«Better humans tomorrow!», Ernesto Casero
Galería pazYcomedias
Pl. Colegio del Patriarca, 5. bajo-dcha
Comisario: José Luis Pérez Pont
Hasta el 31 de octubre de 2015

De la higiene victoriana al fantasma ideológico de la pureza.

Una vez más, lo que se nos presenta bajo la mística apariencia
de ciencia pura y conocimiento objetivo de la naturalez
en el fondo se revela como ideología política, económica y social.
Richard C. Lewontin

Desde que Charles Darwin publicara en 1859 Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida, título que acortó en la segunda edición, han surgido múltiples defensores de una visión de la naturaleza que implica, por un lado, la competición por la supervivencia constituida como el principal mecanismo de evolución de las especies, y por otro, una visión individualista y jerárquica de las poblaciones en la que los individuos considerados “aptos” acaban eliminando y sustituyendo a los “no aptos”, interpretación que, pese a contradecir datos empíricos como las evidencias del registro fósil o los descubrimientos en genética como los genes Hox, sigue constituyendo el paradigma dominante en Biología.

Uno de los primeros pensadores que aplicó estas ideas a las sociedades humanas fue Francis Galton, primo de Darwin, conocido, entre otras cosas, por acuñar el término eugenesia. Para Galton, como para tantos otros preeminentes hombres de ciencia de la Inglaterra victoriana, era importante que, al igual que los ganaderos seleccionan a sus mejores animales para la cría y la reproducción, en las sociedades humanas se siguieran mecanismos de selección similares, para así conseguir sociedades cada vez más perfectas. Otro influyente pensador de la época, Herbert Spencer, autor de la expresión la supervivencia del más apto, abogaba por la supresión de los servicios públicos, como atención médica, educación o subsidios a los desfavorecidos, puesto que para él estas medidas constituían un obstáculo para que la selección natural eliminara a los individuos “no aptos”, contribuyendo así a una progresiva degeneración de la especie en las sociedades occidentales, lo que para Spencer las llevaría inevitablemente hasta su colapso.

Ideas como éstas y derivaciones más radicales, basadas en un supuesto cientifismo pero cargadas de ideología, y en las que bajo una pátina de argumentos pretendidamente biológicos se perseguían objetivos basados en la productividad y el mantenimiento del statu quo, saltaron rápidamente al continente europeo y a Norteamérica. En el primer tercio del siglo XX, y financiadas por fortunas como las de los Carnegie, Rockefeller, Harriman o Kellogg, surgieron en Estados Unidos diversas organizaciones para la promoción de medidas eugenésicas, constituyendo importantes grupos de presión que conducirían a la implementación de leyes de esterilización forzosa en diversos estados. Más de 60.000 personas fueron esterilizadas en este país por ser consideradas portadoras de “rasgos genéticos indeseables”, entre las que se incluían a los llamados “débiles mentales”, delincuentes, inmigrantes y mujeres de etnias minoritarias como los nativos americanos, hispanos o afroamericanos, principalmente. Similares programas de esterilización forzosa fueron llevados a cabo en países como Dinamarca, Islandia, Noruega o Suiza; en algunos, como Canadá o Suecia, estas prácticas se mantuvieron hasta los años 70.

Ernesto Casero, ''Better humans tomorrow!". Cortesía Galería pazYcomedias.
Ernesto Casero, »Better humans tomorrow!». Cortesía Galería pazYcomedias. Foto: Juan Peiró.

La eugenesia como movimiento no sólo abogaba por la mayor tasa de reproducción de los individuos considerados más aptos (eugenesia positiva) o la esterilización de los considerados menos aptos (eugenesia negativa), sino que constituía un conjunto de prácticas relativas a la conducta sexual, la alimentación, la salud, la llamada “higiene racial” y, en definitiva, la implementación de los códigos morales y sociales del pensamiento puritano anglosajón. Constituyó un movimiento del patriciado orientado a evitar la disolución de los valores morales y la estructura social que los legitimaba, patriarcal y racista, amparándose en argumentaciones pseudocientíficas para proveer de una explicación de tintes biológicos a cuestiones de estructura social, como la delincuencia, la pobreza o la segregación racial. Para los eugenistas las personas que ocupaban los puestos más bajos de la pirámide social se encontraban en esa situación porque eran biológicamente inferiores, la estructura social únicamente reflejaba la realidad genética, y para evitar la degeneración de la especie humana la eugenesia proveía de un conjunto de técnicas y medidas gubernamentales orientadas a la mejora del pool genético.

Parte de estas ideas racistas, sexistas, clasistas y discriminatorias han serpenteado a lo largo del siglo XX y han llegado, si bien transformadas en muchos casos en la forma aunque no en el fondo, hasta nuestros días. El determinismo genético o la perspectiva racial del CI continúan siendo caballo de batalla de ideólogos conservadores en todo el mundo, y la utilización mercantilista de la ingeniería genética, producto de una visión utilitarista de la naturaleza, constituye no sólo una importante amenaza a la biodiversidad sino a nuestra propia supervivencia como especie. Un creciente número de científicos reclaman un cambio de paradigma en biología que sea respetuoso no sólo con los seres humanos sino con nuestro planeta, desechando planteamientos simplistas y reduccionistas e integrando los conocimientos de la paleontología, la genética, la biología molecular y la microbiología en un sistema coherente basado en la investigación empírica, no en pre-conceptos e ideologías propios de épocas pasadas, como, por ejemplo, el fantasma ideológico de la pureza.

Durante el siglo pasado, la organización social de las condiciones normativas tendía a situar la pureza en el punto álgido de los valores culturales, permaneciendo así la contaminación en el último eslabón o incluso, en ocasiones, en el eslabón perdido. Esta concepción jerárquica de los valores culturales en torno a la pureza es, en parte, consecuencia de las categorías /trascendentes/ de pureza y contaminación, Dios y la Naturaleza.

En los códigos primarios, la pureza es una subcategoría positiva asociada a la legitimidad, bondad y autoridad, por tanto una categoría asociada un ser supremo. Aunque inalcanzable para el ser humano, éste debe esmerarse por aproximarse a la categoría máxima, estando así, cada vez más cerca de la perfección y la eficiencia. Esto es, presentándose como un abanderado fenomenológico del fantasma ideológico de la pureza.

Muestra del conjunto de obras de la exposición ''Better humans tomorrow!" del artista Ernesto Casero. Cortesía del artista.
Ernesto Casero, »Better humans tomorrow!». Cortesía Galería pazYcomedias. Foto: Juan Peiró.

La obsesión que muestra la sociedad, en el contexto occidental, por la pureza, en términos de limpieza, de desinfección, por lo impoluto, deriva, dicho a modo muy rápido y general, no únicamente de los códigos primarios, sino también de acontecimientos históricos como la revolución industrial. Los hacinamientos de los trabajadores en las ciudades, junto con la falta de recursos, dieron lugar a grandes plagas, al miedo a caer enfermo, al peligro del contagio, y a la necesidad de buscar un remedio para estos riesgos y plagas, lo que supuso para el capitalismo la oportunidad de apropiarse de los remedios, y así explotar los nuevos conocimientos.1 En la búsqueda de soluciones para las grandes epidemias, empezó una lucha contra los gérmenes, una lucha por la desinfección. Comenzó a articularse una lucha por el anhelo del cuerpo desinfectado, íntimamente ligado a las condiciones materiales de los primeros años del capitalismo. Esta lucha, alcanzó su clímax en la época victoriana, con el desarrollo de lo que el colectivo artístico Critical Art Ensemble llaman una disciplina de lo doméstico, una disciplina articulada que genera necesidad y garantía de que los valores patriarcales no serán disueltos, generando una necesidad de la desinfección surge también la necesidad por los productos que la pueden llevar a cabo, los productos de limpieza, unos productos que, por tanto, se vuelven deseables. Por lo que este deseo, como apunta el colectivo, no supone simplemente algo funcional, sino que acontece a modo de neutralizador de la ansiedad provocada por unas biopolíticas hiper-reales.

 Lo que nos interesa retomar de los trabajos desarrollados por el colectivo, junto con profesionales de distintas áreas de conocimiento, entre ellos biólogos, es exponer cómo el miedo y el peligro se llevaron, intencionalmente, al extremo por intereses económicos y de poder, puesto que esta lucha contra los gérmenes suponía, y supone, grandes beneficios para el capitalismo, así como supuso su posterior institucionalización.

Es de especial interés para abordar cuestiones relacionadas a la pureza como valor que debe guiar la existencia, prestar atención a las dos últimas décadas del siglo XIX en las que tanto médicos como científicos identificaron que uno de los focos de enfermedad, los gérmenes, podía residir en el polvo. La conocida empresa Bissell, activa en la actualidad, ofreció entonces una primera solución: las limpiadoras de vapor, un producto que aseguraba la limpieza total, un producto que surge de la lucha contra los gérmenes. Esta intensa lucha, y la aparición de productos para facilitarnos la victoria, convirtió a la higiene en un asunto social, doméstico y personal, lo que generaba, a su vez, el correspondiente miedo a fracasar y caer enfermo. Por tanto, los fabricantes vieron cuan beneficiosa resultaba la bioparanoia: “the great the fear, the better for the household sanitation and disinfectant industries.” Por tanto, la empresa feroz por la pureza ya no permanecía en el desarrollo de los marcos teóricos de ideólogos del capitalismo, sino que se asentaba directamente en la cotidianidad, convirtiendo la lucha contra lo impuro en el emblema de la victoria del fantasma ideológico de la pureza.

Estas estrategias nos enfrentan al constructo de un cuerpo desinfectado de un cuerpo desinfectado, puro, que forma parte de nuestro ideario social, pero que, paradójicamente, es imposible, es un cuerpo inalcanzable, tomando la potencialidad de la metáfora del cuerpo desinfectado en relación a las tesis eugenésicas. No puede existir un cuerpo desinfectado porque sin gérmenes moriríamos, los necesitamos para desarrollar múltiples funciones, y aunque muchos resultan peligrosos para nuestra salud, con otros co-existimos en una relación simbiótica. Pero en cambio, nos dedicamos a fulminar a todas esas bacterias que la publicidad nos ha mostrado como potencialmente peligrosas, ofreciéndonos, a su vez, la solución para acabar con ellas, el producto mediante el cual conseguir un cuerpo desinfectado. Esta búsqueda por la desinfección genera una relación histérica con las bacterias, y también unos beneficios para la industria. Unos beneficios que provienen del constructo artificial del sentirse seguro frente a estos enemigos. De asumir que un cuerpo desinfectado es la única garantía para mantenerse a salvo, la empresa fracasada para combatir una bioparanoia diseñada con un cuerpo ideal imposible, reduciendo la condición humana al ámbito de la biología, fomentando que vivamos bajo la amenaza constante de aquellos impuros que pueden alterar nuestro índice de pureza, y por tanto, legitimando que deban ser erradicados o modificados hasta encontrarse dentro de los parámetros establecidos de pureza y contaminación, promocionando la necesidad de pureza como promoción del bien común.

En el contexto contemporáneo, un contexto híbrido, son diversas las voces que, desde distintos ámbitos del conocimiento, proponen la necesidad de abrir un espacio de reflexión colectiva sobre la necesidad de combatir el paradigma mecanicista-reduccionista del determinismo biológico pasando a una concepción dialéctica que problematiza con una perspectiva utilitarista tanto de los seres humanos como de la naturaleza y el resto de especies con las que convivimos, ya que entendemos que las posibilidades que nos brindan las biotecnologías han evidenciado una concepción errónea de las mismas: confundir el uso de la tecnología como extensión de las facultades humanas, para re-pensarnos, con una voluntad correctiva que no deje margen al error. La obsesión por la corrección y restauración, por la determinación, significa desterrar la incertidumbre en favor de la búsqueda de una certeza, pero esta búsqueda de la certeza no parece ajustarse demasiado a nuestro contexto contemporáneo, cambiante y lleno de incógnitas, donde los seres humanos somos los primeros que navegamos por una existencia dicotómica. Por tanto, si cedemos a la voluntad por corregir toda perturbación, si cedemos al determinismo biológico, entonces deberemos aceptar que en el camino hacia la búsqueda de la certeza absoluta, probablemente perdamos parcelas de libertad, fortaleciendo las bases de un fantasma ideológico que articula las narrativas hegemónicas, que parten de concepciones jerárquicas de los valores culturales y establecen las bases de argumentaciones racistas, sexistas, clasistas y especistas. En contraposición, biólogos, teóricos y artistas apuestan por una concepción dialógica y transversal que aúne todos los conocimientos recabados y que sirva como herramienta para seguir abordando la complejidad de los sistemas desde la integración del error como posibilidad de apertura.

Ernesto Casero / Laura Benítez

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1Para más detalle sobre los diferentes remedios adoptados en las epidemias europeas de la época industrial véase Critical Art Ensemble, “Bioparanoia and the Culture of Control”, 415.