, no únicamente como la misteriosa estructura arquitectónica descrita a lo largo de la historia por artistas, arquitectos, o escritores, sino como la inquietud y la incertidumbre de la mente humana ante los caminos desconocidos del conocimiento, la razón, la vida.  

Una espectacular construcción vertical de cubos flanqueados por espejos, trasporta al espectador por un viaje espacial, y es al final de este recorrido donde muy a menudo el hombre se encuentra así mismo. Donde el conocimiento ulterior es el de uno mismo, la comprensión del propio yo, reflejado en el propio conocimiento, como señala Paolo Santarcangeli autor de “El libro de los laberintos”: Allí reside la razón profunda de que en el fondo del laberinto figure muchas veces un espejo, para que el hombre, al llegar por fin a la meta de su peregrinación, descubra que el último misterio de la búsqueda es el mismo.

Alegorías que encontramos a lo largo de la Historia del arte, y la literatura en esas construcciones asfixiantes sin salida, sin fin. Como describieron, por ejemplo, los grabados de Piranesi y que también narra muy sabiamente en el cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”, el escritor Jorge Luis Borges, acercándonos a este  misterio de la propia vida, y a la infinitud del espacio-tiempo. Cuenta la historia que el rey de Babilonia mandó construir un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros. Una obra escandalosa, porque la confusión y la maravilla eran operaciones propias de Dios y no de los hombres. Un laberinto que sucumbió finalmente ante la infinitud del laberinto de un rey árabe, donde no había escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que vedasen el paso. Metáfora del desierto, donde murió de hambre y de sed el mordaz rey de Babilonia.

Encontraríamos que en este caso, el laberinto simbolizaría el proceso transformador de la experiencia artística donde el hombre constantemente se enfrenta al vacío, pero también a la creación. Concepciones de universos infinitos en la levedad interior de los cubos, que el escultor extiende a través de la simplicidad formal en el horizonte. Un mismo símbolo que puede servir para evocar las realidades invisibles: el destino humano o como en el cuento, la voluntad inescrutable de Dios, el misterio de la obra de arte.

Rosa Ulpiano