El lado decadente de las barracas

Vale por un viaje, de Alejandra de la Torre
Pepita Lumier
C / Segorbe, 7. Valencia
Hasta el 3 de septiembre de 2016

Alejandra de la Torre (Castellón, 1983) viene a llevarle la contraria a Françoise Sagan cuando dijo aquello de que los objetos eran los amigos que ni el tiempo, ni la belleza, ni la fidelidad consiguen alterar. En su caso, el paso del tiempo sí modifica la percepción que tenemos de algunos objetos: por ejemplo, la serie de atracciones de las ferias veraniegas con sus inconfundibles barracas. Es lo que hace en la exposición Vale por un viaje, que hasta el 3 de septiembre acoge la galería Pepita Lumier de Valencia.

Lejos de presentar el bullicio de la gente, las atracciones a pleno rendimiento y la conjunción de ambas cosas como reflejo del aire festivo propio del verano, De la Torre muestra en soledad algunos de los objetos más representativos de todo ese carnaval. Hay, así, autos de choque, caballitos, lanzaderas, hinchables, fichas de diversas atracciones e incluso carteles donde se anuncia dónde sacar esas fichas en taquilla, todos ellos fuera del contexto dinámico inherente a la feria. Como la propia artista dice, le interesa esos objetos en la actitud “decadente” que “los vuelve interesantes y únicos”.

Obra de Alejandra de la Torre. Imagen cortesía de Pepita Lumier.

Obra de Alejandra de la Torre. Imagen cortesía de Pepita Lumier.

No son objetos, a pesar de su soledad, que evoquen la naturaleza siniestra conferida por algunos autores a las máquinas. Ni siquiera los payasos, protagonistas tradicionales de ese mundo, dejarían el rastro en la obra de Alejandra de la Torre que deja el payaso Pennywise en la novela de terror It, de Stephen King. La artista castellonense se acerca a ese mundo para dejar constancia de lo que cambia la percepción de las barracas pasado el tiempo. De aquella niñez e incluso adolescencia mágica en relación con las ferias, se pasa en Vale por un viaje a las sensaciones más crudas de la edad adulta cuando hace memoria de todo aquello.

De manera que hay dos capas en la exposición: una colorista, como destilado de cierta ingenuidad primigenia, y otra más descarnada, en alusión a esa distancia o desencanto de los objetos. Esa primera capa, Alejandra de la Torre la describe así: “La feria como espacio de luz, color y diversión”. De esa otra, la artista dice: “A medida que vamos creciendo [la feria] nos muestra otra cara más castiza, sucia y mísera, que es lo que las diferencia de los parques de atracciones”. Esa parte más “cutre” (Alejandra dixit), no termina de comparecer del todo y sí, en cambio, cierto desencanto en su literalidad: objetos que han perdido su encanto, a pesar de mantener a duras penas su intenso color.

Obra de Alejandra de la Torre. Imagen cortesía de Pepita Lumier.

Obra de Alejandra de la Torre. Imagen cortesía de Pepita Lumier.

Porque colores llamativos,  fosforescentes, estridentes, hay muchos. Todos ellos a modo de maquillaje con el que la vieja actriz quisiera ocultar el paso del tiempo. Y al lado de esos colores, junto a ellos, remiendos de papel que la artista introduce mediante el collage para subrayar el carácter artificioso del mundo narrado en Vale por un viaje. De la Torre nos invita a ese viaje aparentemente luminoso, a base de intenso dulce de algodón, iconos hinchables como Bart Simpson o Bob Esponja, fichas de colores y llamativas atracciones, para mostrarnos en paralelo la pérdida de toda esa magia.

Por eso es normal que en lugar de hinchables, llame “deshinchables” las obras relacionadas con esos grandes muñecos de plástico. Porque el viaje de Alejandra de la Torre está plagado de las baldosas amarillas del cuento, en cuyo trayecto han ido perdido el encanto para devenir objetos solitarios; máquinas a falta de la ficha oportuna que las ponga en movimiento. Fichas de colores que en la obra de Alejandra de la Torre aparecen desanimadas.

Obra de Alejandra de la Torre. Imagen cortesía de Pepita Lumier.

Obra de Alejandra de la Torre. Imagen cortesía de Pepita Lumier.

Salva Torres

La seda y la mujer a través de los tiempos

Levedad. La seda y la mujer de todos los tiempos, de María Gómez
Hotel Las Arenas
C / Eugenia Viñes, 22-24. Valencia
Inauguración: viernes 8 de julio de 2016, a las 20.30h

Esculturas en yeso endurecido, talladas hasta llegar a formas sutiles y  evanescentes, inspiradas en las formas flotantes y movimientos de la seda. Ellas, estas mujeres de seda flotando libres, “son como la crisálida en su esplendor cuando se abre a la vida entre el filamento de seda que ella misma creó, trasmutando hacia la Ninfa que saldrá desnuda a la naturaleza. Será ese fino hilo utilizado en su metamorfosis, el que la cubra después como mujer”, explica María Gómez.

‘La Seda y la Mujer de todos los tiempos’ es el subtítulo que acompaña al más genérico de ‘Levedad’, con el que María Gómez presenta en el Hotel Las Arenas la serie de obras en torno a la esencia de los sentidos como un código genético que la acompaña piel con piel desde los tiempos más remotos y seguirá siéndolo mientras exista la Humanidad.

Levedad, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

Levedad, de María Gómez. Imagen cortesía de la autora.

La seda ha tenido una estrecha relación con lo femenino, en una simbiosis  que la mujer reconoce: la belleza y la sutilidad de esos hilos conjugan y se transmutan con la elegancia natural, sensualidad, levedad y libertad, conectando con la “esencia” de los sentidos, el interior y elevación del espíritu, e incluso, la suntuosidad.

Las esculturas tuvieron su inicio hace varios años, surgido en la observación de la belleza y encantamiento de paisajes pirenaicos, donde la inmensidad y la atmósfera sobrecogieron a María Gómez. “Pudo ser el mismo silencio y la afonía de la brisa, la que me hizo imaginar paños de seda flotando sobre el blanco de la nieve y todos los verdes infinitos. Pensé, entonces, cómo llegaba ese preciado tejido a esos lugares tan duros y difíciles de alcanzar dadas sus barreras naturales”, explica la artista.

“A partir de ahí descubrí el duro camino que hacían los hombres hasta lograr el ‘tesoro de la seda’, que  llevaban consigo hasta los más recónditos rincones de su tierra, entregándolo como una ofrenda, para belleza y deleite de los sentidos. Hay una historia en todo este camino que me cautivó, en el que hombres y mujeres de todas las culturas han sido seducidos por la mágica atracción de la seda”, concluye.

La técnica, continúa señalando Gómez, “es muy dura de trabajar (yeso endurecido con colas animales como antaño) y talladas a bese de cincel y lijas (la idea de dominar la materia hasta que parezca ligera como una nube. Sin moldes ni modelos”.

Levedad, de María Muñoz.

Levedad, de María Gómez. Fotografía de Alfredo G. Carbonell.

Del Sol Negro al oscuro misterio femenino

Sol Negro, de Rubenimichi, y Similar Soul, de Seven Moods
Plastic Murs
C / Denia, 45. Valencia
Del 3 de junio al 29 de julio

Sol Negro es uno de los múltiples nombres que recibe Saturno, dios de la cosecha que representa los ciclos de la vida, pero también el paso implacable del tiempo y, por lo tanto, la muerte. Conocerlo es intentar entender nuestro significado y nuestro fin, y buscar su influjo es abrazar el conocimiento, aunque sea atravesando la oscuridad.

Lo saturniano nos rodea. Existen miles de símbolos que nos indican el camino, tratan de darnos las respuestas. Y aunque no queramos verlos, todos responden a un lenguaje único. Todo: lo referente a lo bueno y a la luz, y lo que representa lo malo y la oscuridad.

Sol Negro. Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Titan, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Sobre este planteamiento Rubenimichi consiguen acercarse a ese lenguaje cósmico, rastreando los símbolos, asumiéndolos como propios y jugando con su misterio. Porque si algo fascina a Michi, Rubén y Luisjo, es lo oculto, lo secreto, lo oscuro o lo mágico, que mueve y domina una buena parte de su trabajo. Y también todos sus ritos, aplicados incluso al propio proceso creativo. A nadie se le escapa. Algo hay de brujos en esta oscura y, en apariencia, simpática trinidad.

En sus cuadros, Rubenimichi se dejan llevar por una audaz intuición que parte del asombro por ciertas realidades cotidianas y que culmina en la asimilación de cualquier fenómeno que se presente como indescifrable. Según sus planteamientos ahí es donde está el poder, la energía o la magia. Y es ahí donde encuentran su espacio, uno en el que especular a través de la pintura, buscando las respuestas, ofreciendo una documentación exahustiva de su fascinación. Hay que añadir aquí, aunque suene excesivo, que su trabajo es un fiel reflejo de sus dogmas e ideales.

Dione, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Dione, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Las respuestas están más cerca de lo que creemos y posiblemente jamás permitirán que las descubramos. Sin embargo, y mientras tanto, podemos comenzar a observar estos símbolos como lo han hecho Rubenimichi, con curiosidad y delicadeza, con placer persuasivo.

En ‘Sol Negro’ comulgamos con este conocimiento oscuro, diferente y atractivo, seductor, cercano a la frivolidad o a lo sádico, pero también a lo poético, a lo luminoso y a lo inspirador. Es un poder contradictorio y fascinante colmado de claroscuros en los que encontramos ritos y diosas, jóvenes vírgenes y sacerdotisas en Misas Negras o Saturnalias, envueltas en una voluptuosidad romántica…

Hermandad, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Hermandad, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

En estos cuadros fluye como un torrente la imaginería de lo oculto: el velo que cubre y esconde. La hoz, el estramonio, los altarcillos, los huesos y todo lo mortuorio. El hexágono, como el triple seis satánico o como el hexagrama o estrella de seis puntas, que se transforma en cubo en su perspectiva caballera. Pero también el hexágono como la celdilla de la abeja, representación de las sociedades secretas. Es un juego acumulativo, sí pero… ¿sólo un juego? ¿O más bien un lenguaje?

Si hay algo después de la muerte, sólo Saturno nos lo puede explicar. Ése es el poder del Sol Negro: la oscuridad total que nos deslumbrará a la vez que nos dará las respuestas.

Texto sobre Rubenimichi, de Roberto Salas

Por su parte, las nuevas obras de Seven Moods nacen evidentemente de varios elementos recurrentes que, al entrelazarse entre sí, dan origen a una serie de obras de arte que cuentan un secreto, una historia misteriosa y altamente sugerente que se ocupa de la representación de las mujeres y de sus alter egos. El elemento principal de cada composición es de hecho la figura femenina: las mujeres están en el centro de cada pieza, ocupando casi toda la configuración. Estas parecen acabadas de aterrizar del futuro, o desde el espacio exterior.

Kinoly, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Kinoly, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Según el artista, las mujeres poseen múltiples expresiones; pueden ser madres, amantes, santas, o por el contrario, demonias. Así pues, la figura femenina se convierte en una forma viva, una esencia que respira, un símbolo de una dimensión humana universal, así como de una sensibilidad intelectual individual. Sus miradas fuertemente emocionales nos dicen que están enfocadas en algún pensamiento muy personal.

Casi todas las mujeres representadas, por otra parte, están llorando. Las lágrimas que caen por sus caras actúan como un medio de interacción para conectar al artista con los seres en sus obras. Sin embargo, estos llantos no son causados por el sufrimiento, sino más bien por una conmoción fuerte frente a la belleza -en particular la belleza de la naturaleza-; alternativamente, son causadas por una necesidad de purificar y liberarse de negatividad.

Make me laugh, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Make me laugh, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Tal tensión emotiva habita en cada escena y también gira alrededor de los otros elementos principales de la composición: las formas geométricas y los animales.

La geometría está siempre presente en las creaciones de Seven Moods, pero especialmente estas nuevas obras representan una selección de formas que le concede un cierto carácter a los escenarios. Maestros del pasado como Salvador Dalí han comentado, que la geometría es esencial y se tiene que seguir durante la composición la obra de uno; pero aquí, la geometría va incluso más allá; se convierte en los medios y el objeto de las piezas.

Las formas se utilizan no sólo para definir el espacio, pero sobre todo para la adquisición de nuevos significados, fluctuando en torno a las figuras y emanando toda esa belleza intrínseca que existe en la naturaleza, que demasiado a menudo es invisible al ojo humano. La tarea de los artistas es, por lo tanto, dejar que su belleza salga de las formas geométricas que organiza cuidadosamente en sus obras de arte.

Dorian, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Dorian, de Seven Moods. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Los animales, también, constituyen uno de los elementos principales de las composiciones. Ellos son el gran misterio, una fuerza iconográfica que posee también una cierta función esotérica. Estos animales, que crecen junto con las mujeres representadas, están fuertemente entrelazados con estas figuras femeninas y representan una clave para interpretar la pintura a la manera personal de cada uno.

La relación entre los animales y las niñas representadas es misteriosa, pero muy profundamente arraigada. La presencia de estos seres representa la terminación de la estructura de las piezas, que se hace eco de la misma integridad nata que existe entre los seres humanos y los animales. Por otra parte, la unión entre las mujeres y los animales se convierte en paralelo a la conexión establecida entre las figuras de las obras de arte y los espectadores.

Esta sensación de plenitud, la atmósfera misteriosa y la complicidad entre todos estos factores es lo que hace que estas obras destaquen como una excepcional nueva serie que puede hablar en silencio a los corazones de los espectadores. Al invitar a los espectadores a encontrar su propia interpretación de cada obra, el artista también les anima a pasar por una experiencia catártica y purificante, con el fin de escapar, aunque sólo sea por unos minutos, su realidad.

Texto sobre Seven Moods, de Alessandra Manzanatti

Rea, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Rea, de Rubenimichi. Imagen cortesía de Plastic Murs.

 

La cara oculta de la fuerza femenina

Y llegas a perforarme en el blanco de mi sed, de Paula Bonet
Galería Pepita Lumier
C / Segorbe, 7. Valencia
Hasta el 4 de junio de 2016

Paula Bonet (Villa-Real, 1980) ha alcanzado la meta con la que sueña todo joven artista. Un objetivo que va más allá del triunfo y la fama. Acuñar un estilo propio que la define y la  identifica en medio de la vorágine que es hoy el arte y que, además, conecta con la sensibilidad artística imperante. Afincada en Barcelona desde hace un par de años, la artista pasó por Valencia para presentar en la Galería Pepita Lumier una exposición muy especial. ‘Y llegas a perforarme en el blanco de mi sed’ es el título poético y excesivo de esta muestra que reúne 11 óleos, 24 grabados y 30 dibujos que se podrán ver hasta el 4 de junio. Se trata de un adelanto del próximo proyecto de Bonet, el libro ilustrado La Sed, que publicará Lunwerg en octubre 2016. El texto reúne un coro de  voces de varias poetas y escritoras presididas por la dramática figura de Anne Sexton que se suicidó en 1974.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

“Lo que más me fascinó de ella es el hecho de que tratara con tanta crudeza y sin ningún tipo de censura temas dolorosos de la experiencia de ser mujer que siempre habían sido considerados tabú”, dice Bonet. “También que utilizara la autobiografía para este fin, con total libertad, sin tapujos. Me fascinó el uso que hace de la literatura para entenderse a sí misma, cómo a través de ésta conseguía encontrar cierta serenidad y alivio en el drama en el que le tocó vivir”.

Poeta suicida

Junto a su amiga Sylvia Plath, Clarice Lispector o Virginia Woolf, Sexton pertenece a la estirpe de las autoras marcadas por un sino fatal y tendencias autodestructivas. Lo tenía aparentemente todo. Belleza, talento, éxito, dos hijas, pero algo  en su interior le impedía disfrutarlo felizmente. El 4 de octubre de 1974 se puso un abrigo de pieles que heredó de su madre y, después de beberse un par de vodkas, se encerró en su garaje y puso en marcha el motor de su Cougar rojo.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

“Sexton es una de las autoras que siento como refugio, que me ayudan a entenderme y a aceptarme”, añade Bonet. “Y es una de las voces que intenta contener el personaje principal del proyecto editorial en el que estoy trabajando, La Sed. Para reflejar su angustioso universo lo que he hecho es buscar los lugares comunes, aquellos en los que me siento retratada a través de su trabajo. Una vez localizados he intentado ser tan sincera en mis imágenes como lo fue ella en sus textos”.

‘El problema está/ en que dejé helarse a mis gestos./ El problema no estaba/ en la cocina o en los tulipanes/ sino sólo en mi cabeza/ mi cabeza.’ Es uno de los poemas de Sexton que aparecen en la exposición orlado de dibujos de pájaros muertos o agonizantes, almejas fuera de temporada, lenguas humanas. “Las que presento son imágenes dibujadas con puntas de acero”, escribe la artista. “Grabadas a golpe de baño de ácido. Estampadas sobre el papel a fuerza de ser reventadas contra el tórculo”.

Domina lo sombrío, tétrico y oscuro, apenas unas cuantas pinceladas de color, ella que era tan amante del rojo. Pero asegura que no refleja un estado de ánimo depresivo, ni se trata de un punto de inflexión en su obra. “Siento una armonía y una plenitud que nunca había experimentado hasta ahora”, afirma rotunda.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

Obra de Paula Bonet. Imagen cortesía de Galería Pepita Lumier.

Tiene motivos sobrados para sentirse satisfecha. Y uno de ellos es su estancia en Barcelona. “Allí  he encontrado una serenidad y calma que no había disfrutado antes. Es un lugar perfecto para la creación. Desde que llegué me vi participando de un clima sano en el que el respeto por el trabajo ajeno, la suma de fuerzas entre creativos de distintos ámbitos y las ganas por seguir y por construir me hicieron sentir muy cómoda. Es un lugar perfecto desde el que continuar cuestionándose y continuar trabajando”.

Licenciada en Bellas Artes en la Universidad Politécnica de Valencia, Bonet amplió su formación en Santiago de Chile, Nueva York y  Urbino. Comenzó su carrera centrándose en el óleo y el grabado y, a partir de 2009, decidió dedicarse a la ilustración. Sus retratos de mujeres, de los que ella misma ha sido modelo algunas veces, expresan una atinada combinación de fragilidad y fortaleza femenina que conecta con el sentir de las jóvenes de hoy. Practica un tipo de ilustración aparentemente sencilla de líneas limpias y tintas de color sólo en algunos puntos de la imagen en blanco y negro. Como ella mismo ha dicho en varias entrevistas, es un concepto de dibujo “muy íntimo”.

Su primer trabajo como autora, ‘Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End’ es un libro muy personal acerca de las cosas o situaciones que se acaban en el momento que menos se espera  destrozando los planes presentes y futuros. El duelo y el dolor por esa situación ilustrado con delicadeza y realismo en la misma proporción. También ilustró ‘La petita Amèlia es fa gran’ (La pequeña Amelia se hace mayor), un relato infantil de Elisenda Roca.

Paula Bonet. Fotografía de Noemí Elías.

Paula Bonet. Fotografía de Noemí Elías.

Bel Carrasco

El deseo femenino y sus controversias

Mustang, de Deniz Gamze Ergüven
Teatre Serrano
Passeig de les Germanies, 29. Gandia (Valencia)
Martes 12 de abril, 2016, a las 17.30 y 20.00h. 3€

Mustang, la película de la directora de origen turco Deniz Gamze, es una obra llena de humor y ternura, que indaga en el secreto de la feminidad, el deseo y la muerte. Una película sobre esa belleza indisociable del dolor que es uno de los misterios más hondos de la existencia humana.

Mustang habla de esa eterna disociación entre la realidad y el deseo que no ha dejado de torturar a los seres humanos, y que es sin duda el descubrimiento más doloroso a que se tienen que enfrentar los adolescentes en su tránsito hacia la edad adulta. Desde luego un descubrimiento doloroso, ya que la realidad se sustenta en unos pilares culturales que la elevan de los deseos individuales.

Fotograma de Mustang, de Denis Gamze.

Fotograma de Mustang, de Deniz Gamze.

Freud, en su ensayo ‘El malestar en la cultura’, se hacía una modesta pregunta: ¿cuál es uno de los deseos a los que aspira el ser humano, como fin y propósito de la vida? Y con la clarividencia que le caracterizaba  respondía: llegar a ser felices. Una felicidad que, para el autor, sólo se alcanza experimentando intensas sensaciones placenteras, ausentes de dolor y displacer. Experiencias placenteras que la cultura parece más restringir que estimular, al alejarnos de nuestras pasiones más instintivas. Por ello, la cultura, afirma Freud, produce un malestar en el sujeto, a pesar de que la suma de instituciones y producciones que la conforman sirvan para proteger al ser humano de la naturaleza y regular las relaciones humanas.

Fotograma de Mustang, de Deniz Gamze.

Fotograma de Mustang, de Deniz Gamze.

El malestar

En Mustang, la vida infantil, lúdica, risueña e inocente de cinco guapas hermanas, cuyas edades rondan entre los 12 y 16 años, desaparece en apenas unos meses bajo el yugo de la tradición cultural y religiosa. Nos cuenta su historia la hermana pequeña, que se resiste a aceptar el destino de esa tradición que les coarta la libertad para alcanzar la anhelada felicidad. Cinco hermanas enfrentadas a una tradición cultural religiosa que intenta domar la fervorosa sexualidad que fluye de sus juveniles cuerpos.

Fotograma de Mustang.

Fotograma de Mustang, de Deniz Gamze.

Begoña Siles

La belleza convulsa de Liliana Maresca

Retrospectiva de Liliana Maresca
Espaivisor
C / Carrasquer, 2. Valencia
Hasta el 15 de abril de 2016

“Busco una fisura hacia otra realidad…Porque esta se agota rápidamente”. Dicho y hecho. Liliana Maresca (1951-1994) encontró esa fisura que buscaba, de tanto intentarlo con su obra transgresora. De manera que se topó bien pronto con la muerte. Tenía 43 años, dedicados a hurgar en la belleza con los materiales punzantes de su intensa, apasionada creatividad. Quería tanta autenticidad, que no dudó en jugar con los límites que separan la vida de la muerte.

El arte es representación, porque de lo real sólo podemos saber por vía interpuesta. Pero Maresca quiso siempre forzar esa representación, con el fin de hallar la esencia de las cosas. Y la esencia, en muchos casos, tenía cierto sabor letal. La galería Espaivisor de Valencia da cuenta de tan excesiva creatividad en la primera retrospectiva de su obra en España. Lo hace mediante fotografías, piezas de escultura, un video, recortes de prensa, escritos a máquina y documentos performance, en los que aflora, por muy distintos que sean los soportes, su vena artística siempre al borde del colapso, del agujero negro que todo lo engulle.

Su intensa actividad en las décadas de los 80 y 90 en la Argentina postdictatorial alumbró exposiciones que tan pronto denunciaban aspectos relacionados con el Descubrimiento de América, como con las abusivas leyes del actual mercado capitalista. Se rodeaba de artistas plásticos, músicos o actores con los que montaba singulares y provocadoras escenografías. Hacía lo propio en su serie de fotografías, realizadas por Marcos López, en las que se representaba a sí misma desnuda tras objetos que parecían subrayar el esqueleto de su anatomía. No era la Frida Kahlo de la columna vertebral rota, pero se asemejaba.

Liliana Maresca en una de sus fotografías performance realizada por Marcos López. Imagen cortesía de Espaivisor.

Liliana Maresca en una de sus fotografías performance realizada por Marcos López. Imagen cortesía de Espaivisor.

“Mi misión es molestar, hacer cosas que sean una patada en los huevos”

En la exposición de Espaivisor hay numerosos recortes de prensa que recogen algunas de sus declaraciones más apasionadas, fruto del sentimiento que revelaba su propio arte. “Yo creo que mi misión en la vida es molestar. Hacer cosas que sean una patada en los huevos”. A punto de morir, casi a modo de testamento, produjo una muestra cuyo título ya manifiesta su inquebrantable pulso vital: ‘Frenesí’. Un frenesí que arramblaba con todo, incluido el sistema que viene a controlar tamaños excesos. “Si el sistema permite la existencia de algo que se escapa de él, es para inocularlo luego”.

Para que tal cosa no sucediera, Liliana Maresca no cejó en su empeño de violentar los límites en cuyo interior yace la paz. O no. “Si nuestros trabajos produjeran violencia es porque ella está en la realidad, en los dibujos animados, en los noticieros, en la calle”. Sabedora de esa violencia que nos habita, más allá de la candidez rousseauniana, Maresca desplegó toda una batería de actividades encaminadas a subrayar ese carácter violento de la naturaleza humana. Violencia que ella sabía destinada a formar parte del propio tejido social.

“Esto que hoy parece delirante, no convencional, va a ser aceptado y dejará la marginalidad”. Maresca parecía anunciar con ello la deriva televisiva, allí donde el asesinato, por seguir a Hitchcock, se instala cómodamente en las casas a través de la pequeña pantalla. Todo es fagocitado por el mercado, salvo el pensamiento en su estado puro. “Desde el momento en que pensás de una manera distinta al resto de artistas te estás marginando”. En esa marginalidad se movió siempre la artista que tomó el propio cuerpo como recipiente de experiencias traumáticas. La primera de todas ellas, aniquilar su yo.

Una de las piezas de escultura de Liliana Maresca. Imagen cortesía de Espaivisor.

Una de las piezas de escultura de Liliana Maresca. Imagen cortesía de Espaivisor.

“Hay que hacerse un yo para hacerlo mierda”

“Uno tiene que ser paranoico. Hay que hacerse un yo para hacerlo mierda”. No sólo el suyo, que sin duda dinamitó a diario poniéndose a sí misma contra las cuerdas, sino los múltiples yoes que la animaban a dejar en calma la realidad. Nadie lo logró, porque Liliana Maresca siguió y siguió profundizando en esa fisura que le transportaba a otra realidad. En una de sus propuestas artísticas, se metió en un ataúd para limpiar los pedazos de mortaja que todavía quedaban dentro. Quería que los ataúdes fueran objeto de una exposición. Y la sola experiencia previa la conmovió. “Al tener que meterme tan dentro de la muerte, te puedo decir que la sentí”.

A Maresca le subyugaba esa experiencia de autenticidad, hasta el punto de llegar a ofrecerse al público para mostrar la simbiosis entre cuerpo y mercado. Un cuerpo que osciló entre el erotismo de su propia desnudez y la provocación ideológica revelada en sus montajes más políticos. Espaivisor se hace cargo de todo ello mostrándolo a pequeña escala, como si toda esa energía desbocada pudiera concentrarse en archivos documentales, imágenes en blanco y negro de gran poder evocador y alguna que otra escultura a modo de brillante ‘Curiosidad natural’ realizada con bronce y calabaza.

Fotografía de Liliana Maresca. Imagen cortesía de Espaivisor.

Fotografía de Liliana Maresca. Imagen cortesía de Espaivisor.

“Quería probar de todo y lo único que me faltaba era matar”

Su hija Almendra, presente en la inauguración, destacó en un aparte para MAKMA el carácter indomable de su madre. “Tuvo instantes de monogamia, pero siempre quiso explorar otras cosas”. Lo hizo con propia vida y, por extensión, con su arte. Y es que arte y vida en la trayectoria existencial de Liliana Maresca se confunden. Lo prueba este testimonio extraído de uno de los recortes de prensa que abundan en la exposición.

“Quería probar de todo y lo único que me faltaba era matar. Entonces por seguridad conseguí un revólver. Salí a caminar por la villa, tipo tres de la mañana. Yo pensaba: ahí me encuentro con alguien que me quiere violar y lo mato. Dormía con todas las ventanas abiertas, la puerta abierta. Nada, no pude matar a nadie”.

Así concebía la vida y el arte Liliana Maresca, artista de culto a quien Espaivisor dedica una retrospectiva que sólo tiene un precedente en Europa: la que le dedicó hace cuatro años la galería Spazio Nuovo de Roma. No hay más vestigio de su obra fuera de su Argentina natal, salvo algunas piezas expuestas en el Museo Reina Sofía de Madrid. Lo demás está en Valencia, donde hasta el 15 de abril permanecerá tan singular retrato de la artista que buscó una fisura hacia otra realidad y la encontró. “Vivía al límite”, concluyó su hija Almendra. Y el límite cedió para finalmente devorarla. Espaivisor contiene sus restos mortales llenos de intensa vida.

Ver noticia en ARTS de El Mundo Comunidad Valenciana

Fotografía performance de Liliana Maresca realizada por Marcos López. Imagen cortesía de Espaivisor.

Fotografía performance de Liliana Maresca realizada por Marcos López. Imagen cortesía de Espaivisor.

Salva Torres

Polification o la nerviosidad urbana moderna

Polification
Plastic Murs
C/ Denia, 45. Valencia
Hasta el 8 de abril de 2016

Vivimos en ciudades nerviosas -Roberto Arlt hubiera escrito epilépticas- que nos pueden. A veces es por su crecimiento extraño a través de planes generales de ordenación urbana haussmanizantes, a veces por costumbre, a veces por el modo en el que se superponen los sustratos de población, como capas de tiempo, en oleadas de emigración, como bandas organizadas, delimitando sus zonas de operación en barrios y arrabales.

Nuestro territorio, nosotros, nuestras ciudades de ahora, son la evolución post de la ciudad moderna que inventó la flânerie romántica del s.XIX y la vanguardia futurista del s.XX -siempre pienso en Metrópolis, el collage de Paul Citroën-, varias guerras mundiales y reconstrucciones postmodernas, todas las revoluciones (menos la próxima), la atención a fenómenos como la gentrificación y el sinsentido que gobierna este mundo mediático.

Polification. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Polification. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Cada uno en su casa y todos en nuestros distritos forzamos al límite las imposiciones de la ciudad. Empujamos las paredes de nuestros apartamentos y los mismos márgenes de lo urbano reinventando un mar de mampostería que es historia y recursos, tantas veces descuidados estúpidamente.

La pintura en cuadro de Manolo Mesa y Mohamed L’Ghacham muestran los escenarios, el espacio desgastado para la acción necesaria, fijando el lugar adecuado o las personas que lo habitan; la de Sebas Velasco traslada la potencia y urgencia del acto de pintar en la calle a través de su factura, subrayando la denuncia; por su parte, la estructuras geométricas de Alessandro Etnik construyen una visión abstracta, por ideal, de línea clara.

Los cuatro artistas anteriores desarrollan parte de su trabajo en la calle, y el contrapunto lo pone el hiperrealismo de Jessica Hess, que no interviene muros pero sí traslada al lienzo la belleza del horror vacui de una invasión total de tags y pintadas reales que, con su histeria, nos increpan contra el deterioro de nuestras ciudades.

Plastic Murs.

Polification. Imagen cortesía de Plastic Murs.

Ricardo Forriols

Aida o la belleza trágica

Aida, de Giuseppe Verdi, bajo dirección musical de Ramón Tebar
Palau de les Arts Reina Sofía
Avda. del Professor López Piñero, 1. Valencia
Días 25 y 28 de febrero, y 2, 5 y 9 de marzo de 2016

El amor romántico sigue teniendo enorme tirón. Aida, de Giuseppe Verdi, es un claro ejemplo. Desde hace más de dos semanas ya no quedan entradas para ver en Les Arts la pasión desatada entre Aida y Amneris por el capitán Radamès. “Es una ópera maravillosa de Verdi, padre moral y ético de toda la humanidad”, explicó Davide Livermore, intendente del coliseo valenciano. La “lucha por la libertad” de los amantes verdianos, en un contexto de “brutalidad del imperio para destruir al individuo”, es a juicio de Livermore lo que convierte a la ópera en “universidad de los sentimientos”. Universidad que el intendente defendió como propia de un teatro público que contempla la representación operística “patrimonio de la gente”.

Ramón Tebar, que dirige Aida por primera vez como director principal invitado en Les Arts, incidió en el “conflicto de las pasiones humanas” y en el “imperio faraónico contra el pueblo oprimido” como principales características de una ópera que traslada a la actualidad lo que acontece en el Antiguo Egipto. Un Egipto de “pirámides, elefantes y camellos” que Verdi, no obstante, utiliza para “sintetizar sus más grandes preocupaciones”, entre ellas, recordó Livermore, la de “la nación grande que oprime a la pequeña” y el “abrumador poder de la iglesia sobre todos los estamentos”.

Escena de Aida, de Giuseppe Verdi, bajo la dirección musical de Ramón Tebar. Fotografía de Tato Baeza por cortesía de Les Arts.

Escena de Aida, de Giuseppe Verdi, bajo la dirección musical de Ramón Tebar. Fotografía de Tato Baeza por cortesía de Les Arts.

La venezolana Lucrecia García encarna a la princesa etíope Aida, capturada como esclava al servicio de Amneris (Marina Prudenskaya), hija del faraón. Rafael Dávila es Radamès, el capitán de la guardia egipcia objeto del amor de ambas. “Esta sala va a explotar con tantísimo talento”, subrayó Tebar del amplio elenco interpretativo. Elenco al servicio de una historia de amor trágico que David McVicar pone magistralmente en escena. Lo hace huyendo de lo exótico, porque como señaló Livermore, “con el cine y los parques temáticos” ya no tiene sentido en la actualidad. “Es un melting pot, una mezcla extraordinaria de culturas”, cuya mezcolanza sirve para “poner en alto nivel el poder amoroso, político y religioso de Aida”, afirmó el intendente.

Tebar puso el énfasis en el término con el que concluye la ópera en palabras de Amneris: “La última palabra de Aida es pace (paz)”, refiriéndose con ello a la presión ejercida sobre ciertos pueblos y sus concomitancias con el “problema de los refugiados”. Livermore, deletreando la fotografía de Herbert List que sirve de cartel de la ópera, se refirió a la chica vestida de blanco con un espejo que oculta su rostro como metáfora de Aida. “Es una mujer que no tiene cara, en medio de un desierto, y que viene a representar al esclavo sin rostro como imagen poética de la ópera”. Livermore abundó en esta idea poética afirmando que un teatro público comunica “para el arte, no para vender, para hacer marketing”.

Aida, de Giuseppe Verdi, bajo la dirección musical de Ramón Tebar. Imagen cortesía de Les Arts.

Aida, de Giuseppe Verdi, bajo la dirección musical de Ramón Tebar. Imagen cortesía de Les Arts.

La ópera en cuatro actos de Verdi se representará en Les Arts el 25 y 28 de febrero y los días 2, 5 y 9 de marzo, recuperando el montaje de McVicar realizado en coproducción con el Covent Garden de Londres y la Ópera de Oslo, que en 2010 estrenaron en Valencia Lorin Maazel y Omer Meir Wellber. “La Marcha del Triunfo no fue representada completa la primera vez”, por razones en las que el intendente no quiso entrar. El nuevo elenco y la versión íntegra de esa escena son las novedades de esta nueva Aida, ópera que, según Livermore, “es siempre un reto para cualquier teatro”.

La “belleza” de la partitura musical y la “brutalidad” de la historia, repleta de violencia (David Greeves figura como maestro de artes marciales) y muerte trágica, hace de Aida un espectáculo de gran potencia y “uno de los super hits de la ópera”, remarcó Livermore, siempre atento a subrayar el carácter público de Les Arts, ahora universidad de los sentimientos que alcanza con Verdi el cum laude.

Escena de Aida, bajo la dirección musical de Ramón Tebar. Fotografía de Tato Baeza por cortesía de Les Arts.

Escena de Aida, bajo la dirección musical de Ramón Tebar. Fotografía de Tato Baeza por cortesía de Les Arts.

Salva Torres

Del mito al espanto

Entre el mito y el espanto. El Mediterráneo como conflicto
Comisario: José Miguel Cortés
IVAM
C / Guillem de Castro, 118. Valencia
Hasta el 3 de julio de 2016

En la parte de la exposición que corresponde al mito se puede leer esta cita de Rilke: “Lo bello no es sino el comienzo de lo terrible”. La cita no recoge lo que viene justamente después: “lo terrible…que todavía podemos soportar”. Entre el mito y el espanto. El Mediterráneo como conflicto, que hasta el 3 de julio permanecerá en el IVAM, reúne 100 piezas de 30 artistas reveladoras de esa belleza como antesala del horror desplegado en el más amplio espacio destinado al conjunto expositivo. Espanto, eso sí, amortiguado para que pueda ser soportable y, por tanto, objeto de estudio. “No queríamos imágenes truculentas, sensacionalistas, sino aquellas otras que invitaran a la reflexión”, indicó José Miguel Cortés, director del IVAM.

Imagen de Adrian Paci. Entre el mito y el espanto. IVAM.

Imagen de Adrian Paci. Entre el mito y el espanto. IVAM.

De manera que “más que un puñetazo en el rostro”, la muestra pretende motivar con sus imágenes poéticas a una indagación profunda acerca de ese Mediterráneo conflictivo, “con muchas aristas y de difícil solución”, precisó Cortés. De la visión cálida, amable, con la que se entra en la exposición, a través de las obras de Benlliure, Pinazo, Sorolla o Muñoz Degraín, se pasa al espanto “más contemporáneo” que ofrecen las imágenes de Xavier Arenós, Adrian Paci, Zineb Sedira, Montserrat Soto, Sergio Belinchón, Yto Barrada o Ursula Biemann.

Como explicó José Miguel Cortés, en calidad igualmente de comisario de la exposición, por un lado está el mar de finales del siglo XIX y principios del XX como espacio de “tranquilidad, sosiego y búsqueda del placer” y, por otro, ese Mediterráneo más problemático de nuestra contemporaneidad relacionado con la migración, los refugiados, las fronteras y las guerras. “El desarraigo está muy presente en toda la exposición”. El desarraigo y, con él, esa sensación de “melancolía por lo perdido”, abundó Cortés.

Fotografía de Mohamed Bourouissa. Entre el mito y el espanto. IVAM.

Fotografía de Mohamed Bourouissa. Entre el mito y el espanto. IVAM.

“Queríamos huir de la simple denuncia y que las imágenes fueran de gran belleza poética”, señaló el comisario. Más que impactar, Entre el mito y el espanto establece un pacto lleno de fisuras entre lo imaginario y lo real; entre el mito de las tierras luminosas bañadas por el Mediterráneo, y el horror que contienen esas mismas tierras anheladas por cuantos buscan una vida mejor. Aunque el mar que protagoniza la exposición ha sido durante siglos objeto de disputas, “nunca como ahora ha sido lugar de fronteras e inmensa tumba”, recordó Cortés.

Fotografía de Nicolas Muller. Entre el mito y el espanto. IVAM.

Fotografía de Nicolas Muller. Entre el mito y el espanto. IVAM.

A esa tumba se llega después de atravesar el más florido jardín que propone el mito del Mediterráneo, en cuya entrada está Kavafis con su ‘Viaje e Ítaca’. “Que Kavafis nos acompañe en este viaje placentero”, señaló el comisario. Las palabras del poeta sirven de introducción a la muestra, corroborando las de Cortés: “Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje”. Y así, cadenciosamente, fue Cortés desgranando el cambio en la visión del Mediterráneo que se ha producido en menos de dos siglos.

Fotografía de Yto Barrada. Entre el mito y el espanto. IVAM.

Fotografía de Yto Barrada. Entre el mito y el espanto. IVAM.

Rogelio López Cuenca, insertado en el mito, desvela lo que se oculta tras esa visión amable. Es la primera advertencia de lo que nos aguarda. Enseguida empiezan a aparecer las imágenes de refugiados (Biemann), de límites y fronteras (Arenós), de personas hacinadas en las escalinatas que conducen a un avión que jamás llega (Paci), de hombres mirando a un horizonte imposible (Sedira), de interminables esperas (Barrada), de lugares fantasmales (Montserrat Soto) y de simple supervivencia (Mohamed Bourouissa).

Debates, talleres, jornadas, un ciclo de cine y diversas actividades completan la exposición Entre el mito y el espanto, con el fin de profundizar en tan controvertido Mediterráneo. Un mar al que se abocan 22 pueblos en busca de felicidad no exenta de melancolía muchas veces siniestra. Cortés apuntó en todo momento su intención de “huir de las visiones fáciles, sensacionalistas”, para que mediante fotografías “menos evidentes pero más profundas” la reflexión fuera posible.

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Fotografía de Zineb Sedira. Entre el mito y el espanto. IVAM.

Fotografía de Zineb Sedira. Entre el mito y el espanto. IVAM.

Salva Torres

Algunas mujeres no quieren ser musas

La Academia de las Musas, de José Luis Guerín
Cines Babel
C / Vicente Sancho Tello, 10. Valencia

José Luis Guerín define su película La Academia de las Musas, presentada en los Babel, como “un soliloquio”. Soliloquio de un profesor de filología (Rafaelle Pinto) que busca, mediante cierto proyecto educativo, alcanzar la verdad contenida en la posición femenina de la musa. Sus alumnas lo cuestionan, al igual que su desengañada mujer, que ve en esas clases otras intenciones ocultas. Planteado como “un documental”, que va decantándose hacia la “ficción estilizada”, ese soliloquio inicial también deriva en una película “muy dialéctica”.

¿Soliloquio? ¿Dialéctica? Guerín lo explica: “”Cada vez entiendo más el deseo de hacer cine como una forma de descubrir la propia película”. De manera que lo que en un principio parece una cosa termina desembocando en otra, fruto del propio desarrollo de la trama. Es lo que el director de En la ciudad de Sylvia entiende como la conjunción de “motion y emotion (movimiento y emoción)”. “Revelación que no llegaría a conocer si no hago la película”, concluye.

Fotograma de 'La Academia de las Musas', de José Luis Guerín.

Fotograma de ‘La Academia de las Musas’, de José Luis Guerín.

Algo parecido le pasa al protagonista de La Academia de las Musas, que arranca dominador de sus clases para terminar revelándose frágil. “El profesor es el personaje más patético de la película”, dice. Aún así, Guerín asegura que trata de evitar “la posición de cineasta moralista que juzga a sus personajes”. Y añade: “Los cineastas suelen hacer películas para denunciar cosas o lanzar mensajes; yo lo hago para descubrir cosas”. Subraya igualmente que se acercó al documental “buscando otras formas de contar historias”.

Y la historia que cuenta, repleta de diálogos entre el profesor y sus alumnas, no deja de transmitir la extrañeza derivada del confuso límite entre documental y ficción. Diálogos muchos de ellos tomados en el interior de un coche o de una vivienda, pero con la cámara desde el exterior, de manera que se suceden los reflejos que provocan los múltiples cristales. “Trato de preservar el espacio privado quedándome yo en el exterior, de ahí la veladura de los reflejos sobre los rostros”. Rostros que Guerín no deja de confrontar, al igual que ocurre con los diálogos.

Fotograma de 'La Academia de las Musas', de José Luis Guerín.

Fotograma de ‘La Academia de las Musas’, de José Luis Guerín.

“No son actores profesionales, pero son grandes actores”, dice de las alumnas que participan en esa “academia de las musas” que da título a la película. Entre ellas, Emanuela Forgetta, Rosa Delor Muns, Mireia Iniesta o Patricia Gil. Todas ellas encarnando “situaciones de ficción, aunque los sentimientos son verdaderos”, agrega Guerín. Sentimientos que tienen que ver con esas discrepancias surgidas a raíz de las consideraciones del profesor en torno a su condición de musas. Algunas cuestionan la validez de ese papel inspirador de la mujer. Otras aceptando en principio su validez, encarnada en sus propias veleidades amorosas, para ir desencantándose a medida que avanza la película.

“Vemos juegos de poder, de manipulación, y juegos de seducción, de amor y de celos”, explica con parsimonia Guerín, como deleitándose con cada respuesta. “Quizás es mi película más popular con En construcción”, reconoce, tras advertir la ausencia de logos comerciales en La Academia de las Musas. “Fue una decisión personal, que me ha permitido construir la película con la misma libertad con la que un escritor hace su novela”.

A pesar de la falta de ayudas y de haberla hecho con una cámara doméstica y con las herramientas técnicas que tiene en casa, “se ha comprado en muchos países”, señala sorprendido. “En Barcelona está ahora en tres salas”. Los cines Babel la acaban de estrenar en Valencia. Una oportunidad para “redescubrir la cotidianeidad desde una forma completamente nueva”, y de ratificar una máxima del propio Guerín: “El cine de ordenador jamás podrá reemplazar la emoción que produce el rostro humano”.

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Fotograma de 'La Academia de las musas', de José Luis Guerín.

Fotograma de ‘La Academia de las musas’, de José Luis Guerín.

Salva Torres