El hogar ¿dulce hogar? de Rogelio López Cuenca

Les pronoms febles, de Rogelio López Cuenca
Galería pazYcomedias
Plaza del Patriarca, 5. Valencia
Hasta el 6 de febrero de 2016

Hay dos frases, hechas con diferentes palabras y materiales, en la galería pazYcomedias que sirven como detonante del trabajo de Rogelio López Cuenca. Una es ésta: “Poéticamente habita el hombre”, de Hölderlin. La otra, del acerbo popular, se refiere al ‘Home, sweet home!’ (hogar, dulce hogar). Con ambas, previamente dislocadas, cuestiona la imagen que de esa habitabilidad tenemos en la actualidad, donde lo privado y lo público a veces se confunden. Y lo hace, siguiendo al propio Hölderlin, habitando él poéticamente esa realidad que cuestiona.

López Cuenca entiende ese trabajo poético como “la china que viene a interrumpir el fluido de las convicciones que tenemos”. En este caso, referido a su exposición ‘Les pronoms febles’, cuestionando esa “idealización del espacio doméstico”. Por eso del ‘Home, sweet home’, el artista se pasa al ‘Home, swept hole’ (algo así como hogar barrido de agujeros), con el que advierte que tras esa imagen amable de la vivienda ofrecida en los anuncios publicitarios y televisivos, se ocultan muchas otras casas de habitabilidad más áspera.

Instalación de Rogelio López Cuenca en la exposición Les pronoms febles. Imagen cortesía de pazYcomedias.

Instalación de Rogelio López Cuenca en la exposición Les pronoms febles. Imagen cortesía de pazYcomedias.

Rogelio López Cuenca extiende al recinto privado la crítica que en el IVAM hace del turismo oficial en los espacios públicos. Y como lo hace poéticamente, subraya “la complejidad y los espacios de tensión” que percibe en esa construcción idealizada de la vivienda, mediante el “extrañamiento del lenguaje”. Así, las instalaciones y videos que conforman su trabajo en pazYcomedias están hechos con palabras de diferentes tipografías e imágenes entremezcladas provenientes de ámbitos distintos.

“Construyo formas poéticas con elementos que no lo son”. Por ejemplo: en la frase de Hölderlin, hay sílabas hechas con un plato original del Fondo Monetario Internacional o que remiten a compañías de seguros u otras empresas. Lo mismo sucede en los tres videos, donde aparecen imágenes del mundo publicitario con otras de carácter documental o fílmico, para producir esa tensión entre elementos dispares. Esa utilización de materiales ajenos también forma parte de su forma de entender el arte. “Estoy en contra de la originalidad”.

Instalación de Rogelio López Cuenca en la exposición Les pronoms febles. Imagen cortesía de pazYcomedias.

Instalación de Rogelio López Cuenca en la exposición Les pronoms febles. Imagen cortesía de pazYcomedias.

En un texto elocuentemente titulado ‘Yo me acuso’, López Cuenca dice: “Me acuso de tener conciencia de formar parte de un diálogo permanente con una inmensa herencia cultural precedente”, y de “creer que toda obra de arte deriva de otras previas que forma con ellas un tejido, una red”. Con parte de ese tejido construye ‘Les pronoms febles’, referidos a la dificultad que tales pronombres débiles tienen para el que aprende catalán y, por extensión, a todo aquel que pretende un mensaje unívoco. Lenguaje, en todo caso, que cuestiona esa “construcción cultural en torno a la vivienda”, cuya imagen “ha tomado una dirección distinta”.

Rogelio López Cuenca mezcla los hogares de las revistas de decoración y sus derivados (anuncios de periódicos, casas de lujo en televisión), con espacios domésticos menos gratos.  “Textos e imágenes con blancos que debe llenar el lector espectador”. Palabras de ‘Home swept hole’, libro suyo de poemas que fue el germen de todo, aparecen igualmente desplegadas por las paredes de la galería a modo de un rítmico y extraño lenguaje que se va “trenzando por azar”. No hay un solo hogar en pazYcomedias, porque ese hogar “no es el mismo en todas las casas del mundo”, concluye el artista.

Instalación de Rogelio López Cuenca en la exposición Les Pronoms Febles. Imagen cortesía de pazYcomedias.

Instalación de Rogelio López Cuenca en la exposición ‘Les pronoms febles’. Imagen cortesía de pazYcomedias.

Salva Torres

“Me interesan las historias al límite de lo creíble”

Con el frío, de Alberto Torres Blandina
Aristas Martínez

“Un día los animales desaparecieron de las ciudades. Los periódicos dijeron que huían de algo. Conjeturaron con un escape de gas, con el epicentro de un futuro seísmo, con la posible caída de un meteorito (…) los animales están confundidos, que por ello los pájaros  los peces han modificado sus rutas migratorias. Hacia el norte”.

Así comienza Con el frío (Aristas Martínez) última novela del valenciano Alberto Torres Blandina. Desde Valencia a Asilah (Marruecos) pasando por Vancouver o el desierto del norte de Australia, el relato recorre 16 países de los cinco continentes para contar, a través de otros tantos personajes, la reacción global del ser humano ante una anomalía que modifica los patrones climáticos perturbando la realidad. Nueva York, Dubai, Japón, Kenia, Laos, Chile y Bolivia son otros escenarios de este atlas del fin del mundo, la mayoría lugares conocidos por Torres, avezado trotamundos.

El viaje se intercala con el periplo de una antigua nave trirreme de nombre Esperanza que conduce hacia el norte a un grupo de personas que desconocen su misión y su destino. “Con el frío es una reflexión sobre el mundo actual y los mecanismos que generan las ‘verdades’ y la compleja red que teje este mundo hipercomunicado y, a la vez autista”, dice Torres. “Mi pretensión es que el lector de mi novela, cuando vea las noticias de la tele, piense en ella y le parezca que entiende un poco mejor cómo funcionan los odios y los fanatismos. Es mucha pretensión, pero con conseguirlo solo un poco me conformo”.

Miembro del colectivo Hotel Postmoderno, Torres se dio a conocer, en 2007, con Cosas que nunca ocurrirían en Tokio. Un año más tarde quedó finalista del Premio Café Gijón con Niños rociando a gatos con gasolina. Tras ser traducido a cinco idiomas, vender 25000 ejemplares de su obra en Europa y ganar dos premios en Francia, “me resulta curioso descubrir que la mayoría de los periodistas culturales de Valencia no saben ni quién soy”, ironiza. “Espero que, en mi siguiente novela, al menos no se equivoquen al citar mi nombre”.

Con el frío, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Con el frío, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

¿Cuáles  son los principales peligros que realmente  amenazan a la Tierra?

Supongo que el peor peligro es el ser humano. Está convencido de que la Tierra le pertenece y puedo servirse de ella como quiera. Pensamos que la Tierra existe por nosotros y ni nos planteamos lo contrario: que nosotros existamos por ella.

Todo el mundo habla de calentamiento climático y la obsesión de viajar al sur. En su libro ocurre lo contrario, frío y norte.

La novela plantea una situación que escapa a nuestras expectativas, que no hemos sido capaces de prever y por lo tanto no sabemos cómo abordar. Necesitaba narrar esa anomalía, esa crisis que lleva al ser humano a buscar nuevas respuestas, relatos que expliquen qué está ocurriendo, pues lo que creíamos saber ya no sirve. En el fondo, la novela plantea cómo se construye la realidad, cómo diferentes versiones de “la verdad” luchan por imponerse, por ordenar el caos.

¿Hay un buque llamado Esperanza para la Humanidad? Una posibilidad de redención y supervivencia.

No me lo he planteado, la verdad. Mi novela se centra más bien en lo sociopolítico, en mostrar cómo funcionan las sociedades en épocas de crisis: fanatismos, lobbies empresariales, nacionalismos rancios… todos quieren sacar tajada. Sólo hay que mirar la televisión para darse cuenta de esto.

Se declara no animalista, pero su libro destila amor hacia los animales.

No soy animalista en un sentido militante pero no me gusta la prepotencia con la que el ser humano se ha autoproclamado guardián de la naturaleza, como si le perteneciera. Deberíamos conectarnos más a la tierra, no en un sentido hippie-new-age, sino simplemente escuchando a nuestro cuerpo. Nos altera la luna llena y la primavera, nos duele la cabeza cuando cambia el viento y el índice de suicidios y de crisis mentales aumenta en otoño. Es un hecho que estamos más conectados al universo de lo que parecemos creer…Hemos dado la espalda a nuestra parte animal.

Portada de la novela 'Con el frío', de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Portada de la novela ‘Con el frío’, de Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

¿Ha visitado todos los lugares que aparecen en su novela? 

He visitado casi todos los países que cito y la mayoría son lugares que me han fascinado por una u otra razón. Las minas de Potosí o Dubai, por ejemplo, me parecieron mundos extraños, inquietantes. En Vancouver me fascinó cómo la sociedad occidental había acabado en unos años con las tribus indígenas: rascacielos creciendo al lado de tótems. También conozco Bamako, he viajado en el tren Shinkansen de Japón y he subido a la colina de Luang Prabang igual que hace mi personaje. Nunca he estado en el desierto de Australia, por ejemplo, pero me interesaba hablar de los aborígenes y por eso elegí ese lugar para uno de los capítulos.

¿Cómo se mete en la mente de personajes de culturas y geografías tan dispares?

La novela habla de la globalización y al mismo tiempo de la imposibilidad de ella. Ocurre como en cualquier traducción: siempre hay algo que se pierde, matices más grandes cuanto más alejadas están las lenguas. Desde siempre me ha interesado la transculturalidad, la forma en que diferentes culturas interpretan la realidad. Cuando viajo presto mucha atención a la visión religiosa y mágica del mundo, por ejemplo. Aunque no hay que viajar mucho. Sin salir de España podemos encontrarnos mundos muy diferentes. Una vez entré por casualidad al Facebook de un amigo católico y nacionalista español de derechas y me asusté de lo diferente que puede ser la realidad para dos personas. Su Facebook y el mío parecían habitar realidades (visiones de la realidad) distintas.

¿Cómo ha evolucionado desde Niños rociando gatos con gasolina?  

La realidad es una ficción colectiva con muchos likes. Me interesan las historias que se desarrollan en los límites de lo creíble. Historias que podrían ser ciertas pero ponen en entredicho nuestro sistema de creencias. Los niños índigos son una de esas historias a mitad camino entre la ciencia ficción y el realismo. Yo ni siquiera creo que existan los niños índigos, pero mucha más gente de la que creemos está convencida de ser uno de ellos. Son grietas en nuestra sociedad racional, igual que el curanderismo, las religiones o el miedo a los fantasmas.

¿Cómo ve el panorama literario actual?

-Creo que se están haciendo cosas muy interesantes en España y, concretamente, en la Comunidad Valenciana que es donde vivo. Autores, la mayoría nacidos en la década de los 70 y 80, trabajan con un modelo de novela diferente al de la generación anterior. Un modelo menos apegado a la historia (ese conflicto que debe resolverse al final) y mucho más contaminado por el cómic, el ensayo, las series, los videojuegos, etcétera. Literatura que difícilmente puede llevarse al cine porque su pretensión va más allá de contar una ‘película’.

Alberto Torres. Imagen cortesía del autor.

Alberto Torres Blandina. Imagen cortesía del autor.

Bel Carrasco

La parte contratante de ninguna parte

En busca de un empleado desaparecido, de Rabih Mroué
Actividad escénica dentro de la exposición El Contrato, de Bulegoa z/b
Alhóndiga Bilbao
Plaza Arriquibar, 4. Bilbao

Rabih Mroué* dispone tres monitores de video en el escenario para representar el caso de la desaparición de un funcionario libanés de cuarto rango en 1996, R.S. En un lateral de la sala Mroué dirige con dos cámaras: una apunta a su rostro que protagoniza el relato, otra cenital sobre su mesa donde están unos cuadernos. La tercera cámara apunta a un panel en blanco donde un colaborador de Mroué podrá escribir, dibujar, esquematizar.

Comienza con el rostro de Mroué –el monitor más pequeño, central, sobre una mesa en el escenario–, el panel del auxiliar en blanco y las manos del locutor sobre los cuadernos muy manoseados, cargados de recortes de prensa originales y fotocopias del caso. Comienza abriendo y moviendo los cuadernos con agilidad, el panel en blanco comienza a rellenarse con un aviso tipo disclaimer que marcará el límite del toda la pieza, el rostro de Mroué se mueve adelante-atrás como una manguera a presión que va liberando la fuerza acumulada. Una premisa: “cómo/dónde han podido desaparecer las personas en el Líbano”. De un cuaderno, reseñas de decenas de desaparecidos. En el panel se advierte: “esta performance no está tratando de buscar la verdad, la no-verdad, ni quién es el culpable, ni quién el inocente,…” Y deja claro que es muy posible que se haya cometido un crimen, posiblemente haya desaparecido mucho dinero y que todo conforme un affaire (más) de corrupción político-económica en el Líbano.

Un momento de la propuesta escénica de Rabih Mroué en Alhóndiga Bilbao. Fotografía: Eva Zubero.

Un momento de la propuesta escénica de Rabih Mroué en Alhóndiga Bilbao. Fotografía: Eva Zubero.

El caso es real, los recortes de periódicos son auténticos y, sin las dianas de la verdad y la mentira, Mroué busca un espacio cuántico donde desarrollar la pieza sobre persona desaparecida: ˝he is absent and he’ll come back, I need that, he is and he is not, present and disappeared, dead and quite alive, … he kepts everything on hold˝. El panel gira para dejar en el revés el “aviso interpretativo” y vuelve a blanco. Las manos mueven los cuadernos sin cesar, ilusionismo: el de abajo pasa arriba, lo abre, lo muestra, una página, otra, señala, comenta, despliega un recorte, las manos se muestran vacías, lo cierra, coge otro abajo y lo abre para apostillar algo, lo cierra, coge un tercero. El relato se ciñe siempre a la cronología temporal. Empieza con la esposa del desaparecido que difunde su demanda de información sobre el paradero de su marido. Varios días seguidos. Se publica un artículo que inicia el caso periodístico al haberse esfumado también mucho dinero. Los dedos señalan los titulares del periódico libanés, las manos se abren y giran, se apoyan en los titulares; ejecución medida que recuerda a un pianista tocando las teclas, blancas y negras.

Un momento de la propuesta de Rabih Mroué en Alhóndiga Bilbao. Fotografía: Eva Zubero.

Un momento de la propuesta de Rabih Mroué en Alhóndiga Bilbao. Fotografía: Eva Zubero.

Comienzan interrogatorios a personas, detenciones, sospechosos, cifras de dinero, destino del desaparecido, recortes que se muestran y desaparecen: algunos datos son escritos en el panel auxiliar. Siguiendo la técnica de las miguitas de pan se dejan pistas de los días donde aparecen noticias, rumores, nombres que van y vuelven a escena, algunas flechas relacionan nombres y el dinero esfumado del Ministerio de Economía (el traductor lo denomina “de presupuestos”). Las cifras van apareciendo en el panel en una montaña rusa: las cantidades desaparecidas –todas dispares– oscilan entre menos de uno y más de cuarenta millones de dólares. Aparece el humor: la precisión, esa prima puntillosa de la verdad, no existe, y da risa. Con el dinero aparecen los hilos del titiritero, el quién sabe qué habrá detrás, la mano negra. Zona de confort: la desaparición tenía un precio. Y cambio de escala: crece el escándalo del dinero, R.S. decrece. Se amplía el especular, las rectificaciones, el suponer, los desmentidos. Los recortes de prensa empiezan a hablar de otros recortes de prensa que citan anteriores recortes. Todo parece una partida de pinpón con varias bolas en juego donde, además, se pierden. Sobre el escenario el ilusionista y los cuadernos que se abren, despliegan y cierran, el panel se llena de nombres, cargos, círculos, tachones, cifras. Se remite a un género híbrido de investigación periodística y detectivesca. Así, el panel donde se apuntan las pesquisas y las relaciones, el trajín de las pruebas y el humor mismo apuntan al género policíaco televisivo. La cabeza parlante es un elemento clásico del periodismo informativo de los noticiarios.

Rabih Mroué en un momento de su intervención en Alhóndiga Bilbao. Foto: Eva Zubero.

Rabih Mroué en un momento de su intervención en Alhóndiga Bilbao. Foto: Eva Zubero.

Mroué vuelve a echar mano del comodín del humor al llenar varios minutos con música justificándola con que no se tienen noticias del caso durante diceiséis días. Una espera sobre la espera cuántica inicial. We hold. El caso deriva hacia las instancias más altas de la administración libanesa: titulares a cuatro columnas, aparecen los grandes principios políticos de la lucha contra la corrupción, los titiriteros son ahora los muñecos. Más complejidad y los hilos se pierden muy arriba. El tono inicial es un tono frío ceñido a la descripción del relato en la voz de la esposa del desaparecido que reclama una explicación. Cuando las versiones se multiplican el autor comienza a enfatizar las diferencias. No toma parte por ninguna de las versiones sino por surfear en ese tubo que conforman la ola de información y contra información. Ceñido a la cronología no se rinde al ruido de fondo que crece al complicarse la trama. Su narrativa nunca llega a descarriar en el absurdo o en hacer creer al espectador que es un ejercicio estéril este abrir y cerrar cuadernos, este peregrinaje de versiones en recortes. Con propiedad: no quiere perder los papeles.

Rabi Mroué durante su intervención en Alhóndiga Bilbao. Fotografía: Eva Zubero.

Rabi Mroué durante su intervención en Alhóndiga Bilbao. Fotografía: Eva Zubero.

Al final hay una necesidad de fragmentación que el desenlace acentúa. La pieza se cierra con una triple desaparición. Mroué cede su monitor a una grabación con un clérigo. En el panel la barahúnda de nombres, iconos, tachaduras, flechas es impregnada en un disolvente para que un paño anule todo rastro de especulación. Los cuadernos cerrados todos, inanimados, indican la conclusión del caso. Final: un bucle de Mroué mirando fijamente a la cámara sin articular palabra, cuadernos callados, panel borrado. Cualquier coincidencia con la realidad no es verdad, no es mentira. Ni tampoco ficción.

* Rabih Mroué (Beirut, 1967) es autor teatral, ensayista y artista. Vive entre Beirut y Berlín. Su trabajo reflexiona de manera crítica sobre los usos de las imágenes en las narrativas oficiales.

Enlaces

http://www.bulegoa.org/busca-empleado-desaparecido-rabih-mrou

http://en.wikipedia.org/wiki/Rabih_Mroué

Un momento de la intervención de Rabih Mroué. Fotografía: Eva Zubero.

Un momento de la intervención de Rabih Mroué. Fotografía: Eva Zubero.

Jorge Laespada

El cotizado Casey Tang, inadvertido en Valencia

Todo pasa en la noche, de Casey Tang
Galería Charpa
C / Tapinería, 11. Valencia
Hasta finales de junio

Sucede que Casey Tang exhibe su obra en la galería Charpa de Valencia y prácticamente nadie ha caído en la cuenta. Pero ahí esta, mostrando uno de sus cotizados proyectos y pasando de puntillas. Salvo para Vicente Todolí, ahora en el Hangar Bicocca de Milán, maravillado con la propuesta artística del norteamericano de origen chino. Museos de medio mundo le ofrecen sus espacios con el fin de que los transforme con sus singulares intervenciones. Charpa lo descubrió en Brooklyn, donde actualmente vive Tang, magnetizada por unos papeles pegados a los cristales de su domicilio.

Obra instalación de Casey Tang en la galería Charpa de Valencia.

Obra instalación de Casey Tang en la galería Charpa de Valencia.

Una de esas enigmáticas hojas forma parte de la exposición que hasta finales de junio acoge Charpa, perpleja todavía por el descubrimiento. Acudió a Nueva York para ver una exposición de Xu Bing y éste, abrumado por la concurrencia, delegó en su asistente para que la acogiera en su casa. Cuando llegó, vio los papeles y fue conociendo a quien negaba ser artista. “Esos papeles son cosas que quiero olvidar, las escribo y espero que el sol queme las letras”, explicó Tang a Charpa. A partir de ahí, se fueron sucediendo los descubrimientos, algunos de los cuales expone en su galería de Valencia bajo el título de ‘Todo pasa en la noche’.

Vitrina con objetos de Casey Tang en la galería Charpa de Valencia.

Vitrina con objetos de Casey Tang en la galería Charpa de Valencia.

Y lo que pasa es que Casey Tang, becado por el Gobierno de China de entre un número de 50 artistas residentes en el extranjero, lleva camino de convertir en oro todo lo que toca. “De la tragedia hace poesía”, señala Charpa. Tragedias cotidianas que él va traduciendo a propuestas e intervenciones. Como la de esa lámpara rota, fruto del malestar que le supuso verla encima de una chimenea compitiendo su luz con la del fuego. Luego se arrepintió, al apagarse el fuego y verse sin luz alguna, y decidió fotografiar los pedazos. Esa fotografía de la lámpara rota es la que reconstruye en Charpa con todo lujo de detalles, mediante planos donde se enumeran los pedazos por minúsculos que estos sean a modo de coordenadas para el montaje.

Pantalla espejo tras la cual se ocultan periódicos con noticias de crímenes, obra de Casey Tang en la galería Charpa de Valencia.

Pantalla espejo tras la cual se ocultan periódicos con noticias de crímenes, obra de Casey Tang en la galería Charpa de Valencia.

También está el único papel que, de momento, resiste a la quemazón del sol, aunque prácticamente veladas las palabras. Y frente a lo que trata de olvidar, está a su vez lo que pretende guardar por tratarse de pensamientos agradables: una camiseta con un agujero a la altura del corazón por una quemadura de cigarro, o las fotografías de las ruedas del coche, prestado por un amigo, con el que tuvo un accidente camino de una heladería. Hay en Charpa otra pieza, realizada por el científico Mark Whittle en comunión con Tang, donde se registran los sonidos del Bing Bang que originó el universo hace 14.000 millones de años. La casa Steinway & Sons de Nueva York les ha cedido el edificio para que reproduzcan ese sonido mediante una serie de pianos.

Reconstrucción de los archivos donde fueron hallados papeles y objetos de Casey Tang. Galería Charpa de Valencia.

Reconstrucción de los archivos donde fueron hallados papeles y objetos de Casey Tang. Galería Charpa de Valencia.

‘Todo pasa en la noche’, la pieza que da título al conjunto expositivo, es una pantalla en negro tras la cual, después  de mucho acercarse, se pueden ver portadas de periódico anunciando una serie de crímenes ocurridos en Nueva York. Primero uno se ve reflejado en esa pantalla, para después caer en la cuenta de lo que hay tras nuestro propio reflejo. A Casey Tang le fascina esa turbiedad de la existencia; ese carácter siniestro de las cosas aparentemente normales, cotidianas. Todo lo que él hace, sin darle importancia, es hurgar en la pantalla protectora de nuestra conciencia, para advertir los sueños y pesadillas que la pueblan. Parte de esa controvertida existencia es la que Charpa muestra como reflejo del universo de un artista por el que Vicente Todolí, sin ir más lejos, siente especial atracción. Milán, Nueva York, Londres, Berlín y… ¿Valencia?

Obra de Casey Tang en la galería Charpa de Valencia.

Obra de Casey Tang en la galería Charpa de Valencia.

Salva Torres

¡Qué penas de muerte!

Las fosas del olvido. Eloy Alonso
Centre Cultural La Nau
C/ Universidad, 2. Valencia
Hasta el 1 de septiembre

El sociólogo Zygmunt Bauman se pregunta, en su libro Modernidad y Holocausto, “¿cómo fue posible tal horror?”. Y dedica las casi 300 páginas del libro a intentar explicarlo. Para ello, lo primero que hace es sortear un primer, y a veces insalvable, obstáculo: “Todo sucedió ‘allí’, en otro tiempo” y “cuanto más culpables sean ‘ellos’, más a salvo estará el resto de ‘nosotros”. Se refiere, claro está, al horror nazi, pero el fondo de la cuestión también afecta a nuestra guerra civil. Bauman se mete de lleno en un asunto que, más allá de la ideología en cuestión, sin duda potenciadora de ese horror, se centra en la pregunta esencial: “¿cómo fue posible tal horror?”

Y lo primero que deja traslucir Bauman es que el odio se fomenta por el cierre estricto en torno a una bandera, a una férrea adscripción identitaria, que tienen, como reverso, un chivo expiatorio al que arrojar toda esa violencia generada por cierta pureza de raza, de genética, de esencias patrias. Una vez inoculado ese virus, lo demás viene solo: explicaciones supuestamente racionales que motiven el odio al otro, cierta legalidad que permita ajusticiar al oponente, y un aparato burocrático que transforme los crímenes en rutina administrativa. “El departamento de la oficina central de las SS encargado de la destrucción de los judíos europeos se denominaba oficialmente ‘Sección de Administración y Economía”, subraya Bauman.

Las fosas del olvido, de Eloy Alonso. PhotOn Festival. La Nau

Las fosas del olvido, de Eloy Alonso. PhotOn Festival. La Nau

Con algo parecido se encontró el fotógrafo Eloy Alonso, cuando al pasado año acudió al Archivo Militar de El Ferrol: “Entre más de cuarenta mil viejos y húmedos expedientes, encontré la huella dactilar [de su abuelo] firmando su pena de muerte”. Por eso dice que jamás ha visto su rostro en una fotografía. A su abuelo Gerardo González Iglesias lo fusilaron en las tapias del cementerio civil de Oviedo el 5 de marzo de 1938. Y esa huella dactilar representaba su último acto de resistencia y dignidad. “A veces”, cuenta Alonso, “los condenados a muerte se negaban a firmar sus condenas como última protesta y les obligaban a untar de tinta su dedo pulgar para dejar constancia legal de serles leída su sentencia”.

Cerca de una veintena de imágenes y un video, elocuentemente titulado Contra la impunidad, vienen a rescatar del olvido ese horror producto de la violencia ejercida contra muchas personas en la guerra civil, sin duda formando parte de la alargada sombra que recorrió Europa próximos al ecuador del pasado siglo. Eloy Alonso titula su exposición de La Nau, en el marco del III Festival Internacional de Fotoperiodismo PhotOn, Las fosas del olvido. Un conjunto de imágenes que contienen huellas indelebles de esos crímenes justificados por una causa ¿justa?

Las fosas del olvido, de Eloy Alonso. PhotOn Festival. La Nau

Las fosas del olvido, de Eloy Alonso. PhotOn Festival. La Nau

Porque lo que se deduce de toda esa violencia guerrera, es que se desencadena siempre detonada por argumentos indubitables, que el otro jamás llegará a comprender. He ahí tan obtuso enfrentamiento. Eloy Alonso no sólo da fe de esa terquedad con imágenes repletas de fosas, muertes, cráneos, balas y descubrimientos telúricos, sino con pertenencias personales de desaparecidos durante la guerra, postales y periódicos que aluden a tan sangrante periodo bélico. En el video Contra la impunidad, personajes de la cultura prestan su voz y su rostro como testimonio vivo de buena parte de aquella memoria sepultada: Juan José Millás, Pilar y Javier Bardem, Pedro Almodóvar, Miguel Ríos, Juan Diego y Aitana Sánchez Gijón, entre otros. Más allá de su escorada representación izquierdista, sin duda lógica si tenemos en cuenta la mayor saña nacional, lo interesante de Las fosas del olvido radica en su fondo telúrico, necrófilo, siniestro: “¿cómo fue posible tal horror?” Responder a esta pregunta exige ir más allá de las pasiones ideológicas, para adentrarse en la pulsión de muerte que anida en todos nosotros. De lo contrario, esas fosas del olvido que muestra Eloy Alonso seguirán siendo pasto de encendidos y rabiosos comentarios.

Las fosas del olvido, de Eloy Alonso. PhotOn Festival. La Nau

Las fosas del olvido, de Eloy Alonso. PhotOn Festival. La Nau

Salva Torres