exilio, Juan Tomás Ávila

«El dolor por el exilio es un engaño de la razón»

#MAKMAEntrevistas | Juan Tomás Ávila Laurel: «El dolor por el exilio es un engaño de la razón»
‘El escritor de un país sin librerías’, de Marc Serena
81′
Coproducción España-Guinea Ecuatorial, 2019
Atlàntida Film Fest 2020 | Filmin
Hasta el 27 de agosto
Miércoles 12 de agosto de 2020

Con el atuendo túrbido y lírico que uniforma su título, el periodista, escritor y cineasta Marc Serena (Manresa, 1983) rubrica su cuarto documental, ‘El escritor de un país sin librerías‘; un filme sustentado por el vívido, reflexivo y comprometido testimonio del escritor ecuatoguineano Juan Tomás Ávila Laurel (Annobón, Guinea Ecuatorial, 1966).

Un prolífico autor residente en Valldoreix (San Cugat del Vallés, Barcelona) desde hace varios años, cuya obra –escrita en castellano y que transita por los géneros de la novela, el ensayo, la poesía o el teatro– goza de un refrendo académico internacional –no en vano, fue galardonado en 2003 con el ‘Joseph G. Astman Distinguised Conference Scholar’ por la Universidad de Hofstra de Nuevo York– que no ha encontrado el justo y merecido acomodo entre la industria editorial española.

De este modo, ‘El escritor de un país sin librerías’ –que forma parte de la sección ‘Muros y Fronteras’ del 10º Atlàntida Film Fest (en Filmin hasta el 27 de agosto)– transita tras los pasos inmediatos y biográficos de Juan Tomás Ávila con el fin de esclarecer los ecos del pasado colonial español en Guinea Ecuatorial y, aún más relevante, procurar una mirada radiográfica al sombrío presente del país, sometido a los dictados de su presidente y jefe de Estado, Teodoro Obiang (Acoacán, 1942), quien gobierna, despótico y totalitario, desde hace cuatro décadas, cosechando la infame virtud de haber empobrecido dramáticamente a la población de una región acaudalada en yacimientos petrolíferos y recursos naturales.

exilio, Juan Tomás Ávila,

Un documental que cuenta, a la par, con las aserciones y denuncias de camaradas activistas, profesores y músicos –como el rapero Negro Bey–, que auxilian a iluminar un vasto y obscuro territorio de nuestra reciente historia geopolítica, hacia la que hemos ofrecido la gélida espalda de la ignorante desidia.

Un país que transita huérfano de librerías implica carecer de industria editorial, redes de distribución y el contacto inmediato y último con la literatura. ¿Qué acceso y experiencia cultural atesoran o disponen los ecuatoguineanos?

Supongo que estaría hablando de experiencia cultural foránea. Pues poca, francamente. Además, al haber mucha gente que ha desarrollado su vida en las ciudades ha hecho que lo que podría llamarse experiencia cultural nativa no haya tenido mella en ella. Y, entonces, hay muchos guineanos que no han tenido ninguna inmersión o contacto serio con ninguna experiencia cultural, y a los que ciertos hechos culturales podrían resultar tediosos.

Entonces, podría decir que ahora mismo no recuerdo que hubiera ninguna editorial, por más que en los últimos años se hiciera presente la posibilidad de autoediciones, aprovechando cierta disponibilidad dineraria y el auge de editoriales que se prestan a esta modalidad. El traslado y la distribución de estos libros suele correr a cargo de los autores y en dimensiones testimoniales.

Hay bastantes guineanos que han estado en España por muchas razones y supongo que habrían tenido la oportunidad de un contacto distinto con cualquier hecho cultural, pero a ellos les afectarían unas condiciones también duras. En realidad, la afición por la lectura debe empezar a cierta edad, y no precisamente cuando se tienen ciertas obligaciones a cuestas, como afianzarse en una carrera en el extranjero. Digamos que el que no lee de niño o adolescente, difícilmente lo hará de adulto.

En tales circunstancias, ¿cómo ha forjado su condición de lector, primero, y su ulterior constitución como escritor? ¿Con qué referencias convivía desde sus primeras inquietudes literarias?

Yo leí lo que me encontré, o no leí. Aprendí a leer con libros de temática católica y hasta ahora recuerdo, por ejemplo, un párrafo que decía: “Los reyes magos adoraron al Niño-Dios, a quien ofrecieron espléndidos regalos”. Bueno, no entendía lo que decía, por más que de Dios hubiera oído mucho. Hasta que acabé el bachillerato los guineanos seguían un temario de literatura similar a un alumno español, solo que, según dónde haya tenido suerte de estar matriculado, sin libros y con malos profesores.

Entonces, mis referencias serían los clásicos españoles y de los primeros que se ven en el temario. Así, en más de una ocasión dije que un escritor al que consideraba con muchos registros era Quevedo. En todo caso, también suelo decir, y porque lo creo, que un escritor nace, así que las escasas referencias y lecturas no impidieron que deviniera en escritor.

Ni siquiera pudimos tener como referencia a los primeros guineanos que escribieron; uno, porque tampoco eran mencionados en el temario, y, lo segundo, porque durante los primeros años de la Guinea independiente apenas se enseñaban más que estupideces del dictador en el poder.

Exilio, Juan Tomás Ávila,
Juan Tomás Ávila en una escena del documental ‘El escritor de un país sin librerías’, de Marc Serena. Fotografía cortesía de Atlàntida Film Fest.

Tal y como se apunta en el documental, en su primer apellido, Ávila, porta consigo la herencia colonial española. ¿Supura, aún, como una herida infecta, ese legado?

Sí que es herencia colonial española, pero no supura nada. Ocurre que los annoboneses aceptaron estos nombres porque no creían que iban a tener la transcendencia que tuvieron. Y es que ellos, sobre todo los adultos, siguen utilizando los nombres nativos que las circunstancias de su cultura impusieron. Si no hubiera sido por la escolarización de ellos, y en una escuela colonial o por la continuación de la educación colonial que adoptó Guinea, muchos annoboneses no hubieran usado estos nombres jamás.

De hecho, entre ellos estos nombres reciben el apelativo de “nombre de escuela”. Entonces, hay muchos que murieron cuyos nombres coloniales nadie conoció, porque eran conocidos de otra manera. Que no supure no significa que no haya quedado la cicatriz de la imposición, que molesta a los jóvenes que son sensibles ante las imposiciones del pasado.

¿Debe considerarse su más reciente novela, ‘Cuando a Guinea se iba por mar’, una síntesis esclarecedora de la lacerante memoria política de su país?

Es una novela con pretensión de que se recuerde la historia colonial y se haga un recorrido por sus interacciones vitales, si puede decirse. Y como es un libro limitado y la historia siempre es más larga y profunda, es imposible abarcarla con un solo libro. En todo caso, o en este, es un acercamiento a ciertos temas capitales que configuran el alma guineana, diríamos.

Al margen de la oficialidad de lengua española, ¿son apreciables los vestigios sociales y culturales de su pasado reciente en la Guinea Ecuatorial contemporánea?

Sí. En las ciudades guineanas se puede tomar un desayuno líquido, cuando en otras condiciones nuestro desayuno hubiera sido más consistente. Todo el catolicismo es colonial y, de cuando en cuando, hacen misas en latín, o al menos parte de ella, y la gente se saluda con un apretón de manos o con dos besos. Bien, si no son vestigios sociales de España, se parecen.

En todo caso, y ahora que se puede, mucha gente ve los telediarios de España como si fuera del país propio. Al ser un país que heredó el calendario cristiano de España, sigue las mismas festividades y tiene fiestas patronales. Esto creo que es español, por más que su desarrollo se ajuste a las costumbres locales.

¿Cuáles fueron las condiciones y motivos de su huida forzosa del país, en febrero de 2011?

En el año 2011 salí del país durante una huelga de hambre que hice en protesta por la visita de una delegación del Congreso de los Diputados de España al dictador. Durante la misma vi que los embajadores de ciertos países, que algunos creían que tenían interés por la democratización de Guinea, no tenían este interés, además de que lo que me pasara en la misma no sería de su interés. Actuaron como si fuera un delito enfrentarse a un dictador. Bueno, lo vi claro.

Tras casi una década de residencia en España, ¿experimenta sobre sí mismo y sobre su obra una ineludible condición de exilio? ¿Aspira a desterrarla?

¿Desterrar la condición de exilio? ¿Por qué habría que hacerlo? No siempre un autor puede saber a qué “huelen” sus libros. En todo caso, depende mucho del género. He de decir que no hablo de Guinea en tono nostálgico porque, desde el año 2014, he visitado anualmente el país. Si yo creyese que no pudiera aguantar fuera de Guinea, me iría.

En todo caso, las razones por las que el exilio es una situación dolorosa descansan en que, muchas veces, el sujeto siente que en su país no se dan las condiciones óptimas para vivir, y esto hace mella en la gente que lo mira desde la distancia. Lo dije una vez: el dolor por el exilio es un engaño de la razón, por más que hoy hayan nacido cientos de personas que hacen difícil que cualquiera que sale de su país, por cualquier circunstancia, no pueda instalarse en otro. Es decir, aún cuando lo dejaran instalarse, lo sentiría igualmente, por más que las condiciones nuevas fueran mejores que las anteriores.

Sentenciaba la escritora chilena Isabel Allende que “el exiliado mira hacia el pasado, lamiéndose las heridas; el inmigrante mira hacia el futuro, dispuesto a aprovechar las oportunidades a su alcance”. ¿Hacia dónde dirige su mirada existencial y literaria Juan Tomás Ávila?

No es que miran, sino que se instalan en el pasado. Mucha gente pierde mucho tiempo buscando las oportunidades de volver. Ya he hablado del engaño de la razón. Y es que el hecho de que tu pasado estuvo ligado a un tipo de supervivencia te hace creer que en tu tierra estarías mejor. Bueno, ya saben que no solo de pan vive el género humano.

Un inmigrante es alguien que no está afectado por este engaño. Tenemos que decir que hay mucha gente que no cree que la gente se merezca esta oportunidad. De repente, uno dice que un país es suyo, como si dijera que el Océano Índico es suyo. Yo creo que se me debe publicar y leer más para que la gente saque las conclusiones de esta pregunta por su cuenta.

¿Confía en que ‘El escritor de un país sin librerías’ auxilie a situar su obra en castellano con semejante relevancia a la que goza en la industria editorial internacional?

Deseo que pase cualquier cosa buena con ‘El escritor de un país sin librerías’. Por mi parte, y por parte de otra gente, ya nos hemos dado cuenta de que hay gente que no quiere situar según qué en ninguna escena. Entonces, esperamos que el documental les ayude a decidir. Ya sabemos que sobre el cine hay mucha más luz que la labor cuasi anónima de un escritor anémico. O de un escritor carente de un potente barco para cruzar el mar de la indiferencia que muchos suelen pretender crear.

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El escritor Juan Tomás Ávila. Foto: Josep Gutiérrez.

Jose Ramón Alarcón

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