Una compañía infernal

Cabaret Gótico, de El Circo de los Horrores
Carpa situada en el cauce del río Turia
Puente de las Flores. Valencia
Hasta el 13 de noviembre de 2016

Decía Mark Twain que prefería el paraíso por el clima, pero el infierno por la compañía. Cabaret Maldito, que viene a cerrar la trilogía que Circo de los Horrores inició con el propio nombre de la compañía y siguió con Manicomio, es el sitio ideal para ello. Con Lucifer (Dani Román) ejerciendo de maestro de ceremonias, invita a los valencianos a pecar en la catedral gótica instalada en el cauce del Turia, junto al Puente de las Flores. La mezcla de física (circo) y química (cabaret) da como resultado un espectáculo que saca “el lado oscuro de todo el mundo”, señala Rafael González, productor del renovado show.

Escena de Cabaret Maldito.

Escena de Cabaret Maldito. El Circo de los Horrores.

Más de 30 actores, bailarines y acróbatas dan vida a ese infierno que en su primera semana en Valencia ya ha colgado del cartel de todo vendido. “La gente se desinhibe y saca su parte más canalla, disfrutando a tope”, apunta González, que invita al publico valenciano “a que vengan a vender su alma”. Por el escenario de ese Cabaret Maldito, cuya idea original es de Suso Silva, van desfilando diversos personajes cuyos números sensuales y provocadores incitan a sumergirse en “los deseos más negros y profundos”.

La sinopsis del espectáculo habla de un infierno donde “no existen reglas, ni prohibiciones, ni tabúes” y donde dar rienda suelta “a los instintos más primitivos del género humano”. ¿Es para tanto? “No somos la voz más transgresora, porque este show hace 30 años hubiera sido más rechazable”, pero el productor sí asegura que el espectáculo “saca nuestro lado más gamberro”. Reconoce que la sociedad ha evolucionado, que ya no asusta tanto ver un desnudo (que los hay en Cabaret Maldito), sobre todo “cuando las cosas que vemos por ahí fuera son muchas veces más fuertes de lo que ocurre aquí dentro”.

Cabaret Maldito.

Imagen promocional de Cabaret Maldito.

Y lo que ahí ocurre, y viene ocurriendo desde que hace 10 años iniciara su andadura Circo de los Horrores, es que la fusión de técnicas (teatro, circo, cabaret) y la “profesionalidad” de sus integrantes “ha logrado el éxito que nos ha permitido desarrollar la trilogía que llega a su fin con Cabaret Maldito”. ¿A su fin? “Bueno, Lucifer es un gran mentiroso”, deja caer González. Y añade: “El circo siempre ha sido tratado como el hermano pequeño de las artes escénicas, cuando por el número de espectadores está demostrado que funciona muy bien”.

Ahí está el Circo del Sol para demostrarlo y, ahora, el propio Circo de los Horrores. “Ellos [ por el Circo del Sol] son la perfección, nosotros además tenemos alma”. El alma que quiere que vendan los valencianos a su entrada al espectáculo, donde caben todos: “Los horrores atraen por igual a gente de todo tipo, desde los más góticos a los más pijos”. Todo ello gracias a la atmósfera inquietante creada por Miguel Brayda, el diseño de luces de Juanjo Llorens, la coreografía de Lola González y la música de José Luis Chicote, que versiona clásicos del pop y del rock, junto a composiciones propias.

El plantel de Cabaret Maldito.

El plantel de Cabaret Maldito. El Circo de los Horrores.

Cabaret Maldito estará en Valencia hasta el 13 de noviembre, coincidiendo con Halloween. “No somos un show para Halloween, pero qué mejor sitio para celebrarlo que éste”, subraya González, de tradición familiar circense, que ha querido junto a su hermano Manuel como productores darle ese toque contemporáneo al circo de toda la vida. “Esa mezcla de circo y cabaret es lo que nos distingue”.

Dani Román, caracterizado como Lucifer, dejó entrever en una de las piezas cierta crítica hacia quienes miran por encima del hombro este tipo de espectáculos. “Esto es cultura, es arte, y el que lo cuestiona va mal”, enfatizó Rafa González, rodeado de los 35 personajes víctimas de los siete pecados capitales. “El ser humano necesita este toque de adrenalina”, insistió el productor. Cabaret Maldito, como diría Bataille, une las pasiones de la santa, que llena de pudor aparta la vista del voluptuoso, con las del perverso. En la catedral gótica instalada en el cauce del Turia repican por igual todos los sentidos.

Cabaret Maldito.

Cabaret Maldito, de El Circo de los Horrores.

Salva Torres

¿No les suena ‘La Traca’?

La Traca. La transgresión como norma
La Nau de la Universitat de València
C / Universitat, 2. València
Hasta el 15 de enero de 2017

Durante un tiempo la ciudad de Valencia produjo la revista de mayor tirada de España y también la más polémica y jocosa. Su propietario, Vicente Miguel Carceller, era además el editor más importante del país, pero el destino de ambos se interrumpió súbita y fatalmente por compartir compromiso antifascista: la publicación tuvo que dejar de editarse y Carceller fue fusilado. La Universitat de València recupera esta historia en la exposición ‘Revista La Traca. La transgresión como norma’.

La primera exposición que se realiza sobre esta publicación, que vio la luz entre finales del siglo XIX y el fin de la II República, recupera una extensa documentación que no se ha mostrado públicamente. Portadas y números completos de ‘La Traca’, ejemplares todos de gran valor que pudieron salvarse, ya que en su mayoría fueron destruidos durante el régimen franquista. La muestra podrá visitarse hasta el próximo 15 de enero en la Sala Estudi General del Centre Cultural La Nau de la Universitat de València.

Revista La Traca. Imagen cortesía de La Nau.

Revista La Traca. Imagen cortesía de La Nau.

El vicerrector de Cultura e Igualdad, Antonio Ariño, señala el carácter popular de esta publicación satírica y, cómo, a través de esta muestra única, la Universitat de València rinde homenaje no solo a ‘La Traca’, sino también al conjunto de la cultura popular satírica valenciana. Asimismo, destaca el mensaje homogéneo de ‘La Traca’ que llegaba a toda la sociedad, a diferencia de Internet que propicia una forma diferente de circular la información.

Antonio Ariño estuvo acompañado en la presentación de la muestra por los comisarios, los profesores Antonio Laguna y Francesc-Andreu Martínez, para quienes esta exposición no solo reconstruye la historia del semanario y de su editor, sino también la de una cultura popular alternativa que cuajó en la Valencia de los años 30 del siglo XX a través de ‘La Traca’. Aquel semanario, que se escribía en valenciano frente a la cultura oficial en castellano, fue importante porque reflejó una cultura alternativa, a la contra, inmisericorde con la corrupción y que reivindicó la fiesta laica y popular.

Tanto Laguna como Martínez reconocen la singularidad de esta exposición producida por la Universitat de València: “No solo es la primera exposición que se realiza sobre este semanario, es que además reúne auténticas piezas de coleccionista, ya que los ejemplares que se conservan sobre ‘La Traca’ son una rareza”, coinciden ambos, que agradecen el apoyo de la Universitat por la realización de esta muestra, así como la aportación del coleccionista y erudito Rafael Solaz, crucial para reunir el material exhibido, y la ayuda de la Biblioteca Valenciana y de las Hemerotecas Municipales de Valencia y Madrid.

Revista La Traca. Imagen cortesía de La Nau.

Revista La Traca. Imagen cortesía de La Nau.

Martínez reivindica, además, la figura del editor valenciano Vicente Miguel Carceller (1890-1940), el hombre que editó ‘La Traca’ desde 1909 y que fue el creador de un imperio editorial, al conseguir que sus publicaciones -más de una decena-, fueran las más leídas de España, siendo el primer editor que consiguió superar el medio millón de ejemplares con ‘La Traca’ en 1931. Un total de 50 familias entre impresores, redactores, grabadores, dibujantes, personal administrativo y otros trabajaban para las publicaciones de Carceller. Pero que ‘La Traca’ fuera casi la única publicación en caricaturizar la figura de Franco tuvo consecuencias: Carceller fue fusilado en junio de 1940 en los muros del cementerio de Paterna y su obra fue destruida. Esta exposición pretende dar a conocer la historia del semanario.

La exposición, ubicada en la Sala Estudi General, está estructurada en 10 secciones, en las que se analiza, entre otras cuestiones, el papel de ‘La Traca’ en el periodismo, la figura de Carceller o las señas de esta publicación, símbolo de la República, el anticlericalismo y el erotismo, que marcaron la cultura alternativa de la época.

‘La Traca’ fue la heredera de una prensa satírica que nació a principios del siglo XIX, un periodismo que vivió su primera edad de oro entre 1868 y 1874. Tramoyeres (1880-81) contabiliza 101 periódicos entre 1868 y 1874 aparecidos en la ciudad de Valencia, de los que 28 fueron satíricos. La mayor parte de ellos eran republicanos o carlistas, lo que indica que se dirigían a un público que compartía características intelectuales y económicas; un público iletrado que requería de imágenes y nuevas formas narrativas.

La conexión entre la prensa satírica y la primera ‘Traca’ se llama Constantí Llombart, que fue su inspirador a través de las publicaciones que impulsó. En noviembre de 1884, los hijos políticos de Llombart, Manuel Lluch Soler y Luis Cebrián Mezquita, creaban ‘La Traca, Semanari pa la chent de tro’. Con todo, el protagonista indiscutible de ‘La Traca’ es Vicent Miguel Carceller (1890-1940), no solo por retomar en 1909 la cabecera creada por Lluch Soler dos décadas atrás, sino por dotarla de todos los ingredientes que acabarán convirtiéndola en la publicación señera del valencianismo que Sanchis Guarner denominó de “espardeña”, es decir, popular.

Revista La Traca. Imagen cortesía de La Nau.

Revista La Traca. Imagen cortesía de La Nau.

‘La Traca’ fue denunciada insistentemente a lo largo de su existencia, no solo por la crítica política que pudiera efectuar, cuanto por los dibujos y el contenido sexual que pudiera sugerir. En 1913 tuvo tres denuncias interpuestas por el fiscal por sus dibujos “pecaminosos”, que conllevaban una sanción económica de entre 25 y 125 pesetas, además del secuestro de la tirada, incluidos los clichés.

A pesar de las multas, el éxito de la publicación fue rotundo: en el balance que efectuaba en 1913 informaba tener una tirada de 12.000 ejemplares, lo que se traducía en unos ingresos que se aproximarían a las 500 pesetas semanales. Las claves de este éxito radican en la conjunción de múltiples factores, entre los que se encontraba su precio de venta, ‘una aguileta’ (5 céntimos), al alcance de cualquiera, la originalidad y la comicidad de sus contenidos.

Suspendida con la dictadura, reaparecida con la República, desde entonces, en abril de 1931, ‘La Traca’ multiplica sus contenidos para hacerse más didáctica, más visual, más provocativa. El anticlericalismo y el erotismo fueron marcas de la casa, por eso ocupan dos secciones de la exposición. El erotismo, que Carceller exprime hasta donde fiscales y jueces lo permitieron, con el fin de ganar lectores y dinero. Pero en ambos ámbitos siempre discurren con sutileza, en un velado juego de metáforas y de alusiones indirectas.

En 1934, con la llegada de la derecha al poder, la revista quedó silenciada, y la editorial que la publicaba, desmantelada. Después, con el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, la publicación que más ejemplares había sido capaz de vender en la historia del periodismo español volvió a reaparecer. Con el inicio de la Guerra Civil, ‘La Traca’, por su incidencia social, deja de tener un sentido comercial para pasar a ser, por encima de todo, un potente medio de propaganda, hasta su fin en 1938.

 

La belleza convulsa de Liliana Maresca

Retrospectiva de Liliana Maresca
Espaivisor
C / Carrasquer, 2. Valencia
Hasta el 15 de abril de 2016

“Busco una fisura hacia otra realidad…Porque esta se agota rápidamente”. Dicho y hecho. Liliana Maresca (1951-1994) encontró esa fisura que buscaba, de tanto intentarlo con su obra transgresora. De manera que se topó bien pronto con la muerte. Tenía 43 años, dedicados a hurgar en la belleza con los materiales punzantes de su intensa, apasionada creatividad. Quería tanta autenticidad, que no dudó en jugar con los límites que separan la vida de la muerte.

El arte es representación, porque de lo real sólo podemos saber por vía interpuesta. Pero Maresca quiso siempre forzar esa representación, con el fin de hallar la esencia de las cosas. Y la esencia, en muchos casos, tenía cierto sabor letal. La galería Espaivisor de Valencia da cuenta de tan excesiva creatividad en la primera retrospectiva de su obra en España. Lo hace mediante fotografías, piezas de escultura, un video, recortes de prensa, escritos a máquina y documentos performance, en los que aflora, por muy distintos que sean los soportes, su vena artística siempre al borde del colapso, del agujero negro que todo lo engulle.

Su intensa actividad en las décadas de los 80 y 90 en la Argentina postdictatorial alumbró exposiciones que tan pronto denunciaban aspectos relacionados con el Descubrimiento de América, como con las abusivas leyes del actual mercado capitalista. Se rodeaba de artistas plásticos, músicos o actores con los que montaba singulares y provocadoras escenografías. Hacía lo propio en su serie de fotografías, realizadas por Marcos López, en las que se representaba a sí misma desnuda tras objetos que parecían subrayar el esqueleto de su anatomía. No era la Frida Kahlo de la columna vertebral rota, pero se asemejaba.

Liliana Maresca en una de sus fotografías performance realizada por Marcos López. Imagen cortesía de Espaivisor.

Liliana Maresca en una de sus fotografías performance realizada por Marcos López. Imagen cortesía de Espaivisor.

“Mi misión es molestar, hacer cosas que sean una patada en los huevos”

En la exposición de Espaivisor hay numerosos recortes de prensa que recogen algunas de sus declaraciones más apasionadas, fruto del sentimiento que revelaba su propio arte. “Yo creo que mi misión en la vida es molestar. Hacer cosas que sean una patada en los huevos”. A punto de morir, casi a modo de testamento, produjo una muestra cuyo título ya manifiesta su inquebrantable pulso vital: ‘Frenesí’. Un frenesí que arramblaba con todo, incluido el sistema que viene a controlar tamaños excesos. “Si el sistema permite la existencia de algo que se escapa de él, es para inocularlo luego”.

Para que tal cosa no sucediera, Liliana Maresca no cejó en su empeño de violentar los límites en cuyo interior yace la paz. O no. “Si nuestros trabajos produjeran violencia es porque ella está en la realidad, en los dibujos animados, en los noticieros, en la calle”. Sabedora de esa violencia que nos habita, más allá de la candidez rousseauniana, Maresca desplegó toda una batería de actividades encaminadas a subrayar ese carácter violento de la naturaleza humana. Violencia que ella sabía destinada a formar parte del propio tejido social.

“Esto que hoy parece delirante, no convencional, va a ser aceptado y dejará la marginalidad”. Maresca parecía anunciar con ello la deriva televisiva, allí donde el asesinato, por seguir a Hitchcock, se instala cómodamente en las casas a través de la pequeña pantalla. Todo es fagocitado por el mercado, salvo el pensamiento en su estado puro. “Desde el momento en que pensás de una manera distinta al resto de artistas te estás marginando”. En esa marginalidad se movió siempre la artista que tomó el propio cuerpo como recipiente de experiencias traumáticas. La primera de todas ellas, aniquilar su yo.

Una de las piezas de escultura de Liliana Maresca. Imagen cortesía de Espaivisor.

Una de las piezas de escultura de Liliana Maresca. Imagen cortesía de Espaivisor.

“Hay que hacerse un yo para hacerlo mierda”

“Uno tiene que ser paranoico. Hay que hacerse un yo para hacerlo mierda”. No sólo el suyo, que sin duda dinamitó a diario poniéndose a sí misma contra las cuerdas, sino los múltiples yoes que la animaban a dejar en calma la realidad. Nadie lo logró, porque Liliana Maresca siguió y siguió profundizando en esa fisura que le transportaba a otra realidad. En una de sus propuestas artísticas, se metió en un ataúd para limpiar los pedazos de mortaja que todavía quedaban dentro. Quería que los ataúdes fueran objeto de una exposición. Y la sola experiencia previa la conmovió. “Al tener que meterme tan dentro de la muerte, te puedo decir que la sentí”.

A Maresca le subyugaba esa experiencia de autenticidad, hasta el punto de llegar a ofrecerse al público para mostrar la simbiosis entre cuerpo y mercado. Un cuerpo que osciló entre el erotismo de su propia desnudez y la provocación ideológica revelada en sus montajes más políticos. Espaivisor se hace cargo de todo ello mostrándolo a pequeña escala, como si toda esa energía desbocada pudiera concentrarse en archivos documentales, imágenes en blanco y negro de gran poder evocador y alguna que otra escultura a modo de brillante ‘Curiosidad natural’ realizada con bronce y calabaza.

Fotografía de Liliana Maresca. Imagen cortesía de Espaivisor.

Fotografía de Liliana Maresca. Imagen cortesía de Espaivisor.

“Quería probar de todo y lo único que me faltaba era matar”

Su hija Almendra, presente en la inauguración, destacó en un aparte para MAKMA el carácter indomable de su madre. “Tuvo instantes de monogamia, pero siempre quiso explorar otras cosas”. Lo hizo con propia vida y, por extensión, con su arte. Y es que arte y vida en la trayectoria existencial de Liliana Maresca se confunden. Lo prueba este testimonio extraído de uno de los recortes de prensa que abundan en la exposición.

“Quería probar de todo y lo único que me faltaba era matar. Entonces por seguridad conseguí un revólver. Salí a caminar por la villa, tipo tres de la mañana. Yo pensaba: ahí me encuentro con alguien que me quiere violar y lo mato. Dormía con todas las ventanas abiertas, la puerta abierta. Nada, no pude matar a nadie”.

Así concebía la vida y el arte Liliana Maresca, artista de culto a quien Espaivisor dedica una retrospectiva que sólo tiene un precedente en Europa: la que le dedicó hace cuatro años la galería Spazio Nuovo de Roma. No hay más vestigio de su obra fuera de su Argentina natal, salvo algunas piezas expuestas en el Museo Reina Sofía de Madrid. Lo demás está en Valencia, donde hasta el 15 de abril permanecerá tan singular retrato de la artista que buscó una fisura hacia otra realidad y la encontró. “Vivía al límite”, concluyó su hija Almendra. Y el límite cedió para finalmente devorarla. Espaivisor contiene sus restos mortales llenos de intensa vida.

Ver noticia en ARTS de El Mundo Comunidad Valenciana

Fotografía performance de Liliana Maresca realizada por Marcos López. Imagen cortesía de Espaivisor.

Fotografía performance de Liliana Maresca realizada por Marcos López. Imagen cortesía de Espaivisor.

Salva Torres

Franco y la homosexualidad ‘cruising’

Interior. Leather Bar, de James Franco y Travis Mathews
Festival Internacional de Mediometrajes de Valencia La Cabina
Del 5 al 15 de noviembre

Hay escenas de sexo explícito. Y una atmósfera turbia. Todo ello en el marco de un documental que recrea e imagina los 40 minutos censurados de la película A la caza (1980), de William Friedkin, protagonizada por Al Pacino. James Franco lo hace con la intención de ponerse en la piel de los homosexuales que frecuentan ese Interior. Leather Bar que da título al documental y que se estrena en el festival de mediometrajes La Cabina. Es, en cierto modo, su ajuste particular de cuentas con aquella censura cinematográfica, al tiempo que una reflexión acerca de los límites de la creatividad y de la sexualidad humana.

Fotograma de Interior. Leather Bar, de James Franco y Travis Mathews. La Cabina.

Fotograma de Interior. Leather Bar, de James Franco y Travis Mathews. La Cabina.

Val Lauren es el actor que encarna en la película de Franco y Travis Mathews al perplejo Al Pacino, sumergido en el oscuro ambiente del ‘cruising’ homosexual. A través de su mirada y del diálogo que mantiene con el propio James Franco, en torno a su papel como heterosexual sorprendido por tan escabrosa sexualidad gay, se va radiografiando ese ambiente, así como las dudas de los propios actores a la hora de encarar el rodaje del film. Interior. Leather Bar es, por tanto, una inmersión a esos bajos fondos del sexo, para zarandear la plácida mirada del espectador identificado con el escandalizado Lauren.

Franco y Mathews utilizan la cámara de dos formas: una digamos más analítica, para recoger los testimonios de los propios actores, y otra explícitamente ficcional, recreándose en el morbo de esos cuerpos que se ofrecen al goce sexual. Mediante el falso documental, los actores van desarrollando sus dudas acerca del límite que estarían dispuestos a traspasar por exigencias del guión. “¿Llegarías a follar en una escena?”, le interroga uno de esos actores a Val Lauren, declarándose ambos heterosexuales. “¿Has besado alguna vez a un hombre?”, continúa diciéndole. Y mediante la declarada ficción, la homosexualidad campa a sus anchas en ese bar de cueros, azotes y miradas furtivas.

Fotograma de Interior. Leather Bar, de James Franco y Travis Mathews. La Cabina.

Fotograma de Interior. Leather Bar, de James Franco y Travis Mathews. La Cabina.

James Franco, he ahí su tesis central que tanto parece escandalizar al propio actor que encarna a Al Pacino, admite haber realizado la película cansado de la corrección política que supone la heterosexualidad. También con el fin, inherente a la creación, de explorar esos límites hasta el punto de incomodar nuestras más firmes creencias. De manera que la homosexualidad termina siendo un pretexto para defender esa caza y captura del comportamiento humano libre de cualquier atadura, salvo las explícitamente destinadas a la perversidad sexual.

Así es como la recreación de los 40 minutos censurados deriva en un conjunto de escenas protagonizadas por miradas más o menos lascivas, gestos seductores, cruces corporales y desahogos carnales del cada vez más frecuente porno en el cine más o menos comercial. La propuesta, sin duda provocadora, pone en cuestión el sentido final de tanta libertad creativa, toda ella encaminada a mostrar la pulsión sexual desatada en ese Interior. Leather Bar. Interior en el que la caza, ligada a los instintos más primarios, evoca la trasgresión de la censura aludida y lo que esa ausencia de límites muestra: el culto al goce sexual y la lógica del puro derroche de energía, muy en la línea sadiana. La ley es un obstáculo que hay que superar con el fin de hallar cierta arcadia ligada a la naturaleza.

Salva Torres

Ruzafa, a golpe de tiza

Graffitis en el barrio de Ruzafa

Son varios los grafiteros que plasman su obra artística y reivindicativa en el barrio de Ruzafa. En concreto, en el soporte urbano, sea privado o público, que se encuentra entre las calles que van del Mercado Municipal de Ruzafa y el subterráneo que atraviesa las vías del tren de la Estación del Norte en la Avenida Gran Vía Germanías. Las fachadas de ciertos edificios abandonados, las paredes, los maceteros y diverso mobiliario urbano de  calles como Sevilla, Cura Femenia, Sueca, Puerto Rico o Cuba… son los lienzos utilizados para dejar los trazos de esta creación transgresora, efímera y anónima.

Pintada en el barrio de Ruzafa. Fotografía: Begoña Siles.

Pintada en el barrio de Ruzafa. Fotografía: Begoña Siles.

Graffitis de estilos diferentes (escritos, dibujos, collages) impactan en la mirada del transeúnte. Estas obras callejeras, desde su expresión realista o fantástica, hacen que detengamos nuestro andar alienado. Una breve pausa para relajar nuestra mirada en el dibujo, en el cromatismo o una breve pausa para leer la idea escrita.

Pintada en el subterráneo de Gran Vía Germanías. Foto: Begoña Siles.

Pintada en el subterráneo de Gran Vía Germanías. Foto: Begoña Siles.

La tiza irónica

Los últimos años los maceteros de las calles Cura Femenia, Puerto Rico, Sueca y las paredes del subterráneo de la Avenida Germanías se han convertido en  pizarras improvisadas donde escribir breves mensajes a tiza. Mensajes directos sin vuelo en el grafo, ni en el contenido.

Pintada en el barrio de Ruzafa. Foto: Begoña Siles.

Pintada en el barrio de Ruzafa. Foto: Begoña Siles.

Los trazos en mayúscula de las letras de cada palabra son transcritos por la tiza sin pretensiones, ni florituras. Unos rasgos claros y sencillos que no dispersan la atención del transeúnte del pensamiento de la frase. Porque es ahí, en el contenido, donde este grafo adquiere su interés. El mensaje de estas pintadas puntea con un tono irónico y crítico la realidad política, económica y social actual.

Pintada en el subterráneo de Gran Vía Germanías. Foto: Begoña Siles.

Pintada en el subterráneo de Gran Vía Germanías. Foto: Begoña Siles.

La greguería

Pintadas protestas escritas, muchas de ellas, con un estilo que recuerda a las greguerías de Ramón Goméz de la Serna. La ironía, la crítica y la protesta de estas pintadas fluye del juego con las palabras a la hora de componer las frases. Y de esa composición aguda, ingeniosa, hasta ingenua, estos graffitis, escritos con la sencillez naif de una tiza, presentan una visión personal y humorística de una realidad política y económica tan corrupta como la que venimos padeciendo en los últimos años. De manera que, a golpe de tiza, cierta catarsis liberadora es posible. Al menos en Ruzafa.

Pintada en el barrio de Ruzafa. Foto: Begoña Siles.

Pintada en el barrio de Ruzafa. Foto: Begoña Siles.

Pintada en Ruzafa. Foto: Begoña Siles.

Pintada en Ruzafa. Foto: Begoña Siles.

Pintada en Ruzafa. Foto: Begoña Siles.

Pintada en Ruzafa. Foto: Begoña Siles.

Pintada bajo el puente de Gran Vía Germanías. Fotografía: Begoña Siles.

Pintada bajo el puente de Gran Vía Germanías. Fotografía: Begoña Siles.

 

 

 

 

Pedro Hernández, cuerpo a cuerpo

Sens / Sex. ¡El cuerpo la arma!, de Pedro Hernández
Espacio 40
C / Puerto Rico, 40. Valencia
Inauguración: sábado 23 de mayo, a las 20.00h
Hasta el 11 de julio de 2015

Espacio 40 inaugura el sábado 23 de mayo la exposición de fotografía ‘Sens/Sex: ¡El cuerpo la arma!’ del artista Pedro Hernández, nacido en el Cabanyal pero con residencia en Marsella. Se trata de un conjunto de imágenes que, conviene advertir, pueden herir la sensibilidad del público. Un público acostumbrado a ver las imágenes más descarnadas en televisión, pero que luego puede llegar a escandalizarse al contemplar otras más carnales y artísticas.

Fotografía de Pedro Hernández en 'Sens / Sex'. Espacio 40.

Fotografía de Pedro Hernández en ‘Sens / Sex’. Espacio 40.

Lo que propone Pedro Hernández con ese conjunto de fotografías en torno al desnudo franco y sin concesiones, es atrapar la mirada del espectador y zarandearla mediante un cuerpo a cuerpo a veces envuelto en sombras y otras abrasado por el goce. Hay primeros planos de sexo púbico e impúdico, de senos, de culos. Cuerpos femeninos osados, entregados al placer de una mirada que hurga en ciertos relieves y oquedades para adentrarse en los misterios de la naturaleza arrebatada.

Fotografías de Pedro Hernández en 'Sens / Sex'. Espacio 40.

Fotografías de Pedro Hernández en ‘Sens / Sex’. Espacio 40.

Los desnudos de Pedro Hernández, que hasta el 11 de julio permanecerán expuestos en Espacio 40, se ocultan en la intimidad de las cuatro paredes, al tiempo que se ofrecen transgresores mostrando su poder evocador. Y lo que evocan tiene mucho que ver con la pasión allí donde ésta nos confronta con los límites que impone la cultura en pugna con lo animal. Por muy  cruda que parezca la visión de esos cuerpos, lo cierto es que Pedro Hernández los cocina mediante cuidadosos encuadres y un primoroso trabajo del blanco y negro.

Fotografías de Pedro Hernández en 'Sens / Sex'. Espacio 40.

Fotografías de Pedro Hernández en ‘Sens / Sex’. Espacio 40.

Espacio 40 se adelanta al caluroso verano con esta encendida exposición. Está permitido asomarse a su interior, pero dado el peligro que se corre en medio de tanta llama corporal, conviene protegerse con el cortafuegos de una mirada atenta y desprejuiciada. Cuando el cuerpo la arma, mejor tener a mano el arte con el que aplacar la violencia a la cual esa pasión nos convoca. ¡Pasen y vean ese cuerpo a cuerpo al que nos convocan los desnudos de Pedro Hernández!

Fotografía de Pedro Hernández del cartel de la exposición 'Sens / Sex. ¡El cuerpo la arma!'. Espacio 40.

Fotografía de Pedro Hernández del cartel de la exposición ‘Sens / Sex. ¡El cuerpo la arma!’. Espacio 40.

Fotografía de Pedro Hernández en la exposición 'Sens Sex. ¡El cuerpo la arma!'. Espacio 40.

Fotografía de Pedro Hernández en la exposición ‘Sens Sex. ¡El cuerpo la arma!’. Espacio 40.

 

Felices 140: Sin conciencia moral

Felices 140, de Gracia Querejeta
Con: Maribel Verdú, Eduard Fernández, Antonio de la Torre, Marian Álvarez, Nora Navas, Alex O’Dogherty, Paula Cancio, Ginés García Millán y Marcos Ruiz
Guión: Santos Mercero, Gracia Querejeta

‘Felices 140′, la última película de Gracia Querejeta, es perturbadora. Un cierto desasosiego se va impregnando poco a poco en el cuerpo del espectador, que siente el silencio ensordecedor que inunda la pantalla cinematográfica. La trama y la intensidad dramática de ‘Felices 140′ penetra en el espectador hasta abandonarlo en un estado de cierta desolación.

Maribel Verdú, en un fotograma de 'Los Felices 140', de Gracia Querejeta.

Maribel Verdú, en un fotograma de ‘Los Felices 140′, de Gracia Querejeta.

Ahora bien, ¿por qué el espectador siente esa carga de desolación, cuando los personajes de la historia no sólo declaran sentirse felices, sino que además se les ve felices? El premio del euromillón que Elia (Maribel Verdú) comunica al grupo de amigos que reúne en una lujosa casa para celebrar su 40 cumpleaños, y que se traduce en nada más y nada menos que 140 millones de euros, es lo que desencadena esa felicidad que irá retorciéndose hasta alcanzar un brillo insospechado.

Santos Mercero y Gracia Querejeta construyen una historia basada en la idea que Freud manifestó en su ensayo titulado ‘El porvenir de una ilusión’: “Infinitos hombres civilizados, que retrocederían temerosos ante el homicidio o el incesto, no se privan de satisfacer su codicia, sus impulsos agresivos y sus caprichos sexuales, ni de perjudicar a sus semejantes con la mentira, el fraude y  la calumnia, cuando pueden hacerlo sin castigo, y así viene sucediendo, desde siempre, en todas las civilizaciones.”

Fotograma de 'Los Felices 140', de Gracia Querejeta.

De izquierda a derecha, Marian Álvarez, Antonio de la Torres, Alex O’Dogherty y Nora Navas, en un fotograma de ‘Los Felices 140′, de Gracia Querejeta.

Los ocho personajes de esta película coral son esos hombres y mujeres civilizados que en cuanto comprueban que el peso de la ley puede quedar en agua de borrajas, van dejándose llevar por cierto espíritu mezquino.

Por una parte, nos encontramos con la protagonista, Elia, magníficamente interpretada por Maribel Verdú, que sólo desea reanudar su relación con su ex pareja (Ginés García Millán), sin atender la negativa de éste. Una negativa que le abrasa de ira hasta alcanzar cotas imprevistas. Y, por otra, están los otros siete personajes arrebatados por una codicia, que aflora a medida que esos 140 millones del premio se convierten en objeto de un vil intercambio.

Paula Cancio y Ginés García Millán en un fotograma de 'Los Felices 140', de Gracia Querejeta.

Paula Cancio y Ginés García Millán en un fotograma de ‘Los Felices 140′, de Gracia Querejeta.

El drama de  ’Felices 140′ se inicia tras el acto nuclear relacionado con esa ira de la protagonista. Un acto que se irá diluyendo, en favor del único valor verdadero que moviliza a estos personajes: su codicia y, con ella, el afán de riqueza, de poder y de éxito. Y para satisfacer esa codicia no les importa transgredir la ley, traicionar, mentir y defraudar.

Todo está permitido cuando los dilemas morales, los remordimientos, desaparecen tras el tupido velo de 140 millones de euros.

De ahí, probablemente, la desolación que siente el espectador una vez acabada la película. ¿O no?

Fotograma de la película 'Felices 140', de Gracia Querejeta.

De izquierda a derecha, en primer plano, Antonio de la Torre, Marcos Ruiz,y Maribel Verdú; detrás, Marian Álvarez y Eduard Fernández, en un fotograma de la película ‘Felices 140′, de Gracia Querejeta.

Begoña Siles

Klauke y Zevallos, cuerpo a cuerpo

Cuerpo / Subversión / Fotografía
Jürgen Klauke y Sergio Zevallos
Espaivisor
C / Carrasquer, 2. Valencia
Hasta el 22 de mayo, 2015

Espaivisor presenta la primera exposición donde se muestran juntos los trabajos de Jürgen Klauke (Alemania, 1943) y Sergio Zevallos (Perú, 1962), planteando así una particular revisión del trabajo sobre el cuerpo a partir del diálogo entre ambos artistas, los cuales provienen de generaciones y lugares diferentes y se apoyan en el medio fotográfico como soporte final.

El cuerpo es uno de los elementos protagonista a lo largo de toda la Historia del Arte, convirtiéndose así en uno de los pilares en los que se ha basado la producción artística desde sus comienzos, desde la escultura de la antigüedad clásica hasta el cuerpo posthumano. Podemos, incluso, realizar una lectura de la Historia del Arte simplemente a partir del hilo narrativo corporal, sólo a partir del cuerpo y de sus representaciones y presentaciones, así como de sus diferentes concepciones y usos.

Imagen de la exposición Cuerpo/Subversión/Fotografía de Jürgen Klauke y Sergio Zevallos. Cortesía de Espaivisor.

Imagen de la exposición Cuerpo/Subversión/Fotografía de Jürgen Klauke y Sergio Zevallos. Cortesía de Espaivisor.

Klauke y Zevallos desarrollan un trabajo con unos límites porosos, y aunque la fotografía es la protagonista y es el medio a partir del cual ambos construyen imágenes para lograr una deconstrucción de las identidades y estructuras, en su trabajo hay una fuerte presencia de lo performativo. Las piezas seleccionadas para esta exposición nos muestran dos posicionamientos, que aunque a primera vista presentan muchas similitudes visuales, nos revelan dos cuerpos. Dos cuerpos que se acercan y se alejan, que poseen puntos de unión y fricción.

Imagen de la exposición Cuerpo/Subversión/Fotografía de Jürgen Klauke y Sergio Zevallos. Cortesía de Espaivisor.

Imagen de la exposición Cuerpo/Subversión/Fotografía de Jürgen Klauke y Sergio Zevallos. Cortesía de Espaivisor.

Ambos artistas buscan una subversión a través de la mirada, esa mirada que durante toda la Historia del Arte ha observado cuerpos, especialmente femeninos, desde la perspectiva patriarcal, donde la mujer es objeto para ser mirado. En estos trabajos la mirada se encuentra con un cuerpo extraño que no encaja dentro de los códigos establecidos. Ambos crean cuerpos extraños, con prótesis, posturas transgresoras o utilizando iconografías fuera de su ámbito, elementos no normativos que escapan a esas reglas construidas e impuestas y que conforman nuevas subjetividades.

Jürgen Klauke desarrolla su trabajo desde 1968 en la ciudad de Colonia, un lugar no precario, con una fuerte y sólida construcción de la escena artística a partir de las instituciones, y otros agentes que conforman el movimiento artístico de la ciudad. A principios de los años 70 el artista empieza a trabajar en unas de sus series más relevantes, Transformer, a la cual pertenecen todas las piezas presentes en esta exposición. Una de las intenciones de Klauke era realizar una crítica contra la concepción artística de la sociedad burguesa de la postguerra, pero también contra esa sociedad entendida de una forma más general, contra sus ideas y conceptos más conservadores, buscando la provocación en un contexto cerrado e inflexible.

Imagen de la exposición Cuerpo/Subversión/Fotografía de Jürgen Klauke y Sergio Zevallos. Cortesía de Espaivisor.

Imagen de la exposición Cuerpo/Subversión/Fotografía de Jürgen Klauke y Sergio Zevallos. Cortesía de Espaivisor.

Al mismo tiempo, el recurso de la construcción de imágenes sin una narración clásica  es también utilizado por Sergio Zevallos en Suburbios. Incluso podríamos definir esta estrategia con un término cinematográfico, podríamos hablar de una ausencia de raccord en las diferentes imágenes que componen las series. Zevallos nos plantea un recorrido por diversos escenarios de Lima, un desplazamiento que él mismo identifica como una deambulación. Este paseo sin rumbo o dirección establecida se convierte en fotografías que muestran momentos aislados, momentos congelados del recorrido por los diferentes escenarios de los suburbios.

En definitiva, dos cuerpos diferentes, Jürgen Klauke y Sergio Zevallos, que muestran “otros” cuerpos, cuerpos travestidos que proponen una desobediencia ante unas estructuras fijas e impuestas, desarrollando “otra” performatividad de carácter crítico y resistente.

Imágenes de la exposición de Jürgen Klauke y Sergio Zevallos. Cortesía de Espaivisor.

Imágenes de la exposición Cuerpo/Subversión/Fotografía de Jürgen Klauke y Sergio Zevallos. Cortesía de Espaivisor.

Sandra Moros

Raíces rebeldes del rock

Young Americans. La cultura del rock 1951-1965, de Alejandro Lillo y Justo Serna
Punto de Vista Editores

Justo Serna y Alejandro Lillo pertenecen a distintas generaciones. Uno nació en 1959, el otro en 1977, ambos son licenciados en Historia Contemporánea de la Universitat de València, doctor y doctorando, respectivamente. Juntos han creado la plataforma Serna&Lillo Asociados y puesto en marcha el proyecto  CoolTure, cuyo objetivo es producir análisis culturales que permitan a la gente entender mejor el mundo en el que vivimos en un estilo ágil y ameno. Uno de los frutos de esta asociación es ‘Young Americans. La cultura del rock, 1951-1965′ (Punto de Vista Editores), un viaje a las raíces rebeldes de esta música,  nacida en la próspera América de Kennedy, la guerra fría y la carrera espacial.

“En este libro contamos una historia sobre los reclamos de una sociedad de consumo y la publicidad de un capitalismo doméstico”, dice Lillo. “Pero también de una rebeldía, la oposición de los jóvenes, el malestar de unos muchachos que hicieron del rock su afirmación. Analizamos una sociedad que hizo del derroche y de la juventud su gloria”.

Serna y Lillo se aproximan a ese mundo sin pretender exhumarlo. “No obramos como eruditos y dejamos, deliberadamente, cosas sin tratar. Mostramos y sugerimos, exponemos y revelamos. Lo que fue portada tapó a la vez la discriminación, la pobreza, lo feo, lo viejo. La televisión recreaba y multiplicaba las posibilidades de aquella sociedad. La música retenía y difundía.  El rock no sólo era sexo. Era deseo, expectativa, mezcla y porvenir. Los jóvenes lo querían todo y lo esperaban todo. Únicamente faltaba su cumplimiento”.

Portada del libro de Alejandro Lillo y Justo Serna, durante un acto de presentación. Fotografía: Gonzalo Moreno.

Portada del libro de Alejandro Lillo y Justo Serna, durante un acto de presentación. Fotografía: Gonzalo Moreno.

Conciencia generacional

El surgimiento de los jóvenes como grupo diferenciado de los adultos fue un proceso lento que tuvo su punto de inflexión en los Estados Unidos de los cincuenta a causa de distintos factores. “Por esa época los jóvenes se saben diferentes”, señala Lillo. “Comparten tiempo en el colegio y en la universidad, tienen dinero para gastar debido a la buena situación económica de sus padres, y lo demuestran. Principalmente, uniformándose, vistiéndose de manera similar -cazadoras de cuero, gorras, pantalones vaqueros, tupés-, diferenciándose del estilo de los adultos. Critican el mundo de sus mayores con descaro y rompen las reglas establecidas. La sociedad norteamericana de la época era muy conservadora, muy mojigata, muy reprimida. Los jóvenes no quieren formar parte de un mundo que perciben como hipócrita y falso. Necesitan liberarse, expresar lo que sienten, decidir sobre sus propias vidas”.

El rock´n´roll es la música que aglutina las aspiraciones y canaliza  el malestar y la insatisfacción de los jóvenes. Elvis Presley, Eddie Cochran, Chuck Berry, Little Richard y tantos otros ídolos expresan a través de sus canciones los anhelos de su generación. “Los chicos y chicas se identifican con su música”, apunta Lillo. “Por fin alguien les entiende, por fin alguien expresa lo que ellos sienten pero no son capaces de verbalizar. Pero ese es un éxito que sólo puede llegar con la sociedad del bienestar. Elvis vuelve locos a más de 70 millones de adolescentes sólo cuando en todos los hogares de Estados Unidos hay una televisión y todos pueden verlo cantando y moviendo las caderas. Para los adultos era una obscenidad; para los jóvenes, una liberación”.

Música comprometida

¿El rock de hoy día mantiene todavía su fibra rebelde? “Es una pregunta difícil de contestar”, responde Lillo. “Creo que la música siempre tendrá algo de revolucionaria, de rebelde e inconformista, con independencia de su estilo. Hay una cierta domesticación del rock, sí, pero también hay espacios de fricción, de conflicto. El sistema capitalista asimila con relativa facilidad los movimientos contestatarios. Sin embargo, en la música sigue existiendo, en algunos ámbitos, una fuerte resistencia a determinadas prácticas, a determinados comportamientos del mundo adulto que resultan criticables o inadmisibles. Lo que está pasando en España durante estos años de crisis es significativo. Los músicos se posicionan. Muchos de ellos también dan la cara. Como hicieron otros durante la transición. Eso es algo que necesitamos y que es muy de agradecer”.

Justo Serna y Alejandro Lillo se conocieron fuera del ámbito académico y poco a poco descubrieron que tenían muchos intereses comunes. “Compartíamos la pasión por el cine, por la literatura, por la música y por la historia, claro”, dice Lillo. “Descubrimos también que nuestros diagnósticos, que nuestras opiniones y pareceres también eran similares, que nuestra forma de entender el oficio de historiador y de abordar el estudio de la cultura eran coincidentes y enriquecedoras. Se nos hizo difícil desaprovechar la oportunidad de trabajar juntos”, concluye este joven historiador valenciano.

Justo Serna y Alejandro Lillo firmando ejemplares de su libro. Fotografía: Gonzalo Moreno.

Justo Serna y Alejandro Lillo firmando ejemplares de su libro. Fotografía: Gonzalo Moreno.

Bel Carrasco

“Es una comedia feroz sobre el amor y la vida”

El crimen de la hermana Bel, de Frank Marcus
Dirección: Rafael Calatayud
Teatro Rialto
Plaza del Ayuntamiento, 2. Valencia
Hasta el 17 de octubre

En la película ‘Tootsie’ (1982) de Sydney Pollack, la enfermera jefe de la famosa serie televisiva (Dustin Hoffman) llevaba algo colgado entre las piernas. En ‘El crimen de la Hermana Bel’ una dulce monjita televisiva en la vida real es una mujer airada e iracunda, algo dipsómana y lesbiana. Esta historia fuerte y transgresora, coproducción de CulturArts y La Pavana, estará en el teatro Rialto hasta el 17 de octubre.

‘El crimen de la Hermana Bel’ es un texto de Frank Marcus, dirigido por Rafael Calatayud e interpretado por las actrices Teresa Vallicrosa, Anna Casas, Maria José Peris y Amparo Fernández.  El montaje se inspira en ‘The killing of Sister George’, publicada en Reino Unido en 1964, y llevada más tarde al cine por Robert Aldrich.

Una escena de 'El crimen de la hermana Bel', de Rafael Calatayud. Imagen cortesía de Teatro Rialto.

Una escena de ‘El crimen de la hermana Bel’, de Rafael Calatayud. Imagen cortesía de Teatro Rialto.

La protagonista, Julia, es una actriz madura que lleva diez años interpretando a la bondadosa Hermana Isabel en una serie televisiva de gran éxito. El personaje se ha convertido en un icono nacional en una sociedad conservadora. A diferencia del personaje que interpreta, Julia es una mujer ruda, iracunda y aficionada al alcohol, que mantiene una turbulenta relación con una mujer bastante más joven.

“Una comedia feroz que nos habla del amor, de la vida, de los difusos límites entre lo real y lo ficticio”. Así define Rafa Calatayud esta pieza con la que supera los 30 años en la profesión. “Se mueve entre el humor y la emoción y nos muestra sin tapujos las perversiones del ejercicio del poder y la manipulación de las vidas ajenas”. La música y las canciones tienen presencia, pero “no es una comedia musical, es un drama con canciones, las canciones están integradas en esa continuidad dramática que cuenta la historia”.

¿Qué más  descubrirán los que vayan a ver la obra? 

Verán  una comedia dramática donde contamos la relación entre dos personajes que viven la vida tal cual es. No les importa lo material. Están refugiadas en el sentimiento, en el sentido, en la emoción, en el querer, en el amor. Conviven tormentosamente, felizmente. Como es la vida. La vida es tormentosa, es feliz, alegre, divertida, tremenda, celosa. La protagonista es Julia Márquez, que interpreta a una monja que hace milagros en una serie convencional, y que en su vida real no tiene nada que ver con el personaje que interpreta. Su vida profesional se ve afectada por causa de su vida personal y a partir de ahí vienen todos los conflictos.

'El crimen de la hermana Bel', de Frank Marcus, dirigida por Rafael Calatayud. Imagen cortesía de Teatro Rialto.

‘El crimen de la hermana Bel’, de Frank Marcus, dirigida por Rafael Calatayud. Imagen cortesía de Teatro Rialto.

¿Cómo llegó el texto a sus manos y qué le interesó de él?

Es un texto que me interesó desde que vi la película de Robert Aldrich, ‘El asesinato de la hermana George’. Me informé sobre el autor, Frank Marcus, y conseguí el texto teatral. Me interesó el texto por el mundo, submundo que plantea. El poder, la interpretación, el teatro dentro del teatro, lo que es ficción, lo que es realidad. Ese mundo en el que se confunde que un actor protagonista puede convertirse en un icono porque lleva mucho tiempo interpretando a un personaje. Entonces la gente confunde, incluso no reconoce al actor, sino que reconoce al personaje. También toda la parte emocional, su recorrido a través de los cuatro personajes. Cuatro mujeres llenas de sentimientos, de sensaciones, de dependencia, de amor. Por otra parte, no me apetecía hacer un montaje convencional. Imaginé que todo transcurría en una sala de ensayos, en un plató cinematográfico, lugar de encuentro. Algo que me interesaba mucho. Mezclar ficción y realidad. También en la puesta en escena. En definitiva, el texto me interesó porque habla de sentimientos, de emociones.

¿Cómo se desarrolló el proceso de dirigir a cuatro magníficas actrices? 

Cada una es un mundo. Son personajes muy contrastados. Ir más allá del texto es muy importante. Las actrices no se tienen que quedar con la capa externa del personaje, porque si no estamos contando nada. Toda esa parte visceral que los personajes tienen que encontrar a partir de los ensayos y la dirección. Cuento con cuatro actrices extraordinarias.  Hemos trabajado y disfrutado del trabajo, con nuestros momentos de crisis. Pero siempre con buen hacer, con esfuerzo, vamos encontrando ese camino, ese recorrido emocional, que les pide esta función.

Una escena de 'El crimen de la hermana Bel', de Rafael Calatayud. Imagen cortesía de Teatro Rialto.

Una escena de ‘El crimen de la hermana Bel’, de Rafael Calatayud. Imagen cortesía de Teatro Rialto.

Después de 30 años, ¿todavía sigue disfrutando de su trabajo?

Sigo disfrutando como el primer día, como el primer montaje. Cuando comienzo un montaje es como si fuera el primero que hago. El descubrirlo, dialogar con los personajes, desentrañar el texto, significar cada momento, que las actrices busquen la mirada, que exista el diálogo, la comprensión por parte del público, que las actrices tengan la capacidad de comunicar y comuniquen. Es lo más bonito. Es el trabajo y disfruto el proceso de ensayos. Las representaciones es como el día a día, ver cómo evoluciona un espectáculo. Buscar su buena evolución. El actor no tiene que quedarse con lo que tiene. Ese punto de estar como al borde del precipicio. En cada representación, después de un estreno, debe sentir que es el primer día que representa esa función. Como yo cuando dirijo siento que es el primer día que dirijo esa función. Con ese nervio, esa inseguridad, ese punto que tiene que tener un actor de no tenerlo claro. Me gusta que el actor tenga ese punto de vértigo. Eso da vida. Da verdad, produce como cierta inquietud en el espectador. Hace que el espectador esté más atento a lo que ocurre en el escenario. Y para eso el actor tiene que sorprenderse cada día.

Una escena de 'El crimen de la hermana Bel', de Rafael Calatayud. Imagen cortesía de Teatro Rialto.

Una escena de ‘El crimen de la hermana Bel’, de Rafael Calatayud. Imagen cortesía de Teatro Rialto.

Bel Carrasco