El MuVIM se hace eco de la República

La modernidad republicana en Valencia. Innovaciones y pervivencias del arte figurativo (1928-1942)
Museu Valencià de la Il.lustració i la Modernitat (MuVIM)
C / Quevedo, 10. Valencia
Hasta el 22 de mayo de 2016

“Ha vuelto el MuVIM como museo de las ideas”, subrayó Rafael Company, director del museo valenciano. Y, con él, un sueño hecho realidad: la puesta en valor de La modernidad republicana en Valencia, tal y como reza el título de la exposición que ayer vio la luz. “Soñábamos que en este museo ese periodo histórico [1928-1942] fuera tratado como se merece”. Company no quiso hablar de censura (“quizás sea cuestiones de gusto”), pero manifestó su sorpresa por el salto que se produce durante ese periodo a la hora de dar a conocer la producción artística valenciana. Recuperar esa memoria, en forma de carteles, pinturas y esculturas, ha sido labor del propio Company y de Amador Griñó, en tanto comisarios de la muestra.

Uno de los carteles de la exposición 'La modernidad republicana en Valencia', en el MuVIM.

Uno de los carteles de la exposición ‘La modernidad republicana en Valencia’, en el MuVIM.

El diputado de Cultura, Xavier Rius, también habló de esa vuelta del MuVIM. “Es una exposición que marca un cambio de ciclo y de formas”. Atrás, al parecer, quedan los ciclos de Javier Varela, Joan Gregori y Paco Molina, como antecesores de ese otro MuVIM sin ideas o escorado en otra dirección. El nuevo MuVIM arranca con esa recuperación de un periodo olvidado. Y lo hace con más de 200 carteles, pinturas, esculturas y fotografías reveladores del potencial artístico de esa época. “Es un homenaje a todos los artistas con independencia del signo ideológico”, puntualizó Company.

Como recuerda Vicenç Altaió i Morral, en una de las inscripciones de la muestra, “la cultura pasa por encima de las vicisitudes de la fatalidad política”. Y la fatalidad, no exenta de proclamas enfervorizadas, ya sea a favor del pueblo contra la opresión fascista o de la patria amenazada por el fantasma (siguiendo a Marx) del comunismo, está muy presente en La modernidad republicana en Valencia, que lleva por subtítulo Innovaciones y pervivencias en el arte figurativo (1928-1942). Fatalidad o exaltación, en todo caso, “bien pluralista” (Company) y salpicada de artistas de enorme valía, como Josep Renau, Artur Ballester, Manuel Monleón, Carmen Gracia, Rafael Pérez Contel, Alfred Claros, Ricard Boix, Amadeo Roca, Teodoro Andreu o Balbino Giner.

Cartel de la exposición 'La modernidad republicana en Valencia', en el MuVIM.

Cartel de la exposición ‘La modernidad republicana en Valencia’, en el MuVIM.

La exposición refleja con todo ese potencial artístico desde la primera dictadura de Miguel Primo de Rivera a la Dictablanda de Dámaso Berenguer, pasando por la República, en sus diferentes fases, hasta la Guerra Civil y posterior dictadura de Franco. Como señaló María José Gil, directora del Archivo de la Diputación de Valencia, los documentos expuestos son “como testigos de la historia”, que gracias al archivo foral “todavía por descubrir” revelan la realidad política y social de tan convulso periodo.

Hay carteles propagandísticos, taurinos, festivos, pinturas y esculturas que vienen a recoger todo el fragor de la época. Destacan sobremanera el de la mujer con bandera republicana proclamando la libertad, ‘La piedad’ de Alfred Claros, el cuadro ‘Bombardeos’ de Eleuterio Bauset, el retrato del Caudillo hecho por Josep Segrelles, ‘La bestia fascista’ de Boix, o el escudo de la España franquista con los retratos de Hitler, Mussolini, Salazar y Franco. También los numerosos carteles, de uno u otro signo, subrayando la exaltación del pueblo con lemas tan llamativos como: “La patria está en peligro. España contra la revolución y sus cómplices”.

La modernidad republicana en Valencia. MuVIM.

La modernidad republicana en Valencia. MuVIM.

“En el campo del arte figurativo convivían diferentes tendencias, desde aquellas que ya apostaban por la innovación, hasta las que mostraban la continuidad del sorollismo o el benlliurismo e, incluso, la pervivencia de tradiciones todavía más antiguas”, explican los comisarios. Un pluralismo estético y, sin duda, ideológico como revelación de un periodo olvidado que el nuevo MuVIM rescata, gracias a los fondos de la propia Diputación, de museos y de colecciones tanto públicas como privadas. Rafael Company, a punto de saltársele las lágrimas, ha visto cumplido el sueño de mostrar a los valencianos aquella modernidad republicana.

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Obra de Eleuterio Bauset, en la exposición 'La modernidad republicana en Valencia', en el MuVIM.

Obra de Eleuterio Bauset, en la exposición ‘La modernidad republicana en Valencia’, en el MuVIM.

Imagen de la exposición en el MuVIM.

En primer término, escultura ‘La bestia fascista’, de Manolo Boix, en la exposición del MuVIM.

Salva Torres

El incendio y la palabra de Mery Sales

Centre Cultural La Nau
Universitat, 2
Valencia
Hasta el 17 de enero de 2016

El origen de “El incendio y la palabra” germinó cuando Mery Sales (Valencia, 1970) descubrió a Hannah Arendt (Hannover, Alemania 1906-Nueva York, EEUU 1975). Sucedió mientras investigaba a Richter para su tesis doctoral. Entre otras cosas -por citar algo perceptible-, con éste último tiene en común el uso del borroneado sobre la imagen en la pintura, y cuando un artista capta el lenguaje de su obra en otro artista que le precede en el tiempo puede hacer dos cosas, mirar para otro lado o seguir el camino de la investigación. Y así, investigando y enlazando información de Gerhard Richter (Dresde, Alemania-1932) dio con Arendt, cuya vida y obra ha inspirado el proyecto.

Detalle de "El incendio y la palabra" de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

Detalle de “El incendio y la palabra” de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

“De Arendt hay mucho de lo que poder hablar y debatir” -dice Mery Sales- “Y espero que la exposición contribuya a recuperar su legado”.

Argumentos no le faltan a Sales, pues la vida de Arendt transcurre entre avatares de esa etapa histórica dramática y contradictoria que le tocó vivir. Explotada, discutida, cuestionada y también criticada, su obra es una de las más brillantes y ricas que se puede encontrar en el plano de la política y la filosofía práctica del s. XX. Tras huir de la persecución y privación de los derechos a los judíos, Arendt buscó refugio en EEUU. Corría la primera mitad de la década de los años treinta y durante un tiempo sobrevivió sin identidad oficial, ya que el régimen nazi le retiró la nacionalidad.

"El coro", de Mery Sales. De "El incendio y la palabra. Imagen Vicente Chambó.

“El coro”, de Mery Sales. De “El incendio y la palabra”. Imagen Vicente Chambó.

En referencia a huídas, exilios y supervivencia, Hannah Arendt hizo una compativa infrecuente de una -entre millones- de las tragedias de de su tiempo. Walter Benjamin se suicidó en la frontera franco-española el 26 de septiembre de 1940. Había llegado hasta allí mermado de salud para dirigirse hasta Nueva York, pero esa noche se cerró la frontera y las autoridades españolas no dieron el visto bueno a los visados. Al recibir la noticia, Benjamin se encontraba en Port-Bou y se suicidó. El día siguiente la frontera se abrió y todos pudieron pasar al otro lado. Arendt señala que Benjamin llegó a destiempo: unas horas antes o unas horas después hubieran cambiado la historia. A Richter le podía haber ocurrido lo mismo, pero las constelaciones le fueron propicias pues cinco meses después de que emprendiera el exilio el día 13 de agosto de 1961, la frontera entre las dos Alemanias fue clausurada con el muro de Berlín y los viajes de un lado al otro prohibidos.

Detalles de "El incendio y la palabra", de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

Detalles de “El incendio y la palabra”, de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

Las diferentes suertes de Benjamin y Richter no son más que un ejemplo excepcional en el tiempo que vivió Arendt, y la magnitud de lo que devino de aquellos lodos, es revisado, interpretado y adaptado a la actualidad con una mirada crítica por Sales.

“Es la exposición más comprometida que he realizado hasta la fecha” –confiesa Sales con humildad- y sin duda lo es a nivel social y político, aunque es de justicia añadir que con el oficio de pintar y en la forma de vivir como artista, Mery Sales siempre ha estado comprometida, algo conocido en su entorno y fuera de él.

“Para amar el mundo nos tenemos que conciliar con él, lo más difícil es amar el mundo tal y como es, con todo el mal y el sufrimiento que hay en él, sin crítica ni rechazo despectivo, con inquebrantable voluntad de afrontar y comprender lo que es” –continúa Sales- recordando a Arendt en su concepto de Amor Mundi, o amor aplicado a la vida.

Y desde su estudiado concepto de amor de San Agustín, su incursión en la banalidad del mal o la correspondencia mantenida con Karl Jaspers todo conduce a que la aplicación del amor al mundo era algo más que retórica. La propia historia de amor y perdón mantenida con su profesor de filosofía Martin Heidegger, criticado por su encumbramiento en la etapa del régimen Nazi por antisemita, y con quien mantuvo una apasionante historia de la que se conservan cartas escritas hasta un año antes de la muerte de ambos en 1975 y 1976 respectivamente así lo demuestran. El romance se había iniciado cuando Heidegger tenía 35 años y estaba casado, y ella era judía y tenía 17.

Ante el "Muro de la violencia". Parte de "El incendio y la palabra" de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

Ante el “Muro de la violencia”. Parte de “El incendio y la palabra” de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

En cuanto a lo didáctico, y siguiendo el precepto “No hay exposición sin reflexión”, el recorrido artístico va de la mano de un complemento narrativo en forma de frases y textos breves escogidos con mucha sensibilidad. De la parte productiva surge la gracia estética que identifica a Mery Sales, aunque no es lo que aparenta, “Es importante que la pintura sea amable para atraer la atención del espectador y que un contenido duro pueda enganchar al público y siga mirando” -afirma Mery Sales-. Por otro lado, la condición de docente y artista se concreta en una combinación beneficiosa de la que sale favorecido el espectador.

Y continuando con la verdadera base del proyecto, la referida estética propia de Sales enlaza y es coherente con una evolución sinceramente atractiva, en la que a pesar de lo aparente, la tiranía de la belleza y la necesidad de someter a debate la esclavitud del aspecto físico y su relación con la frivolidad y el vacío interior están presentes, y como eco de sus propias palabras al respecto, citaremos un par de ejemplos: el llamado “Muro de la violencia”, -en el que destacan diversas obras relacionadas con el mal a través de acontecimientos trágicos- y la pieza que ocupa el final de la exposición, un óleo apaisado de grandes dimensiones que representa un fragmento hermoso del mar. El cuadro, de un atractivo que roza lo hechicero, sugiere lo inquietante que puede llegar a ser el mar en medio de un temporal, una alegoría al mal y una advertencia, la perversidad puede presentarse disfrazada y ser cruel como “el mirar a otro lado”.

Hacia 1934, Martin Heidegger hace un canto a los valores del nazismo en su discurso de toma de posesión como rector en la Universidad de Friburgo, lo que debió ser demoledor para Hannah Arendt, perseguida por la Gestapo coincidiendo con esas fechas sin que su ex amante hiciera nada por evitarlo. Tan solo dos años antes, en una carta de 1932, Heidegger había negado con indignación la menor participación en la exclusión de judíos de sus seminarios.

Detalle de "El incendio y la palabra" de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

Detalle de “El incendio y la palabra” de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

Sobre el formato circular y la distribución estratégica de algunas de las piezas que componen el citado “Muro de la violencia”, -Sales apunta- “Las curvas no tratan de cerrar, sino de condensar”.

¿Y quién mejor que la propia artista -que ha concebido la obra ex profeso- para organizar el orden y el discurso de la misma?

Seguramente, a la mayoría de visitantes les pasará por alto que la comisaria de la exposición es la propia Mery Sales. La aleación resultante, autora-comisaria-docente, se cataliza para proclamar la importancia de la educación y la formación como vehículos para mejorar la sociedad.

Detalle de "El incendio y la palabra", de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

Detalle de “El incendio y la palabra”, de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

En cuanto al cuidado de la exposición, no cabe discusión cuando se trata de una muestra colectiva o una retrospectiva de autor desaparecido, donde en el proceso de investigación y elaboración teórica es fundamental el papel del comisario, pero hay margen de debate cuando las condiciones del proyecto son particularmente personales. En este caso, la exposición es la tercera del Patronato Martínez Guerricabeitia cuyo comisario es el propio creador, las anteriores a cargo de Chema López y de Mavi Escamilla en el año en curso, ambos dos, polifacéticos, compatibles y de capacidad para cuidar de su proyecto. Respecto a este tema, artistas como Aurora Valero hace años que han hecho declaraciones críticas (sin dar nombres) respecto a algunos “comisarios estrella” por acaparar el protagonismo que le corresponde al artista, y máxime cuando éste es el autor del proyecto, vive, sigue en activo y tiene capacidad. Como es el caso de Mery Sales, que confiesa respetar la figura del comisario, a la vez que se hace respetar en esta faceta. Es evidente.

Y volviendo a la vertiente didáctica del proyecto, –Sales- se siente reconocida en su personaje, “Arendt también tiene mensajes para gente alejada del arte contemporáneo, y la exposición pretende ser didáctica por su propio recorrido,  facilitando así el mensaje a través de talleres y visitas guiadas organizadas a su alrededor” –confiesa-.

Hannah Arendt en una imagen del documental. "El incendio y la palabra" de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

Hannah Arendt en una imagen del documental. “El incendio y la palabra” de Mery Sales. Imagen Vicente Chambó.

El recorrido de la exposición se completa con 40 óleos sobre lino o sobre tabla iniciado con un retrato de Hanna Arendt y finalizado con la citada representación del mal, pero antes, en el aludido “Muro de la violencia” se relacionan secuencias terribles que evocan lo mejor o peor de cada personaje o motivo, como es el caso de la imagen del asesinado profesor Broseta, del hundimiento del Prestige, o de Hitler, entre otros. En definitiva, composiciones destinadas a hacer crítica e historia y que reivindican la pintura tradicional como lenguaje artístico. El aspecto visual está reforzado con los citados textos que van situando al espectador, y se complementa con un documental de la vida de Hannah Arendt. Por la generosidad con que Mery Sales ha entregado su pintura al proyecto, bien podríamos pensar en un ejercicio real de amor mundi.

Vicente Chambó

 

Alonso y Gadea: mano a mano desvanguardista

Gabriel Alonso y Antonio Gadea. Mano a mano

Estudio Gabriel Alonso

C / Denia, 23. Valencia

Hasta noviembre

Gabriel Alonso (Ceuta, 1969) y Antonio Gadea (Valencia, 1965) hace ya tiempo que decidieron colgar los guantes de boxeo al que parece abocar el arte de vanguardia (Ramón Gaya lo llamó artes marciales de vanguardia), para explorar viejos territorios figurativos, actualmente en decadencia por el exultante dominio de la abstracción, ya sea analítico racionalista o pasional y desgarrada. Porque hubo un tiempo, sobre todo Gadea, en que ganaban incluso premios practicando cierto informalismo. Hasta que decidieron que el arte contemporáneo, brillando con una luz cegadora que impedía ver sus alargadas sombras, lejos de ofrecer libertad al artista, lo constreñía.

Siringe y Pan, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía del autor

Siringe y Pan, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía del autor

Así lo reconoce el propio Gabriel Alonso, valedor de lo que ha dado en llamar la “desvanguardia”, que vendría a ser lo siguiente: “El progresivo afán de muchos artistas de nuestra generación en pintar cada vez más figurativo, como si de lo que quisiéramos liberarnos fuera de la “libertad” que nos daba la abstracción (o exhibición del lenguaje en sí mismo) que por entonces imperaba en las aulas de bellas artes”. Y como “desvanguardia” sonaba, como le hizo ver un amigo, a desbandada, Gabri Alonso, en lugar de enmendarle la plana al amigo, metió más el dedo en la llaga: “Efectivamente lo es, porque somos muchos los que prefiriendo hacer a explicar hemos ido haciendo nuestro lenguaje pictórico cada vez más “legible” o “descifrable”, actuando de un modo paralelo al público en general, cada vez más indiferente hacia el arte contemporáneo”.

Obra de Antonio Gadea. Imagen cortesía del autor

Obra de Antonio Gadea. Imagen cortesía del autor

Si no fuera por lo poco dados que somos a la reflexión, la “desvanguardia” daría pie a un interesante debate. Porque lo cierto es que esa brecha entre lo figurativo y lo abstracto existe, sin encontrar vías productivas que grapen la herida. De momento, valga ese Mano a mano que sostienen Gabriel Alonso y Antonio Gadea, en el estudio del primero sito en la calle Denia del barrio valenciano de Russafa, para ir abriendo boca. Mediante una figuración entre grotesca (Alonso) e irónica (Gadea), ambos artistas nos confrontan con cierto clasicismo, pero revisitado. Así, la mitología occidental, que aparece mediante figuras reconocibles y títulos explícitos, acaba siendo volteada por la mirada acerada y siempre en alerta de estos dos “marginales” artistas.

Nacimiento de Baco, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía del autor

Nacimiento de Baco, de Gabriel Alonso. Imagen cortesía del autor

Como apunta Gabriel Alonso, en relación a su partenaire, su obra giraría en torno al tema de “cómo la vanguardia ataca al viejo oficio de la pintura, personificado en héroes de la mitología clásica”. Esa tensión arrojadiza entre lo clásico y lo moderno es lo que hace saltar chispas en el Mano a mano entre Alonso y Gadea. No es un duelo en el O.K. Corral del clasicismo forastero enfrentado a los desmanes de la vanguardia mayoritaria, sino un toque de atención para extraer de los incomunicables senderos del arte un productivo diálogo. A no ser que el arte contemporáneo haya decidido separarse de una sociedad que necesita recuperar los espacios simbólicos del arte para articular su siempre conflictiva experiencia.

Antígona esterilizada, de Antonio Gadea. Imagen cortesía del autor

Antígona esterilizada, de Antonio Gadea. Imagen cortesía del autor

  

Salva Torres